La dificultad de educar hoy: una propuesta de solución

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Educar hoy. Ilustración: José Miguel de la Peña.
Educar hoy. Ilustración: José Miguel de la Peña.

Educar es cada vez más complejo: nosotras, las madres de ahora, lo tenemos más difícil que nunca. Así se expresaba una madre al terminar una conferencia sobre educación. Tal vez sea la opinión mayoritaria de todas las madres y, además, muy cierta, porque si educar nunca fue tarea fácil hoy es más difícil que en generaciones anteriores.

Educar siempre es complicado porque la persona humana tiene algo de misterio que hace impredecible el resultado: todos tenemos la semilla de Caín y de Abel. Podemos ser héroes o cobardes, generosos o miserables, santos o bestias. Todo depende de la educación, es decir de las influencias y de la propia libertad del ser humano. Aquí radica el misterio.

¿Y qué tengo que hacer para educar bien a mi hijo? Me preguntaba a continuación. La respuesta es tan compleja como sencilla a la vez.En el niño de hoy vive el hombre del futuro. Para que crezca sano es necesario que eche raíces profundas y eso solo se consigue con un cariño incondicionado.El niño debe sentir que se le quiere con locura, más allá de toda lógica. Nada más fácil para una madre.  Lo cual no significa que ese amor no sea a la vez exigente, como explicaremos en otra ocasión: Te quiero a ti por encima de todo, pero no quiero que los vicios y defectos limiten tu ser, por eso te exijo que mejores.

Cumplido ese requisito, amar sin límites, habrá que enseñarle muchos conocimientos, destrezas, habilidades, etc., tantas, que ni intentamos describirlas. El sistema escolar y formativo se encargará de ello.Lo que no pueden dejar de hacer los padres es inculcarle unos valores que son los que le ayudarán a ser un tipo de persona u otra: esto es lo más importante.

Pero el primer valor que debemos enseñar es la humildad para reconocer que los valores no dependen de nosotros. En una época de relativismo,donde parece que todo vale, que todo depende de uno, del grupo, de una mayoría sociológica, debemos volver a las fuentes. Aquel sitio en que nos alejamos del camino recto está relatado en el Génesis: Todo nos estaba permitido excepto la fruta del bien y del mal.

Es decir, lo que es bueno o malo no depende de nosotros, y con el agravante de que si no hacemos el bien que debemos, acabaremos sin entender las razones de por qué hay que hacerlo. Lo expresaba de modo maravilloso aquella pensadora: El bien sólo se entiende cuando se practica y el mal cuando se evita.

El ser humano, ausente de determinaciones instintivas —es el único que puede destruir gratuitamente a su especie— siempre tendrá unos valores u otros, como normas de actuación en la vida. Quien no es humilde, hará de la soberbia su norma de conducta, quien no practica la entrega será esclavo del egoísmo, quien no es generoso se convertirá en un avaro. Es un proceso lento, sibilino, pero incesante. Dicho con una expresión muy repetida del P. Morales: Quien no vive como piensa, acaba pensando como vive.

Pero la lucha por la coherencia y el crecimiento moral dura toda la vida. Pertenece a la condición humana la constatación de la distancia entre lo que aspiramos a ser y lo que hacemos cada día. Ningún otro ser tiene esa desazón cotidiana. Así lo han expresado los grandes poetas: Veo el bien y lo apruebo, pero hago el mal (Ovidio), y los santos: No logro entender lo que hago; pues lo que quiero no lo hago, y en cambio hago lo que detesto (Rom 7,19). Basta un examen de la propia actividad al finalizar el día para darnos cuenta de esta realidad.

Ante esta cierta frustración caben dos soluciones: una consiste en pactar con la debilidad y negar la posibilidad de alcanzar mejores cotas morales. La otra es aceptar nuestra debilidad y la superioridad de nuestros ideales, muy por encima de nuestros logros.

Asumir ese aparente fracaso cotidiano supone ya una victoria moral. Es comprobar, con humildad y realismo, que somos limitados, imperfectos y que la grandeza de los ideales y de los valores nos supera. Humildad es andar en verdad, decía santa Teresa.

Quien al cabo del día no reconozca esa distancia entre lo propuesto y lo realizado, se engaña. Si decimos que no tenemos pecado nos engañamos y la verdad no está en nosotros (I Jn 1,8).

Llegados a la constatación de esa limitación, naturaleza caída que dirían los teólogos, solo cabe la aceptación de nuestra debilidad moral y en consecuencia con ello, pedir perdón por el mal o por la ausencia de bien realizado, seamos conscientes o no de ello. (Perdónales porque no saben lo que hacen). Pedir perdón a quien podamos haber ofendido: a nosotros —curiosa paradoja que requiere de una explicación posterior—, a los demás, y en el caso de los creyentes a Dios.

Cuando la petición de perdón es consciente y dolorida surge entonces una de las experiencias más maravillosas de las que podemos disfrutarlos humanos: sentir la caricia de la mano misericordiosa que todo lo perdona.No hay gozo en el sentirse perdonado si antes no hay conciencia de que hemos sido pecadores. Por eso los soberbios y orgullosos nunca conocerán una de las experiencias humanas más consoladoras: la aceptación de la debilidad y el perdón.

No en vano, en el Padre nuestro rezamos cada día: Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. De la segunda parte de la petición hablaremos en un próximo capítulo.

Termino como empecé. Educar es hoy más difícil que en otras épocas porque hemos perdido la conciencia de nuestras limitaciones y la grandeza de los valores, de la Verdad, la Belleza y el Bien que nos sobrepasan. Un modo sencillo de enseñar estos valores desde la infancia es inculcando el hábito de pedir perdón. No permitamos que el cariño a nuestro hijo le convierta en su majestad el niño, pequeño monstruo que cree tener todos los derechos y ningún deber.

No le privemos de la maravillosa experiencia de descubrir sus limitaciones, de pedir perdón y de saberse perdonado.