El fatalista y el esperanzado

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Amaqtedu
Amaqtedu

Por Samuel García Huete

Existe una especie peculiar en la Tierra, creo que no está descrita en los cánones, pero me atrevería a postularla: el fatalista diplomado. Véase, aquel que, cada vez que cierra un periódico, afirma, en cualquiera de sus variantes, «el mundo está mal». Y de vez en cuando añade un «y sin remedio».

El fatalista diplomado se caracteriza por ser poderosamente pesimista. Pesimista porque pesa, porque se deja pesar, porque el peso del fatalismo cae sobre cualquiera que se le acerca. El mundo está lleno de fatalistas diplomados y, sin embargo, parece que nada mejora. Resulta que, al contrario de lo que podría parecer, el fatalista diplomado es una especie sedentaria, hasta quiescente. Una especie que, a pesar de ver las cosas mal, no hace nada para cambiarlas.

El papa Francisco afirma: Se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia (EG, nº54). Pero, ante un mundo que, lleno de fatalistas diplomados y embriagado de indiferencia, parece destinado al fracaso moral y humano, todavía queda esperanza.

Queda esperanza, afirmo. Y es una esperanza joven, alegre y comprometida. Una esperanza que, llena de energía, nace del ideal de la santificación del mundo y se desarrolla en formas concretas y palpables.

En contra del quedarse de brazos cruzados del fatalista, el joven posee una profunda inquietud por cambiar el mundo, por hacer realidad el ideal. Y hoy tenemos entre nosotros multitud de iniciativas que, desde la solidaridad y desde el mismo Movimiento de Santa María, quieren ser semilla de un mundo nuevo.

Amaqtedu (acrónimo de «Ama hasta que te duela») es un proyecto fundado y alimentado por jóvenes del Movimiento de Santa María que quiere, a través del arte, ayudar a personas sin recursos para abrirles un camino con el que reencontrarse en la sociedad. En él colabora un puñado de jóvenes que comparten ilusiones e ideal, que se niegan a ser fatalistas diplomados y prefieren poner cuanto pueden para cambiar lo que tienen a mano.

Otros jóvenes, militantes de Santa María, participan del «bocadillo solidario», una iniciativa de la Pastoral Universitaria madrileña que todos los miércoles saca a los universitarios a dar comida y compañía a las personas sin hogar del centro de Madrid.

Y son sólo dos ejemplos de la Vida que late bajo los corazones.

Sin embargo, si uno es perspicaz, no sólo se observa el compromiso de los jóvenes para cambiar el mundo en el ámbito católico. Muchos de los jóvenes de hoy que públicamente se declaran ateos también colaboran en multitud de causas solidarias. Personalmente conozco bastantes ejemplos: donantes de sangre habituales, profesores voluntarios en academias para niños sin recursos, campañas contra el cáncer, voluntarios en comedores sociales, conciertos educativos para niños con discapacidad, ocio en residencias de ancianos…

Cabe preguntarse, entonces, ¿qué es lo que mueve a los jóvenes, sean católicos o no, a implicarse en causas solidarias? ¿Por qué no se comprometen en otras causas y sí con las solidarias? ¿No decíamos tantas veces que en nuestro mundo faltan ideales, que falta compromiso, que falta constancia? ¿Es que eso no aplica a la solidaridad?

Existen dos formas de abordar, de nuevo, el status quaestionis (estado de la cuestión): la fatalista y la esperanzada. El fatalista diplomado afirmaría, sin dar lugar a dudas, que lo que ocurre es que el joven se encuentra vacío, y ante un mundo desolador, hacer cosas por los demás es un perfecto anestesiante para la conciencia. Ojo al argumento, no es que no sea verdadero en algunos casos, es que es profundamente negativo y maximalista. Es cierto que los actos solidarios, el voluntariado, pueden ser una forma de escape como tantas otras para una conciencia atormentada por su propia negrura. En consecuencia, el educador ha de tener cuidado para que la solidaridad no sea la vía de escape del joven de otras heridas más profundas. Sin embargo, no es cierto que el motor último que lleva al joven a las acciones solidarias sea acallar el remordimiento de conciencia. Es mucho más profundo.

La visión esperanzada considera que en el joven resplandecen, todavía, destellos de lo bello, lo bueno y lo verdadero. El corazón humano está hecho para apreciar la Belleza, vivir la Bondad y amar la Verdad y, por muy enmohecida que esté la conciencia, en todo joven late con profundidad el deseo de hacer el mundo un poco mejor. A veces hay que rascar, pero siempre, siempre, late. Decía el P. Morales que si tú no ardes de amor muchos morirán de frío y es que el corazón del joven desea, anhela, arder de Amor.

Dios llama, Dios sigue llamando, y la solidaridad en los jóvenes no es sino el eco del canto de Dios en sus corazones. Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis pequeños a mí me lo hicisteis (Mt 25, 40). Cuando pienso en estas cosas recuerdo aquello de os digo que si estos callaran, las piedras clamarían (Lc 19, 40). ¡Estamos bien hechos! Y es Dios el que hace su labor cada vez que un joven, por muy ateo que se declare, le coge la mano a un anciano para consolarle o le sonríe a un niño con discapacidad mientras juega al fútbol con él. Y ese joven queda transformado, por un momento, en Cristo que juega con ese niño o consuela a ese anciano.

Nada puede parar la acción de Dios en el mundo, nadie puede detener el clamor de las piedras, de esos corazones —incluso— de piedra en los que, tal y como Cristo dijo, el clamor de un mundo nuevo según el corazón de Dios se sigue alzando. Hablar de solidaridad es hablar de Amor, Amor con mayúsculas, de entrega, de servicio, de sacrificio redentor. ¡Y esos son valores cristianísimos!

No perdamos la esperanza, Dios sigue actuando —también— en los jóvenes. Y hoy lo hace —también— a través de las iniciativas solidarias. Al fin y al cabo, la solidaridad no es sino un destello de esa virtud teologal que llamamos Caridad.

Estaba hipnotizado viendo cómo pasa el tiempo, alegre por fuera pero vacío por dentro.

Y ya me he dado cuenta de que debo comenzar; gastar la vida en otro es verdadera libertad.

(Vive, Up&Down)