Educación en el medio natural. El potencial educativo de la naturaleza.

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Marcha de militantes en 1978
Marcha de militantes en 1978

Por Francisco Javier Fernández Lorca

El adolescente

Un sábado cualquiera a las 5 de la tarde. Llueve en la calle. El adolescente, una vez más, se queda en casa, calentito, jugando a la play en red. Después de muchas tardes así, sin apenas esfuerzo, el muchacho acaba pensando que la vida es un sofá color de rosa, y que todo lo que le apetezca es un derecho que alguien le tiene que dar, se lo haya merecido o no, y que cómo vivirían los jóvenes de antes sin todas estas cosas, y que «como falle la conexión a Internet me voy a morir de asco», y que «es injusto que llueva toda la tarde».

Otro sábado, no cualquiera, sino con fecha inolvidable, a las 5 de la tarde. Llueve en la montaña. El adolescente, una vez más, porque lo ha hecho más veces, se descubre con suficiente energía para, a pesar de todo, seguir caminando. Lleva puesto un chubasquero y sabe que la vida tiene diferentes colores, y que eso da una gran riqueza a la paleta de su vida y que así podrá usarlos de diferentes maneras. Ha tenido que hacer un esfuerzo y salir de su comodidad, pero a cambio está mucho más preparado para adaptarse a las diferentes circunstancias de la vida. Está entrenado en el esfuerzo y en la capacidad de soportar la frustración. Ha aprendido, por ejemplo, a esperar. Sabe ya que las nubes acaban pasando y que hay tierras no conocidas que le están esperando más allá, y que le harán más intrépido y valiente. Sí, no es tan bueno recibir todo lo que uno desea, ya mismo, porque uno se hace caprichoso y quejumbroso.

Se va haciendo, por otra parte, más curioso. Cada nueva loma superada abre un nuevo horizonte de belleza única y le propone nuevas preguntas que piden ser contestadas: ¿Qué es esa construcción que estamos viendo? ¿Para qué sirve? ¿Quién la ha construido? ¿Cómo se llama ese pájaro? Esta planta ¿es comestible? Esas egagrópilas ¿qué nos están indicando? Ese musgo ¿nos indica el norte o el sur? ¿Por qué seguimos ese camino y no ese otro? ¿Por qué es tan bello el conjunto de tantas tonalidades de verde? ¿Por qué el hombre siempre ha querido conquistar las montañas? Todo esto ¿se acabará algún día? ¿Dónde está Dios por aquí?

Va aprendiendo que se puede vivir con muy pocas cosas y ser, así, más feliz porque no está apegado a tantas cosas materiales. Si uno acaba teniendo de todo, el peso que hay que llevar encima no le deja apenas caminar. Lo que cabe en una mochila, lo justo y necesario, eso sí que deja caminar e ir muy lejos.

Ha descubierto el valor del compañerismo y, todavía más, de la amistad, con el que va a su lado en la misma cordada, pasando las mismas dificultades y gozando de los mismos paisajes. Ha compartido con otros un simple bocadillo de salchichón e incluso el chubasquero que a uno de ellos se le había roto. Ahora se siente contento porque siente el apoyo del otro, y está cercano, hombro con hombro, no detrás de una conexión de fibra óptica en no se sabe qué punto del planeta.

Creía que no sabía cantar, pero bajo la lluvia, y con las alegres melodías que ha entonado uno de sus amigos, se ha animado a poner notas de alegría en su vida. Creía que no sabía reconocer animales, pero después de toda la tarde viendo piñas roídas ha acabado aprendiendo la diferencia entre ardillas y simples ratones. Creía que se cansaría a los diez minutos, pero ha descubierto que el cuerpo humano tiene una resistencia impresionante, y después de varias horas caminando, eso sí con sus descansos, se da cuenta de que aún puede más. Creía que se caería cada dos por tres, pero después de subir por rocas y cruzar por ríos, apenas ha tropezado una vez y la herida que se ha hecho con una zarza tampoco es para tanto, y ahora se siente más fuerte. Creía…, tantas cosas que no se podían hacer…, y resulta que sí que es capaz.

Ha aprendido a cansarse y gozar con un momento de descanso sentado a la fresca sombra de un pino silvestre. Ha constatado, después de pasar un poco de sed, lo maravillosa que es el agua de una fuente de montaña. Ha entendido lo importante que es el calor del sol después de la lluvia que le ha mojado los calcetines, aunque no le importa mucho porque, ya lo aprendió otra vez, siempre hay que llevar unos secos de repuesto. Ha experimentado que el esfuerzo da satisfacción y que el camino es tan importante como la meta y que por eso hay que fijarse en todo y disfrutar con cada paso. No se queja por nada porque todo es superable. Da gracias por todo porque todo es insuperable.

El educador

Y el educador, padre, profesora, entrenador, psicóloga…, ¿qué ha hecho? Solamente sacarle a la montaña, darle la posibilidad de que crezca, ponerle en situación…, y acompañarle para darle la seguridad inicial que necesite, para responder a sus preguntas o, mejor aún, para darle los instrumentos necesarios para que él mismo encuentre las respuestas, felicitarle, reconducirle, darle afecto…, pero sin mimarlo.
Es lo que hace la Milicia de Santa María con los jóvenes, les propone las marchas por la montaña y los campamentos de verano en la sierra de Gredos (Ávila) para que puedan experimentar todo esto por sí mismos. Si durante el año han vivido experiencias parecidas con sus padres, lo entenderán y lo disfrutarán a la primera… Si no lo han vivido nunca, quizá no se adapten y piensen que estamos locos y llamen por teléfono móvil a casa para decir que los saquen de allí a su sofá con play, a su zona de confort, de donde no se quiere salir. Los educadores, bien por miedo o bien por no oírlos, habrán hecho de ellos unos inútiles para la vida, inútiles para la libertad, para la responsabilidad, para el compromiso…, inútiles para ser felices en esta vida y para hacer felices a los demás.

Y todo se juega en un sábado cualquiera por la tarde, y otro, y otro…