España soy yo

Fragmento del discurso de clausura en la XXIII reunión de Amigos de la Ciudad Católica (octubre 1984)

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Puente romano de Cangas de Onís (Asturias)
Puente romano de Cangas de Onís (Asturias)

El verdadero cambio

Se quiere cambiar a España separándola de Cristo. El cambio en el derecho, cambio en la familia, cambio en los medios de comunicación social, cambio en la empresa, cambio en las diversiones, cambio en la juventud, cambio en la enseñanza… Todos los cambios han tenido una nota común: el abandono de lo trascendente, la separación de Cristo. Se quiere cambiar España separándonos, por tanto, a cada uno de nosotros de Cristo. Porque España soy yo (no en el término absolutista de Luis XIV), la única parcela de España que puedo renovar soy yo, es mi propio corazón. Por tanto, el cambio de que vamos a hablar aquí es del mío, personal, del único que ante Dios tengo que responder, y, consecuentemente, todo lo que a mi alrededor me concierne con respecto a mi transformación personal.

¿Cuál es ese cambio? Si lo que se pretende es cambiar a España separándola de Cristo, lo único que yo puedo hacer es unirme cada vez más a Cristo, transformarme más en Cristo, porque nos acaba de decir Juan Pablo II: «personas transformadas colaboran eficazmente a la transformación de la sociedad». ¿Cómo puedo yo transformarme en Cristo? También nos decía Juan Pablo II: «Se nos ha dado una pedagoga: la Virgen María». Ella es quien tiene que cristificarme. Ella es quien puede hacer lo que yo soy incapaz de realizar.

¿Estoy dispuesto a cambiar?

Pero yo pregunto a cada uno (porque somos responsables ante Dios, ante la historia, ante la patria, ante nuestras conciencias, de esta transformación imperiosa y urgente en estos momentos): Realmente, ¿estoy dispuesto a cambiar? ¿Tengo mi corazón abierto al cambio, a este cambio de transformarme en Jesús? ¿Acepto que, según el principio y fundamento de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, el hombre es creado para alabar; hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor? Por tanto, si yo quiero imitar a Jesús, ¿entiendo que todas las otras cosas (la estructura social en la que me desenvuelvo, la familia a la que pertenezco, el seno de la empresa o el centro de trabajo o de estudio donde estoy, la diversión, la sociedad entera) son para mí como criaturas en tanto en cuanto me ayudan a la consecución de mi transformación en Cristo? ¿Vivimos así? ¿Es Jesús el todo de nuestra vida?

A ver si a fuerza de tanto estudiar la estructura a nuestro alrededor, el secularismo que nos envuelve, etc., no nos damos cuenta de que ese laicismo se está metiendo en nuestras vidas. ¿No sucederá que nosotros tenemos, por nuestra parte, mentalidad cristiana, y al mismo tiempo vivimos una vida pagana? ¿Dónde está la raíz de la situación que contemplamos a nuestro alrededor? ¿No está en mi propio corazón? Juan Pablo II nos ha dicho «no caigáis en el error de pensar que se puede cambiar la sociedad cambiando sólo las estructuras externas o buscando en primer lugar la satisfacción de las necesidades materiales». Hay que empezar por cambiarse a sí mismo, convirtiendo de verdad nuestros corazones al Dios vivo, renovándose moralmente, destruyendo las raíces del pecado y del egoísmo en nuestros corazones. Es una reforma personal la que se necesita. Las estructuras no son moralmente distintas de las personas que las integran. Si no cambio yo, no cambiará la estructura.