Santos amigos, amigos santos, que de cerca acompañan

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Foto: Jacek Dylag
Foto: Jacek Dylag

Por Fr. Jesús Sanz Montes, OFM, arzobispo de Oviedo

Hay santos canonizados que figuran en nuestro calendario cristiano. Y hay santos que Dios canoniza discretamente, los que no tienen en la tierra ningún altar, pero que allá en el cielo prometido se hace fiesta de promesa cumplida. Santos anónimos, cuyos nombres Dios escribió en la palma de su mano. Santos cotidianos, del día a día por donde vieron la vida pasar y en la que acertaron a poner amor a raudales, fe sencillamente vivida y una esperanza sin miedo a defraudar. Ahí estarán tantos hombres y mujeres, de todas las edades, de todos los lares y de toda condición humana y eclesial.

Todos los santos juntos, celebrados con la alegría de la Iglesia triunfante y de la Iglesia que milita en los mil caminos de la historia remota y reciente. A todos ellos nos encomendamos con la certeza fundada de sabernos protegidos por su intercesión ante el Señor tres veces santo, ante María la santísima, junto a todos los demás santos conocidos.

Y mirándolos a ellos, la Iglesia nos recuerda de paso que ese es precisamente nuestro mismo destino, pues a ser santos nos ha llamado Dios por más que tantas veces nuestra vida pobre y pequeña deje que desear en su vivencia y su testimonio de la santidad cristiana. Ser santos porque quien nos ha llamado es Santo, siendo así nosotros su imagen y semejanza.

Podría parecer una provocación estas extrañas formas de felicidad que propone Jesús en sus famosas bienaventuranzas, porque es el caso que él llama dicha lo que para el mundo no es más que desdicha, y coloca entre las bendiciones lo que la inmensa mayoría llamaría maldición. Lágrimas, hambres, persecución, pobrezas… ¿dónde está el secreto por el que Jesús ve ahí lo que nuestros ojos no alcanzan? ¿Cuál es el truco o cómo aprender tan alta sabiduría?

De esto nos habla el Evangelio —Mc 7,1-8.14-15.21-23— con este relato que es corazón del mensaje cristiano. Ante realidades comunes, cotidianas y hasta vulgares, Dios ve cosas que nosotros no, y ensalza virtudes ahí donde nosotros no encontramos más que inconvenientes defectos detestables. Acaso tengamos que acudir a los santos, a cuantos la Iglesia ensalza juntos en esa festividad de todos los santos que podemos celebrar cada día, y, contemplando sus vidas, tratar de adivinar ese secreto y asumir esa sabiduría.

La clase media de la santidad

Desde la misma predicación de Jesús, se nos invitó a ser santos según esa perfección que coincide con el corazón de Dios: «Sed santos como es santo vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). No es una comparanza cualquiera, sino de una audacia que casi es rayana con la osadía, si no viniera de los labios de Jesús. Y remachará el Concilio Vaticano II con esa llamada universal a la santidad que propone a todos los cristianos según su eclesial vocación: la santidad ya no es privilegio o prerrogativa solo de una parte de los hijos de la Iglesia, sino una llamada a todo el pueblo de Dios.

Tan sustancial es esto en la vida cristiana, que podemos decir que esta llamada a vivir las cosas todas santamente, es lo que constituye nuestra vida cotidiana. En este sentido dice el papa Francisco algo que desvela su visión de una santidad llena de cercanía: «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”» (Francisco, Gaudete et exsultate, 7).

Esta santidad es la forma que nos configura con Cristo, la que hace las cuentas con la belleza, la bondad y la verdad que en Jesús se nos ha presentado como camino que retoma la imagen y la semejanza que el pecado nos había hecho perder desde la inocencia original. Dice Von Balthasar: «Nuestra palabra inicial se llama belleza… La belleza, en la que no nos atrevemos a seguir creyendo y a la que hemos convertido en una apariencia para poder librarnos de ella sin remordimientos. La belleza, que reclama para sí al menos tanto valor y fuerza de decisión como la verdad y el bien, y que no se deja separar ni alejar de sus dos hermanas sin arrastrarlas consigo en una misteriosa venganza».

Esto es lo que san Francisco aplicaba a la unidad armoniosa entre las virtudes, pues en todas ellas nos jugamos nuestra santidad como cristianos, y censurar alguna de ellas es desbaratar hasta su ruptura la vivencia de las demás virtudes: «El que tiene una y no ofende a las otras, las tiene todas. Y el que ofende a una, no tiene ninguna y a todas ofende» (Saludo a las virtudes, 6-7). En efecto, la santidad es la forma de la vida cristiana, como una bondadosa y verdadera manera de testimoniar la belleza de Dios en medio de nuestro mundo. La santidad es el reflejo que atestigua la imagen y semejanza que nuestro Creador imprimió en nosotros al llamarnos a la vida por él creada.

Modelo de santidad contemporánea

Todo esto nos jugamos con la forma de la santidad que deja de serlo cuando mancha la belleza, pervierte la bondad y confunde la verdad. Necesita cada generación ser salvada por una gracia que Dios siempre concede al presentar en cada tiempo un modelo de santidad contemporánea que sea el grito de la inocencia primera antes del pecado, que ha sido propuesta como camino, verdad y vida en la belleza del Hijo por antonomasia, como dijo Jesús en el contexto de aquella cena postrera (Cf. Jn 14,6).

En esa exhortación apostólica sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, el papa Francisco ha querido rescatar esta vocación que no puede jamás ser reducida ni secuestrada solo por una parte de los miembros de la Iglesia de Dios, dado que «para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales» (Francisco, Gaudete et exultate, 14).

Habría, pues, muchas maneras de vivir nuestra vida cristiana, pero nunca puede ser de un modo aislado, autosuficiente, solitario. Sencillamente, dejaría de ser cristiana o nunca lo habría llegado a ser. Porque Dios no es aislamiento, ni autosuficiencia, ni solitariedad. Ha querido revelársenos y hemos descubierto por ese gesto gratuito de su amor, que él es comunión de personas. Son distintas como tales, pero tienen la misma condición divina. El Padre que quiere al Hijo, y que lo quiere en el amor. Esta es la quintaesencia de nuestra fe, que solo los cristianos profesamos. No se debe a que seamos más perspicaces, o hayamos sido más profundos, ni siquiera necesariamente más virtuosos y coherentes. Si sabemos lo que sabemos de Dios, es porque él nos lo ha contado. Lo ha hecho a través de una larga historia, que tuvo su momento cenital en la encarnación humana de su Verbo, cuando su Palabra eterna se hizo voz en nuestra historia, y cuando desde su condición filial se hizo también nuestro hermano. Así nos fue contando entre gestos y palabras, entre milagros y parábolas, lo mucho que le importamos nosotros como criaturas a quien nos hizo como creador llamándonos a la vida.

Pero no se aceptaron las reglas de juego, y prendió el incendio que nos empujó a una tentación con trampa. «Seréis como Dios» (Gén 3,5), fue el señuelo, y tras él, la tragedia de un pecado original y originante. No obstante, una historia tan larga como la misma humanidad, fue testigo de la paciencia de Dios para con sus criaturas rebeldes y caprichosas que porfiaron ser como él por sí mismas tomando las frutas prohibidas, levantando las torres de Babel indebidas y adorando becerros de oro como expresión torpe y maldita de todas sus engañifas perdedoras y perdidas. En esa paciencia divina, aparece en el libro de la Sabiduría un anticipo de cómo aquella historia tendría un final tan inesperado como inmerecido: «Cuando un silencio lo envolvía todo, y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, tu palabra todopoderosa, Señor, saltó de tu trono real de los cielos a una tierra condenada al exterminio» (Sab 18,14-15).

Dios se hizo para todos mensaje y mensajero

Toda la historia de la salvación pende de esta verdad expresada por el autor sapiencial: un silencio y una oscuridad que han sido vencidos, ganados por una palabra acampada que nos ha traído la luz que no conoce ocaso. Dios ha puesto su tienda en medio de todas nuestras contiendas. Así es la historia a la que se nos llama.

A partir de entonces, un compás de espera que siglos duró, sin cuartel ni descanso, con duelo y sin reposo. Los propios de tener que trabajar con sudor, engendrar con dolor, y sabernos extraños hijos como si fuésemos huérfanos y sin gozo fraterno ante nuestros prójimos que se convertían en rivales y adversarios. Pero Dios no se escapó, no quiso dejarnos al pairo de ningún abismo, y entonces decidió salir de nuevo a nuestro encuentro. Esta es la historia larga y hermosa que desde aquel día el Señor volvió a escribir dejando que cada día trajera su argumento, con su ensueño y su afán. La paciencia de Dios será siempre nuestra salvación (Cf. 2 Pe 3,12).

Un sinfín de enviados que vinieron a acompañar a ese pueblo errante y perseguido, a ese hombre y mujer heridos, que a pesar de todo tenían escrito en su corazón cuál era su origen y hacia qué destino se encaminaban sin censura sus pasos con una incensurable inquietud en su corazón, según la bella expresión agustiniana (cf. San Agustín, Confesiones, 1). Pero en medio de esta nostalgia infinita, en medio de todo cuanto es posible imaginar sin verlo, se mezclaban tantos momentos oscuros, mediocres, confusos, de temores ante Dios, de enfrentamientos con los hermanos, y de rupturas íntimas de cada uno en sus adentros. Dios se tomó tiempo, respetó a esa criatura humana tan poco respetuosa de sí misma, y tomó la decisión salvadora de venir a nuestro encuentro siendo él el mensaje y el mensajero.

En este punto, queda todavía lejos la conciencia clara de ser llamados a una santidad que nos devuelve la posibilidad de parecernos al tres veces santo que nos creó, pero representará la trama de la historia de salvación que describe y acompaña la andadura humana vinculada a un pueblo escogido como fue Israel, y luego el nuevo Israel que es la Iglesia, nos señala la trama que Dios mismo quiso escoger.

Los santos serán quienes mejor comprenderán y abrazarán esta divina osadía. Hemos de tener mesura para ver el itinerario hacia la santidad que se presenta en esa historia con una calma pacífica que tantas veces se hace lenta, pero jamás con una indiferencia pasiva que renuncia a la llamada. Ahí está ese derrotero bondadoso por el cual hemos sido encontrados y sostenidos de modo tan inesperado como inmerecido, que representa el camino cristiano que nos conduce hacia el Dios santo acompañados por nuestros hermanos los santos, esos mejores hijos de la Iglesia, en los que Dios nos ofrece «el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino; para que, animados por tan abundantes testigos, cubramos sin desfallecer la carrera que nos corresponde» (Misal Romano, «Prefacio I de los santos»). A esta santa nostalgia estamos todos llamados.

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