Se tapan los ojos

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Por Antonio Rojas
Lamentarse de las cosas que hicimos puede ser
aminorado con el tiempo; lamentarse por las cosas 
que dejamos de hacer puede ser inconsolable.

—Sydney J. Harris—
Recuerdo de
pequeño que las huertas que había junto al pueblo, se montaban en torno al
pozo, y del pozo se sacaba el agua con la noria; la noria estaba movida por un
burro con los ojos tapados que daba vueltas y vueltas.
Un día, ya de mayor, me
dijo un profesor:
—Que
tus días, Antonio, no sean como las vueltas de una acémila alrededor de la
noria con los ojos tapados, sin luz, para que no advierta que sólo da vueltas y
no avanza. Así, con los ojos vendados, cree que progresa y lo soporta. Hasta
las acémilas sienten el deseo natural de caminar hacia adelante, hacia alguna
dirección; de avanzar.
Ilustración: Juan Francisco Miral
Hay
muchos hombres que se limitan a dar vueltas alrededor del pozo del que sacan la
poca agua de su mezquino placer diario. Y ellos mismos se tapan los ojos con
doctrinas falsas y con soluciones absurdas de conformidad, y así resisten ese
andar sin avance. Pero esa conformidad con el más o con el menos no supone
perfeccionamiento.
Lo
que importa es que no pases un día sin haber mejorado y adelantado. «Ser y
saber cada día un poco más». Esta es la fórmula maestra de todos los que
avanzan.
Me acuerdo muchas veces de
aquel profesor y de los burros de las norias cuando veo a personas, jóvenes y
mayores, que viven rutinariamente. Se educaron (deseducaron) así, sin
adiestrarse en el arte de la proyección hacia nuevos horizontes, sin crecer
fuera de sí mismos volcando su interés y su afán en tantas posibilidades que la
vida ofrece.
Viven
dándose vueltas, sin aspiraciones nobles, sin una ilusión verdadera y capaz de
poner en movimiento todas las propias fuerzas del ser; constreñidos en sí
mismos, entre las frías paredes de un egoísmo primitivo, cicatero y mezquino
que desmocha toda ilusión. Seres reservados y avaros de su propia pobreza
personal.
Hay, por desgracia para
ellos y para quienes les rodean, corazones quietos. Totalmente vueltos hacia sí
mismos, sin calibrar las consecuencias del formidable pecado de egoísmo. No
tienen ojos más que para mirar al entorno de su ombligo. Sin pensarlo, están
traicionando la ley más fundamental de la existencia humana: nuestra innata
tendencia a crecer. Y la vida, antes o después, pasa factura: tristeza, aridez
espiritual, soledad interior.

Sustancialmente, la
existencia humana es un discurrir, un fluir y pasar de un punto a otro sin que
jamás pueda definirse un instante quieto en la existencia. Sería la muerte. Una
muerte que nos gobierna cuando, imitando a los burros de noria, nos damos
vueltas y vueltas tapándonos los ojos. Sin luz