¿Cómo no ayudarlos? Acoger, aportar, compartir

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Cómo no ayudarlos
Cómo no ayudarlos

Por Pilar Muruve (Trabajadora social, socióloga y Técnico de Cáritas Diocesana de Sevilla)

El 31 de julio de 2006 todos los medios de comunicación llevaron a primera página la noticia de un centenar de bañistas socorriendo a 88 subsaharianos que arribaron a la playa de la Tejita en la isla de Tenerife. Los sorprendidos turistas ayudaron a los inmigrantes a bajar del cayuco, los sentaron en la arena, cambiaron de ropa a los que estaban mojados, los arroparon con sus toallas y les dieron la comida que llevaban en sus mochilas. A la pregunta de algunos periodistas del porqué de su reacción, los improvisados samaritanos no encontraban más argumentos que los de la reacción instintiva: «¿Cómo no ayudarlos?, ¿qué otra cosa podíamos hacer?».

¿Es la solidaridad una reacción instintiva? Sabemos que es eso, pero también algo más. Hablar de solidaridad es hablar de un término cargado de significado que apela a la respuesta que las personas tenemos ante el sufrimiento o la dificultad que otro ser humano padece. La solidaridad evoca compasión, acogida, entrega, compromiso, responsabilidad, participación, militancia, incidencia… La solidaridad es una cualidad constitutiva del ser humano, que se ha ido canalizando a lo largo del tiempo en prácticas y actos individuales y colectivos de diversa índole, basados en la lógica de la donación y la gratuidad, y que entraña, como horizonte ultimo de sentido, la generación de un mundo más humano y fraterno y más asemejado al proyecto original del Dios creador.

Como bien expresa García Roca (García Roca, J. Exclusión social y contracultura de la solidaridad. Prácticas, discursos y narraciones. Ed. HOAC. Madrid 1998. Pág. 27), la solidaridad es una construcción moral que se sustenta en tres dinamismos:

La compasión, por ella somos capaces de sufrir con quien sufre, y por ella podemos llegar a albergar en nosotros el sentimiento de incumbencia: en tanto el sufrimiento del otro me incumbe, me afecta, y me hace sentir incómodo (me saca de mi comodidad).

El reconocimiento, como actitud que nos permite acoger al otro por ser quien es, y a reconocer, en lo más genuino de su identidad, la dignidad, a veces tan maltratada y ultrajada. Por el reconocimiento, siempre desde la lógica del don, somos capaces de vivir en sano equilibrio la alteridad y la comunión.

Y en tercer lugar la universalidad, encaminada a potenciar la generosidad y el compartir fraterno, y a fortalecer la renuncia de mis bienestares particulares, en tanto en cuanto lo que tengo no es propio, sino que debe ser compartido desde criterios de justicia, equidad y bien común.

La compasión es la base moral, política y religiosa de la solidaridad. Una solidaridad del «abajamiento», al estilo de Jesús de Nazaret, el compasivo por definición.

La solidaridad debe llegar a ser criterio ético de decisión, respuesta moral de carácter personal y de carácter comunitario y principio de organización social. Juan Pablo II afirma que la solidaridad no es un sentimiento superficial, sino la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y de cada uno para que todos seamos realmente responsables de todos (Solicitudo rei socialis 38).

En la encíclica Evangelii gaudium, el papa Francisco expresa el peligro de desvirtuar el significado profundo de la solidaridad: la palabra «solidaridad» está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos… Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles (EG 188-189).

El pensamiento de la Iglesia es claro en esta cuestión. La solidaridad no compete solo al ámbito individual, sino que es necesario que sea principio de decisión y actuación de las comunidades, instituciones, organizaciones y leyes.

La solidaridad precisa compromiso

Asistimos hoy a manifestaciones solidarias que no siempre expresan lo que la solidaridad es. Encontramos no pocas veces en los medios de comunicación la solidaridad espectáculo. Esta manera de interesarse por el otro lleva a consumir solidaridad a través de cenas benéficas, conciertos o tele maratones solidarios donde por vía del teléfono podemos adherirnos a una causa solidaria de manera fácil y rápida. Este tipo de solidaridad se fundamenta en reacciones emocionales que duran poco en el tiempo y que se experimentan como espectadores. Nos hacen sentirnos bien, pero no alteran en nada nuestro modo de vivir, ni ponen de manifiesto las causas sociales, políticas y económicas que desencadenan aquello que consideramos una injusticia social.

Como variante de la solidaridad espectáculo, encontramos la solidaridad como campaña. La actual crisis de los refugiados está generando en personas reacciones de compasión por las que se ven movilizadas a donar parte de sus recursos a la llamada ayuda humanitaria. Ayuda imprescindible para la atención a las personas, a las comunidades y a los pueblos afectados por una catástrofe o por una situación de emergencia humanitaria, pero que va encaminada más a las consecuencias que a las causas. Esta solidaridad es vivida por muchas personas como válida, de ahí que las grandes entidades sociales destinen no pocos esfuerzos a promover campañas de captación de socios que se impliquen en la causa a largo plazo. Pero desde esta expresión de la solidaridad sigue sin haber un cuestionamiento personal y vital de cómo nuestro nivel de vida y de consumo afecta irremediablemente a las crisis humanitarias a las que queremos adherirnos. Ser sensible y conmoverse por los refugiados sirios, que están llegando a las costas de Grecia, requiere también tener una actitud de acogida y de hospitalidad ante aquellos que puedan venir a nuestro país, o que ya están en medio de nuestras comunidades.

No sería justo enjuiciar negativamente estas formas de solidaridad ni a aquellos que las practican; pero es necesario ser conscientes de los peligros o engaños que pueden traer aparejadas estas formas, cuando a la acción solidaria se le quita el componente del cuestionamiento personal y causal, que nos lleva a preguntamos por el porqué de las cosas. Y es muy grave que a la acción solidaria se la despoje del componente de disidencia, de denuncia, de movilización social, encaminadas a cambiar las reglas del juego que están generando tales injusticias.

La solidaridad requiere encuentro

La solidaridad, para ser auténtica, requiere un encuentro con el mundo del sufrimiento, de la injusticia; un encuentro que no deja indiferente. Lleva a la implicación y al compromiso como parte fundamental del proyecto vital. Supone dejarse afectar en todas las dimensiones de la vida por el sufrimiento de los rostros concretos con los que se comparten el tiempo, los desvelos y las alegrías. Requiere la obligatoria transformación de hábitos de consumo, de mentalidad y de opciones personales, familiares y sociales que hagan coherente el estilo de vida. Requiere reconocer en el otro no solo su carencia, sino su potencialidad, ayudándolo a movilizar todas sus capacidades en un proceso de promoción y crecimiento personal y comunitario. Y es necesario llevarlo a cabo con la actitud humilde de reconocer cuánto nos aportan aquellos a los que queremos ayudar para nuestro propio proceso de humanización y de crecimiento personal. Y, junto al acompañamiento y a la promoción de la persona, la verdadera solidaridad requiere de quienes quieren vivir, desde esta coordenada, el inconformismo al orden establecido y la conciencia clara de que, como ciudadanos, tenemos poder para incidir en el cambio social, en la transformación de las causas que generan injusticias, exclusión, muerte, desde una participación solidaria, responsable y comprometida. No solo los responsables políticos tienen la encomienda de generar políticas que rompan con la desigualdad y la injusticia social, también la ciudadanía está llamada a ejercer su responsabilidad en la construcción de una sociedad más justa e inclusiva para todos, para los cercanos y para los lejanos.

La opción por los pobres

No pocos cristianos queremos vivir desde estas claves nuestra vida de fe y compromiso por los más pobres, no siempre con acierto y coherencia. La contemplación de Jesús y la práctica del evangelio no dejan lugar a la duda: la opción por los pobres no es un acto de buena voluntad; es una exigencia irrenunciable de quien quiere vivir con autenticidad el seguimiento de Jesús. O, dicho de otro modo, nuestro testimonio se legitimará desde la opción de ponerse junto a los descartados de este mundo.

Son muchas las personas de Iglesia, insertas en comunidades, en movimientos apostólicos, en hermandades y cofradías, o en grupos eclesiales de diversa índole, que viven su fe en el marco de la acción solidaria, de la acción voluntaria. ¡Cuántos voluntarios tenemos en nuestras Cáritas que dedican tiempo y entrega al servicio pastoral de acción caritativa! ¡Cuántas congregaciones religiosas tienen, en el centro de sus carismas, la opción por los más pobres y excluidos en las sociedades occidentales, y en los lugares de misión en América, Asia o África! La Iglesia, desde sus orígenes, se preocupó por dar de comer al hambriento y beber al sediento, tal como el mismo Jesús hizo y pide a aquellos que quieren vivir como él. Y este es uno de los tesoros más hermosos que tiene la comunidad de seguidores de Jesús, que hemos de cuidar y de potenciar. No pocas personas ajenas a lo eclesial son capaces de vislumbrar en nuestras acciones solidarias y de caridad la cara amable, coherente, auténtica de la Iglesia.

Sin embargo, la complejidad de las causas que generan pobreza y exclusión y el sufrimiento de las personas que las padecen, nos obliga a los cristianos a revisar continuamente nuestro modo de estar en el mundo de la solidaridad (sin ser del mundo) y la manera de dar un testimonio coherente con la fe que profesamos, y celebramos. La formación y reflexión continua, la revisión de vida, la sensibilidad en el acercamiento a las personas y el contacto con ellas, sustentados en el marco del discernimiento (personal y comunitario) y en una espiritualidad fuerte, son las herramientas válidas para realizar con valentía y coherencia nuestra labor social.

El contexto actual con su entramado de relaciones sociales y económicas, las oportunidades de participación y la propia Doctrina Social de la Iglesia nos obligan a no contentarnos con atender las causas, sino también a removerlas y transformar estructuras que excluyen y matan. Los cristianos no podemos caer en la tentación de la impotencia, que es una de las armas de las que se vale el sistema para mantener las situaciones injustas. Hemos de vivir con la tensión permanente de centrar la mirada en los empobrecidos, pero también en aquellos a los que les toca decidir políticas, normas y leyes. Los cristianos, junto a los hombres y mujeres de buena voluntad, han de situarse en el centro de la ciudad, de los barrios y de los pueblos. Y, desde una participación coherente con su fe y sus valores evangélicos, alzar la voz, denunciar las injusticias, hacer incidencia (que no es otra cosa que poner la causa de los pobres en el centro de las agendas de los responsables públicos) y proponer alternativas que hagan creíble el maravilloso lema acuñado hace unos años de que «otro mundo es posible y necesario».

La Iglesia vive el don de la comunión. Con los hermanos y hermanas de fe podemos revitalizar nuestro compromiso, regenerar nuestra esperanza, y compartir desvelos y sueños. Y necesitamos poner en manos de nuestro buen Dios todo esto. Necesitamos de una espiritualidad fuerte, que nos ayude a encajar interiormente la experiencia que nos genera el contacto real, y no siempre fácil, con la pobreza. De cómo sea este encaje, dependerá nuestra manera de situarnos ante quienes la padecen. Una espiritualidad trinitaria que nos ayude a concretar en acciones significativas el mandato del papa Francisco de ser Iglesia en salida.

El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, tiene el don especial de la compasión expresada en la solidaridad. Por eso, todo aquello que sirva para potenciar este don y ponerlo al servicio de la humanidad será la mejor manera de ser plenamente humanos, plenamente felices.