El cristiano es como la luz…

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(Extracto de Hora de los Laicos, 2ª ed., pp. 147-150)
Luminarias en
la noche (cf. Flp 2,15). «Es difícil encontrar una metáfora evangélica más
adecuada y bella para expresar la dignidad del discípulo de
Cristo y su consecuente responsabilidad»,
dice Juan Pablo II.
La vida cristiana laical es
«la luz del mundo» (Mt 5,14) que disipa las nieblas de confusionismo ideológico
que lo envuelven. La luz penetra e ilumina todo. Es el más espiritual de los
elementos de la naturaleza. Ni aire, agua o fuego le aventajan en transparencia
y sutilidad.
El cristiano es así. Rasga
tinieblas, disipa tópicos y sofismas, analiza, distingue, precisa, da nitidez a
los conceptos e imágenes, aclara palabras de doble sentido, capta lo que hay de
verdad en frases ambiguas. Pone orden en lo confuso. Coloca cada cosa en su
sitio. Es luz que lo llena todo de claridad y alegría.
La transformación de la
noche en día, por radical y revolucionaria que sea, la hace la luz con una
naturalidad y sencillez encantadoras. Sin ruidos ni estridencias, sin cortes
bruscos que desconciertan, sin oscilaciones rápidas que perturban, con
paciencia incansable, con exquisita suavidad, triunfa la luz de las tinieblas,
cambia la noche en día.
El bautizado-luz actúa así
irradiando a Cristo con plácida serenidad, derrochando delicadeza. Sin
agitaciones estériles, sin convulsiones aparatosas, sin activismo infecundo,
sin teatralidad espectacular. Es neófito, nueva luz nacida en la pila
bautismal. Ilumina con tacto y tenacidad sin perder la calma, sin prisas que
matan el amor.
El cristiano es como la luz
al clarear del día. La noche envuelve y confunde todo: montañas, mesetas,
valles, ríos, prados, caseríos, hombres y mujeres, chicos y grandes. La luz, en
cambio, pone orden en lo confuso, abre perspectivas, diferencia planos, perfila
personas y cosas. La aurora ilumina serena el paisaje. El bautizado se mantiene
como ella imperturbable ante las pasiones de los hombres. No le inmutan los
comentarios al vaivén de la moda reinante o de la ideología de turno.
Antorcha que brilla en la
noche es la vida del laico comprometido. Es la valentía e intrepidez de la luz.
No retrocede ante las tinieblas, pero con suavidad encantadora disipa la
oscuridad.
La vida cristiana en el
mundo pretende agradar a sólo Dios, pero no puede ocultar el brillo de sus
virtudes. Jesús la compara a las lamparillas de arcilla que entonces se
utilizaban. Descubiertas hoy a millares en Palestina, se colocaban en
candeleros para alumbrar a todos los de la casa (cf. Mt 5,15).
Una ciudad construida sobre
la montaña no puedes hacerla invisible. Es Jesús quien te lo enseña.
Contemplaba entonces con sus discípulos desde el monte de las Bienaventuranzas,
a unos 850 metros de altura, a Safed encaramada sobre una de las últimas
estribaciones del Líbano. La ciudad mostraba a las miradas de todos su blanco y
reluciente caserío.
Mira a Cristo, Luz del
mundo (Jn 8,12). Acostúmbrate a enamorarte mucho de su Sagrada Humanidad y
traerla siempre contigo, y tu vida será para todos reflejo de esa luz que canta
el salmo: «En Ti está la fuente de la Vida, y en tu Luz veremos la luz» (Sal
35,10).

Ama, pues, esta Luz. Desea
vivirla. Agárrala, no la sueltes. Si sientes sed de ella, te conducirá.
Llegarás por fin a poseerla. Déjate iluminar por ella para que siempre brille
ante los demás, vean tus buenas obras y den gloria al Padre que está en los
cielos (Mt 5,16). Si puedes ser una estrella en el cielo, ¡sé una estrella en
el cielo! Si no puedes ser una estrella en el cielo, ¡sé una hoguera en la
montaña! Si no puedes ser hoguera en la montaña, ¡sé una lámpara que a todos
ilumine!