La inmigración

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El rey Boabdil
El rey Boabdil

La irrupción en España del fenómeno de la inmigración, unido al triunfo de las nuevas tecnologías de la información, nos inducen a pensar que estamos entrando en una nueva etapa histórica. Nueva etapa que nos obliga, ante la enorme complejidad que encierra, a unir la sabiduría aprendida en el pasado con enormes dosis de imaginación y prudencia.

España ha pasado en poco tiempo de ser un pueblo emigrante a convertirse en tierra de inmigración. La avalancha de gentes venidas de todas las partes del mundo parece irrefrenable. Gentes de toda raza y condición se han hecho presentes en toda nuestra geografía, por pequeña que sea la localidad. La trágica imagen de las pateras se convierte en un símbolo tremendamente significativo: oleadas que persisten aun a sabiendas de su posible final calamitoso. Al mismo tiempo que asalta nuestras conciencias el bajón del índice de natalidad y el crimen del aborto.

Está claro que a los retos presentes no les pone remedio solo la voz de denuncia o de condena de la acción política en los tiempos próximos o más o menos remotos. La caída del muro de Berlín dejó al descubierto lo que de sobra se sabía y se ocultaba.

¿Y qué decir del mundo colonial, de la explotación de sus materias primas, sin tener en cuenta ni el futuro de los pueblos ni sus derechos básicos? Terrible siglo XIX.

Nuestro mundo hispánico no es menos deplorable. Salvo notables excepciones, las naciones surgidas tras la independencia, lograda muchas veces más por nuestra ineptitud, que por la madurez y legítimo deseo de autonomía de las nuevas naciones, en lugar de constituir una confederación fraternal con la antigua madre patria, si no política, al menos por los vínculos de creencias, culturas, y economías comunes, cayeron en poder del dominio económico y político americano, el llamado imperialismo norteamericano, con mucha leyenda negra y mayor explotación.

Parece mentira que los grandes responsables de nuestro mundo no adopten medidas que paren la sangría de esas naciones y haga innecesaria nuestra inundación. ¿O acaso se está pensado que viene bien a nuestra economía y al afán desmedido de enriquecerse a toda costa, una mano de obra barata y sumisa? ¿Quién pone el cascabel al gato salvaje del neoliberalismo capitalista que está dirigiendo la economía de todos los pueblos?

¿Hablamos de la dignidad humana de todo hombre y mujer? ¿Olvidamos que el menosprecio o ignorancia de nuestra historia nos dejará inermes ante grupos o comunidades que se acerquen con personalidad firme en creencias y costumbres? La convivencia pacífica es posible cuando cada uno está en su sitio y el respeto en todos; por ejemplo conociendo la lengua y la cultura de la nación de acogida.

No me pidáis explicaciones. Cuando he terminado de escribir el artículo, me ha venido al recuerdo como un imperatívo categórico la leyenda del Rey Boabdil al despedirse de Granada: Llora como mujer ya que no has sabido defenderla como un hombre. Dicen que le reprochó su madre, y he recordado el espléndido cuadro pintado por el francés Alfred Dehodencq en 1869, titulado «El último adiós del rey Boabdil a Granada» o «El último suspiro».