¿Dónde está la paz?

Tesoro escondido (1983: 168-170)

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Dónde está la paz
Dónde está la paz

Viajo en tren de Burgos a Valladolid. El vagón prácticamente vacío. Entre las pocas personas que viajan conmigo, va un hombre que aparenta menos de cuarenta años. Parece inquieto y pasea con frecuencia de uno a otro extremo del vagón. Yo voy rezando el rosario y al terminarlo me dispongo a leer. Se me acerca y se sienta a mi lado interrumpiéndome.

—Eso de viajar es horrible, se me hace interminable y me pone nervioso.

—Es cuestión de tomarlo con calma, le digo yo. El tren no corre más porque nosotros tengamos prisa. Además la prisa mata el amor y es malo, ¿no le parece?

—Yo siempre ando aprisa —me dice—.

—Pues entonces tendrá poca paz.

—¡La paz! Pero, ¿Cómo puede uno encontrar paz en este mundo? Dígame usted si lo sabe.

—Creo que es cuestión de saberse poner cada uno en su lugar. Somos menos importantes de lo que nos creemos. Por eso, unas veces nos preocupa el pasado, o nos inquieta el porvenir. Y la vida es más sencilla cuando la reducimos al momento presente. El ahora es lo único cierto que tenemos en nuestras manos. El pasado se fue, déjelo usted abandonado a la misericordia de Dios. El futuro es incierto, no sabemos si lo vamos realmente a vivir, póngalo en la confianza de Dios, que es el Padre providente. Y el ahora, déselo al amor y tendrá paz.

—Yo seré incapaz de eso. ¿Es usted cura?

—No señor, soy un peatón como usted. Pero eso sí, procuro ponerme en mi lugar, saberme criatura y no creador. Esto produce mucha paz siempre.

—Ya la querría yo. Mire usted, me paso muchas noches sin dormir. Yo luego me desespero porque veo que no rindo en mi trabajo.

—Tendría que esforzarse un poquitín por ponerse indiferente ante las cosas —le digo—.

—Y eso, ¿cómo puede hacerse?

—Verá, perdemos la indiferencia o por algo que no tenemos y queremos conseguir, o por algo que tenemos y tememos perder. Pero eso que queremos conseguir o tememos perder no es tan importante como nos parece a nosotros. Lo que pasa es que la imaginación nos lo agiganta. Pero si lo mira usted con fe, a la luz de la eternidad, se vuelve insignificante. Pruebe usted a vivir en momento presente. Ponga ahí toda su atención. A muchas personas se les escapa la vida momento a momento sin darse cuenta. Viviendo el momento presente se vive intensamente y se goza. Por ejemplo, usted observará que en este momento yo estoy viviendo sólo para usted y usted para mí porque le ha interesado la conversación. Y está usted mucho más tranquilo que cuando paseaba por el vagón. Incluso llegará a Valladolid más descansado, porque cuando se vive solo, el «ahora» se rinde al máximo en lo que hacemos con el mínimo esfuerzo. Y cuando se está fuera del momento presente con la atención o la imaginación dispersa en mil cosas, se rinde poco o nada y queda uno cansadísimo.

—¿Sabe una cosa? —me dice—. Voy a Valladolid a un psiquiatra, pero creo que ya no tiene objeto mi visita.

—Sí. Tiene objeto. Posiblemente necesite alguna medicina que le ayude. Y además, como el médico estará de acuerdo con esta conversación, se sentirá usted más afirmado en sus convicciones.

—Ya hemos llegado… Y ¡qué corto se me ha hecho este trayecto!

—También a mí —le digo— y gracias a usted.

—No, a usted. No le olvidaré.

Me da un abrazo y se despide contentísimo.