No me da la vida…

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No me da la vida. Ilustración: José Miguel de la Peña.
No me da la vida. Ilustración: José Miguel de la Peña.

Dos escenas. La primera en una gran ciudad: numerosas personas, hombres y mujeres, pocas personas mayores, tal vez por temor a ser arrollados, algunos niños incluso en brazos de sus padres. Todos corren por las numerosas escaleras que conducen hacia el vagón de Metro. Una vez dentro, los pasajeros se aíslan mediante auriculares y pantallas de teléfonos que cambian incesantemente sus mensajes. Llegados a su destino, de nuevo una carrera para llegar a no se sabe dónde.

Esa escena habitual en las grandes urbes puede ser la imagen más exacta de la sociedad actual. La vida se ha acelerado. Los personajes de cualquier ámbito: político, social o cultural son efímeros. Las películas, series o libros tienen fecha de caducidad. No sé si quedarán clásicos que soporten el paso del tiempo y que sigan siendo contemplados por las nuevas generaciones.

Lo malo es que esas mismas prisas han invadido como por osmosis nuestras vidas de tal modo que parece que hemos perdido el control. «No me da la vida», «es que no tengo tiempo», solemos oír con frecuencia, manifestando con tales expresiones la falta de control sobre lo más importante. Es como si estuviésemos siempre aplazando lo importante empujados por lo urgente. En el fondo, lo terrible es dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Para qué corremos?

El problema es que nos hemos quedado sin tiempo, porque hemos perdido el control de nosotros mismos: no somos dueños de nosotros, de nuestras vidas y buscamos mil excusas para justificarlas. «Mi papá me da todo lo que le pido…, pero no tiene tiempo para estar conmigo», decía con pena un niño. Un resumen ingenuo, pero acertado, de la sociedad actual.

Puede que los minutos que se ganan con tantas prisas, luego se pierdan tontamente. No hay sensación de plenitud, sino de evasión permanente con ocupaciones o entretenimientos que nos impiden el encuentro con uno mismo, con los seres queridos o con lo que de verdad importa.

La segunda escena trascurre en las afueras de un pueblo. Noche de verano: varias personas rodeadas de niños y jóvenes, en lo que parece una cierta reunión familiar yacen tumbados boca arriba contemplando el cielo estrellado. Sin referencias externas parecen colgados frente a una cúpula semiesférica con millones de estrellas. Intentan reconocer algunas constelaciones, contemplan la inmensidad y la belleza del firmamento.

La reflexión de los adultos acompaña la percepción de lo que ven. Algunas de las estrellas visibles ya han desaparecido, sin embargo, su luz nos sigue iluminado. Los miles de años que ha tardado en llegar a nosotros ese rayo de luz nos habla de su lejanía y de nuestra insignificancia. Somos menos que un parpadeo en la historia del universo y, sin embargo, los únicos seres capaces de contemplarlo y darle sentido. Este grupo, guiado por los adultos, saben miran y ver.

No hay prisas ni precipitación porque la contemplación es la mirada amorosa de las cosas y de las personas. Admirar, preguntar, entender, amar, gozar. Como se dice en la película «Canción de Cuna»: Saber mirar es saber amar.

Saber mirar. Ilustración: José Miguel de la Peña.
Saber mirar. Ilustración: José Miguel de la Peña.

Esta segunda escena corresponde a un momento de las vacaciones veraniegas, como habrá podido intuir el lector. Es el tiempo que las personas tenemos para nosotros mismos. Algunos incluso prescinden del reloj como signo de una nueva forma de entender y vivir el tiempo.

Hace ya dos mil quinientos años los griegos, a los que debemos entre otras cosas que nuestra vida sea racional y que prefiramos la democracia a otros regímenes, nos enseñaron que todos tenemos el mismo tiempo, pero no la misma forma de usarlo. Por un lado está el neg-ocio, es decir el tiempo que hay que dedicar a ganarse la vida, reflejada en la primera escena de este artículo.

Por está el ocio, el tiempo que tenemos para disfrutar de la vida, de esa oportunidad única que se nos ha regalado, para dedicarse a uno mismo, y a lo que de verdad importa: el crecimiento como persona, no como ser productivo.

El tiempo más prolongado de ocio son las vacaciones. Tiempo para descansar pero también para aquello que la vida ordinaria nos impide hacer: tiempo para nosotros mismos, para cuidarnos y cultivarnos, física, mental y espiritualmente. Tiempo para el conocimiento de los demás, empezando por los más próximos. Conversaciones serenas con los hijos o con los padres. Tiempo para conocer lo mejor de los mejores a través de la lectura o relectura de obras que siguen diciéndonos mucho acerca de la vida, del mundo y de los valores. Tiempo para contemplar el mundo que nos rodea, empezando por la naturaleza, el mar, la montaña, el amanecer —ese tiempo en que la tierra parece recién lavada— o el anochecer, el momento en que la paz inunda la tierra invitando a fundirse con la naturaleza.

Tiempo para poner orden en nuestras vidas: volver a encontrar el norte y saber qué queremos ser y, en consecuencia, qué debemos hacer. No debemos admitir como epitafio de nuestra vida lo que está escrito en un cementerio francés: «Aquí yace un tonto que salió de este mundo sin saber a qué había venido».

Las vacaciones son una oportunidad de vivir intensamente como persona. Es el momento también para el encuentro y la contemplación de Aquel al que debemos todo: el bien, la verdad y la belleza que subyace en cada una de las acciones y objetos antes mencionados.

Como suele decirse es el momento de cargar las pilas, no solo las físicas. Pero, sobre todo, es el momento de afinar el rumbo para que el recorrido que luego hemos de hacer con esas energías renovadas tenga sentido.