Demasiado honrado

6
Aquel hombre que pierde la honra por el negocio,
pierde el negocio y la honra.
—Francisco de Quevedo— 
Por Antonio Rojas
En una reunión a la que asistía Rudyard
Kipling, alguien le preguntó:
Si debido a una catástrofe
imprevista, la especie humana llegase a desaparecer de la Tierra, ¿cuál cree
usted que sería el rey de la creación?, ¿el elefante?
—¿El elefante?— Contestó el famoso autor de “El libro de las tierras vírgenes”—. No
creo. Es demasiado honrado. Quizá la zorra.
El
hombre honrado no tiene como meta de su vida incrementar su dominio sobre cosas
y personas. Eso está muy bien; pero, a veces, la falta de ambición personal se
refugia en un conformismo cómodo y cobarde. Y eso está muy mal. No se trata de
ser un trepa, pero tampoco un encogido.
Ilustración Juan Francisco Miral
La
honradez se refiere a la cualidad con la cual se designa a aquella persona que
se muestra, tanto en su obrar como en su manera de pensar, como justa, recta e
íntegra. Quien obra con honradez se caracterizará por la rectitud de ánimo,
integridad con la cual procede en todo en lo que actúa, respetando las normas
que se consideran como correctas y adecuadas en la comunidad en la cual vive.
La sinceridad es uno de los componentes de la honradez. La persona honrada no
miente ni incurre en falsedades, ya que una actitud semejante iría en contra de
sus valores morales.
La honradez es una brújula de la
moral para guiarnos en la vida. Es un principio y nuestra es la obligación
moral de determinar cómo aplicaremos ese principio. Tenemos el albedrío para
tomar decisiones, pero finalmente seremos hechos responsables por cada una de
las decisiones que tomemos.
La honradez es mucho más que no
mentir. Significa decir la verdad, hablar la verdad, vivir la verdad y amar la
verdad. Y si eso nos corta alas o poder social, debemos ser consecuentes sin
rehuir la batalla. En la honradez, como en tantos otros valores, al final, sólo
competimos contra nosotros mismos. Otros podrán desafiarnos y motivarnos, pero
es cada uno de nosotros quien debe escudriñar su propia alma para extraer de
ella la inteligencia y las aptitudes que Dios nos ha dado.
Tenemos que practicar y hacer
practicar una honradez cristiana creativa y audaz que no busca más recompensa
que la satisfacción del deber cumplido.
A mí me
parece, y es por supuesto mi opinión, que para ser eficazmente buenos, no nos
vendría nada mal, junto a una honradez de elefante, un puntito de sana
zorrería, de astucia.
Creo que santa Teresa de Jesús nos
da ejemplo. ¿O no?