El maestro Abelardo

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Primeros ejercicios espirituales de Abelardo con el P. Morales. Las Navillas (Segovia)
Primeros ejercicios espirituales de Abelardo con el P. Morales. Las Navillas (Segovia)

(Extracto de Abelardo de Armas: Pasión educadora (2014). Ediciones encuentro, pp. 34-52.)


Un maestro habla sobre otro maestro; Abilio de Gregorio sobre Abelardo de Armas. Ahora los dos acaban de reencontrarse en la eternidad. Traemos aquí una página de la magnífica reflexión de Abilio sobre la faceta educadora de Abelardo, publicada bajo el sugerente título: Abelardo de Armas: pasión educadora. En ella reconocemos el afecto, la afinidad y la admiración de Abilio hacia Abelardo.


Abelardo habla sin eufemismos de su conversión. En efecto, a raíz de aquellos Ejercicios espirituales en Las Navillas, se produce un cambio de los principios que rigen la síntesis o la dirección de su vida. No creo que sea hiperbólico hablar de un segundo nacimiento a un nuevo orden de valores a los que libremente se abre y se entrega con todas sus consecuencias. ¿Qué ha sucedido en ese encuentro con el P. Morales?

¿Qué percibió Abelardo en aquellos Ejercicios espirituales con tal fuerza emocional como para hacer girar su vida de forma tan radical? Él nos narra el impacto de aquellas palabras de Jesús, leídas en la soledad de su habitación: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Y nos cuenta emocionado: «Por primera vez en mi vida me encontraba con unas palabras que me hablaban de vida eterna y yo pensaba: ¿Pero será posible esto? ¿Es posible que haya algo que no acabe nunca?».

Abelardo termina de descubrir alborozado que para él Dios es realmente Dios. Repetirá muchas veces en su vida, según él mismo testifica, unas palabras del misionero en Alaska, el jesuita P. Llorente, amigo de la Cruzada por serlo, a su vez, del P. Morales. Nos narra que, en situación límite, la última fuerza y esperanza que le restaban las empleó para gritar a Dios: «¡No importa nada, Señor! ¡Aquí lo único que importa es que Tú sigas siendo Tú!».

Esta relación, [en cortejo, con el Dios-Persona] es la respuesta de un hombre a la percepción clara y distinta de la soberana iniciativa de Dios. Se concreta en tres actitudes nuevas que Abelardo va a mantener a lo largo de su vida con la firmeza de quien sujeta las riendas del corcel con el que recorrerá el nuevo camino que inicia: obedecer la voluntad de Dios, fiarse plenamente de Él, y apartarse del mal que Dios aborrece.

Con estos tres cabos, Abelardo irá trenzando el tensor que lo mantenga asido a su ideal de santidad. Y el tensor, a su vez, anclado en una relación íntima y permanente con Cristo. En este itinerario irá convirtiéndose en maestro. El maestro Abelardo, que decide después de su conversión consagrar su vida a la formación de los jóvenes. Él, que con tanta insistencia había pedido a la Virgen que le hiciera «jugador de primera división», termina fichado como entrenador-educador de un equipo de jóvenes para enseñarles cómo se juega el partido de la propia vida. El 25 de enero de 1953, según nos cuenta en los Ejercicios espirituales que dirige en 1973, recibe en un retiro la llamada a dedicar su vida a la formación y salvación de la juventud: «Me llevé un disgustazo, porque tuve que renunciar a tener una mujer y unos hijos (…), pero Dios me ha compensado con creces». En una carta a un militante de Perú afirma: «Cuando Dios pide, lo que quiere es dar. Lo que sucede es que no sabemos entender sus llamadas (…) Así es que con Dios no existen entregas totales, sino devoluciones completas» (2-2-1992).

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