Verano azul de 1956

5
Pechón (Cantabria). Foto: Miguel Ángel García
Pechón (Cantabria). Foto: Miguel Ángel García

Por Miguel Ordóñez Martínez

Recuerdos e impresiones de una época juvenil que se me aparece como una de las más intensas de mi vida, muy feliz, y de una espiritualidad que juzgo muy sincera.


Miguel Ordóñez fue uno de los primeros seguidores del P. Morales en una etapa en que se distingue Abelardo de Armas, de quien estuvo como adjunto hasta 1969. Testigo de las actividades que se llevaban a cabo en los inicios de la institución, ha escrito sesenta y dos años después las impresiones del primer Cursillo de formación de militantes en Comillas (1956). Nos cuenta algunos retazos y anécdotas que nos harán conocer mejor la personalidad y espíritu organizativo del P. Morales, y la aventura que vivieron durante veinte días mendigando por los pueblos y trabajando con las gentes sencillas de la provincia de Santander.


Largo verano que comienza el 29 de febrero y termina el 7 de octubre. Azul de Santander con el reflejo cambiante de las aguas del Cantábrico. Haría falta una visión de pintor para describir la infinidad de matices en las distintas horas del día, ya soleado, ya nublado, desde el gris soñoliento del amanecer hasta el verdoso fosforescente después de la puesta del sol.

Como la parte más importante del Cursillo ya ha sido recogida por Javier del Hoyo en Profeta de nuestro tiempo (Madrid 2009, pp. 347-356), yo intentaré buscar en el disco duro de mi anciana cabezota, hechos, anécdotas que adornen un poquito la seriedad del cuadro. Me inclino por un orden cronológico.

En los últimos días de febrero de 1956 cayeron unas intensas nevadas. En muchos pueblos de Santander, Burgos, León, Zamora… la nieve llegaba a la altura de la cabeza. En uno de ellos pude ver las zanjas que se hicieron para poder caminar y ayudarse los vecinos. Por fin salimos de Madrid el 29 por la noche en el camión Pegaso de 13 metros. La nieve nos siguió acompañando, sobre todo a partir de Somosierra. No existía el túnel. Después de pernoctar en un pueblo de Burgos (¿Lerma?) reemprendimos ruta hacia el puerto de El Escudo. Marcha lenta. La muralla de nieve que las máquinas habían acumulado en el arcén, nos permitía cogerla con las manos desde el camión.

Ignoro la razón por la que el chófer, Juan Pérez Cifuentes, nos pidió que abandonáramos el camión y lo siguiéramos andando. ¿Para aligerar la carga? ¿Para que, si patinaban las ruedas y se salía de la carretera, quedásemos algunos vivos para ayudar? Bajamos obedientes. Pero viéndonos con las manos sueltas, decidimos hacer bolas de nieve y tirarlas a los pocos que habían quedado en el camión: los más viejos o algún lisiado. ¿Cómo se defendieron? Al cerebral Cemillán se le ocurrió: «si les ocupamos las manos, no pueden hacer bolas». Y cogieron los bancos de sentarse y los lanzaron por encima de la trampilla. Dio resultado. Cada banco nos ocupaba a dos. Cifuentes, desde el retrovisor, se hacía cruces de cómo se habían podido caer los bancos. Paró y se restableció el orden.

Llegamos a Comillas. Tuvimos el mes de ejercicios desde el 1 de marzo. Después vinieron los de formación humana e intelectual.

Las vacas

Quienes hayan visitado la India saben que allí las vacas son sagradas y no se las puede molestar: van por los prados, por las carreteras y, si hay conflicto de derechos con los coches, son éstos los que tienen que ceder. Las vacas de Comillas no tenían tanta categoría, pero convivían en sana democracia con los seres humanos. En Rovacías había bastantes en los prados, pero, por una ley no escrita, podían acceder a cualquier lugar del exterior de la casa. Sólo se les aconsejaba, no ordenaba, no mugir muy fuerte y menos de noche.

La sala donde el P. Morales nos daba clases de Teología o de Iglesia en la Historia estaba al mismo nivel del exterior y tenía un gran ventanal a través del que los alumnos nos saciábamos de mar Cantábrico. La mesa del profesor estaba próxima al ventanal y éste se sentaba de espaldas al exterior. Las vacas iban, venían, pasaban, nos miraban. Alguna se quedaba un ratito escuchando la lección. Luego se iba rumiando la hierba con la boca y la asignatura en su cerebro. A veces movían la cabeza, no muy convencidas de que aquello fuese verdad. En verano, la ventana se abría de par en par y el profesor podía disfrutar del viento marino.

Una vaquita joven, muy aplicada, vino hacia el ventanal abierto y se quedó prudentemente a un metro. A medida que el profesor se entusiasmaba y hacía preguntas, ella daba un pasito para oír mejor. Los alumnos, sonrientes, no perdían detalle. El profesor, constatando el interés de todos, seguía diciendo cosas. Y la vaquita, aplicada, daba otro pasito. Al final, no pudo resistir la tentación y acercó su morro húmedo al cuello del profesor. El movimiento del P. Morales sobre la mesa fue digno de un atleta al sonar el disparo de salida. La espontánea carcajada unánime asustó a la vaca, que se ausentó muy digna sin pedir perdón. Le faltó tiempo para ir a contárselo a sus congéneres.

Repuesto del pequeño contratiempo y cerrando la ventana, el profesor continuó la lección impertérrito con un: «Bueno. Para que os podáis reír a gusto, coged el bañador y vámonos a la playa».

Los trabajos humildes

¿Humildes? Bueno, muchas de esas experiencias las habíamos practicado ya en la mili. Lo curioso eran las reacciones. Cuando limpiábamos los cristales de la Universidad algunos profesores nos decían: «En veinte años es la primera vez que veo hacer este trabajo tan original. Yo pensaba que los cristales de mi despacho eran opacos». Y era verdad. Tenían tanta grasilla por dentro y tanto barro acumulado por fuera, que había que empezar la limpieza con un cuchillo.

«Los lugares», era el nombre original dado a las letrinas. ¿Y los pasillos? Decíamos que teníamos que hacer los 100 metros/pasillo porque no se veía el fin. El retorno a casa, atravesando el pueblo caminando de dos en dos y en silencio, era un espectáculo. Como se repetía muchos días, algunas muchachas atrevidillas se acercaban, sobre todo a Luengo, el más alto y fuerte, y le decían: «Anda niño, échanos una miradita y cobra lo que quieras».

La marcha peregrina

Lástima que no se puedan recuperar las narraciones de cada grupo. Bastante es que pueda raspar de mi memoria la pátina acumulada en 62 años. Se olvidarán muchos detalles, pero sí aseguro que cuanto escriba lo recuerdo nítidamente.

Cuando se leyeron los nombres de todos los grupos (el mío fue el último) hubo varios resoplidos. Algunos se sinceraron: mi compañero y yo éramos caracteres muy fuertes que, con frecuencia, chocábamos, ya en el deporte, ya en las ideas que expresábamos. Parecía hecho con toda la buena intención: para troquelarnos, que se decía entonces.

En el momento de la partida, a hora temprana, nos abrazamos todos como quien parte a frentes distintos, deseándonos volver sin muchas heridas. Era una experiencia en el vacío. Los jesuitas la ejecutaban en el noviciado de manera rutinaria, sí, pero con un uniforme que era respetado en la España de entonces.

Mi compañero y yo empezamos a caminar hacia San Vicente de la Barquera, nuestra primera escala. En un descanso dejamos nuestros macutos en el suelo y le dije: «mira, somos dos y a mí me han nombrado jefe. No sabemos las dificultades que nos vamos a encontrar. Debemos estar muy unidos. Lo natural es que, ante las dudas, las comentemos y nos pongamos de acuerdo. Solo en un caso extremo haré de jefe. ¿De acuerdo?» «Sí».

Primer día. Esa noche dormimos en la cárcel. Suena bonito, ¿verdad? Me explico. Después de haber solicitado comida por las casas con gran éxito, buscamos dónde dormir. Viendo en un piso alto un lugar aparente, entramos en la zona baja a preguntar. Resultó ser un lugar donde se ingresaba dinero. Con nuestra pinta de sospechosos: ropa más bien usada, etc., se nos acerca un guardia municipal y nos pregunta: «¿qué desean?» Con naturalidad le expusimos: «un lugar donde pasar la noche. No tenemos dinero». El guardia sonrió: «Bueno, eso os lo arreglo yo. Venid a mi casa». Y nos llevó a su casa. Era el encargado de la cárcel del pueblo. Nos puso ante cuatro celdas. «Esto está hoy vacío. Elegid una». La elegimos. Nos trajo mantas y nos preguntó: «¿A qué hora os llamo?» Y cerró los barrotes con una gorda llave.

A la hora indicada, tempranito, apareció el buen hombre con un cubo de agua y una toalla. Cuando nos aseamos, le dimos las gracias y nos fuimos a misa, que celebró el P. Valencia, muy conocido por todos, quien rio con la aventura y nos dio la bendición para la jornada que comenzábamos.

Segunda jornada: Pesués, Pechón. En este segundo pueblo nos pasamos la tarde escardando patatas para un matrimonio sin hijos. Gozosos y agradecidos por el trabajo que habíamos hecho gratis nos ofrecieron prohijarnos temporalmente con un buen sueldo. ¡Qué tentación de hacernos ricos!

Tercera jornada: Unquera (Santander) y Bustio (Asturias), comunicados por el puente sobre el río Deva. Aquí la anécdota consistió en el caudal que acumulamos: más de 30 kilos de patatas, tres docenas de huevos, chorizos, quesos… Una solución para una familia muy pobre de Molleda a la que dejamos todo para, al día siguiente, partir hacia Panes, entrada al desfiladero de La Hermida.

En los días siguientes nada extra que reseñar salvo la continua y variada belleza del paisaje. La estrecha carretera desde Panes juega con el río que, unas veces deja a la izquierda: (va por Asturias) y otras a la derecha (entonces sabes que estás en Santander).

Aprovecho para contar cuál era la situación política de la región en el año 1956, sin lo que no se entenderían los hechos que narraré después. Hoy todo eso ha quedado en el olvido, pero, si no se conoce, no se pueden explicar muchas cosas que sucedían en el ordinario vivir de aquellos pueblos. Los nombres de «el Juanín» y «el Bedoya» aparecían frecuentemente en las conversaciones. Desde el fin de la guerra civil, en 1939, se habían venido infiltrando, a través de la frontera francesa, gran número de partisanos, conocidos como «maquis», que se ocultaban en las montañas del País Vasco y de Cantabria, cuyo fin era desestabilizar el gobierno de Franco con la técnica de guerrillas. A ellos se unieron luego gente sin ideología alguna: delincuentes comunes, huidos de la justicia. Vivían ocultos en las montañas y bajaban a los pueblos para aprovisionarse. A veces robaban, a veces extorsionaban a las personas, incluso atracaban en despoblado. No se hablaba de ello, salvo en la intimidad. Sí pudimos comprobar que los cuartelillos tenían mucho personal uniformado. En Linares, donde ordinariamente debía haber dos o tres guardias civiles, había más de treinta.

Sin esta breve exposición no se entendería lo que nos sucedió en Bielva. Al llegar allí, después de comer, una señora nos permitió dejar nuestros macutos en su casa para ir a buscar trabajo. Subimos al monte y una familia, que resultó ser la del alcalde, nos aceptó porque les faltaba jornada para poder completar el plan del día.

Con ilusión nos pusimos a atropar heno. Aquí empieza la historia. Al cabo de media hora, cuando sudorosos y contentos, dejábamos nuestras gavillas, oigo un vozarrón a mi espalda: «¡cuerpo a tierra!». Me vuelvo y veo a unos metros a un guardia civil apuntando con un fusil (naranjero lo llamaban allí). La incredulidad de que se pudiera dirigir a mí, me hizo mirar hacia atrás, pensando que yo estaba en la línea de tiro de alguien objeto de esa orden y veo a mi compañero a quien sujetaba otro guardia civil. «¡He dicho cuerpo a tierra!»

Todavía incrédulo, me tumbo como me ordenaban. Nos juntan los dos guardias, nos quitan nuestros cinturones y con ellos nos atan los brazos, el del uno al del otro.

Busco ahora, en mi cerebro, las fotos de ese momento y la preferente es la del alcalde de pie, abrazando a su mujer y sus hijos pequeños agarrados a las faldas de su madre. Pensé entonces en uno de esos carteles de películas sobre la conquista del Oeste americano.

Aparecen otros dos guardias civiles: un capitán fornido y otro guardia raso (un número en su jerga). Le explicamos lo que hacemos. No se lo creen. «¿Documentación?» «Todo lo dejamos en nuestros macutos en casa de tal señora». Nos atrevemos a decirles que se equivocan con nosotros. «La Guardia Civil sabe bien lo que hace».

Momentos de duda. Al final, el capitán decide que vayamos todos a casa de esa señora. Pero advierte a los guardias: «Vayan atentos. Si hacen algún gesto extraño, ya saben la norma: disparen».

Le hacemos ver que tal como estamos atados y con terreno tan irregular, teniendo que saltar zanjas, etc., es fácil hacer gestos extraños. Nos sueltan. No sin antes advertir a los guardias: «pero insisto, la orden sigue en pie, ante una actitud dudosa, disparen».

—Perdone, capitán, que insistamos nosotros también: con varios fusiles con la mano en el gatillo, ¿cómo vamos a ser tan insensatos de intentar huir?

—La Guardia Civil sabe bien lo que hace.

La verdad es que nunca sentí miedo. Y mi compañero me manifestó después que él tampoco. Lo que sí sentí fue pena al pensar en la tensión que vivían aquellas personas un día y otro.

Aparecen otros dos guardias civiles: un teniente y otro número. Volvemos a echar a caminar hacia el pueblo. Los seis guardias formando un semicírculo y nosotros en el centro a varios metros de distancia.

¡Qué gozada! Pasado el susto inicial, estábamos felices de poder ofrecer aquel sufrimiento. Pensábamos en Pablo de Tarso durante sus correrías asiáticas. Íbamos por el campo, sin camino, y le pedimos permiso para coger alguna manzana que casi tocábamos con la cabeza. Nos lo dieron. Vimos que estaban ya más tranquilos.

Llegamos a casa de la señora. Cogimos los macutos. Los abrimos y se los mostramos. El capitán se admiró de que lleváramos las camisas tan planchaditas y dentro de plásticos. Buscamos nuestros papeles. El documento firmado por el rector de la Universidad de Comillas exponía el motivo de nuestro caminar. El capitán se quitó la gorra pensativo. Le costaba reconocer que se había equivocado. De pronto miró mi DNI.

—¡Ah! Su compañero va indocumentado. No está su carnet.

No lo necesita, le dije. Si mi nombre está en ese documento, el que me acompaña es el otro.

—Sí, claro. Miren, vamos a hacer una cosa. Vamos a poner un telegrama a la Universidad de Comillas para aclarar las cosas. Entretanto siguen detenidos. Les vamos a conducir a nuestro puesto en el Puente del Arrudo y esperamos la contestación.

¿Qué hacer? El camino abreviado a su cuartelillo era original, trescientos escalones de piedra un tanto irregulares. Precioso sí, pero durillo.

Llegada al cuartel instalado junto a una fonda. Hablamos, hablamos bastante. Ya todo en un tono cordial. Les contamos quiénes éramos, lo que hacíamos. El capitán nos dio las señas de su casa de Salamanca para que invitásemos a su hijo a nuestro campamento de Gredos. Al final se alejaron los mandos y quedamos custodiados sólo por dos números, chicos jóvenes. Uno de ellos nos manifestó: «si no estuviera ligado por contrato, me iba con vosotros. Os vemos felices».

Se hizo de noche. Les pedimos unos minutos para pasear y hacer un rato de meditación. «Bueno, pero no os alejéis mucho». Volvimos. Aparece el teniente. «Hemos pensado, el capitán y yo, que podían ir al pueblo y decirle al sacerdote si les pueden dar de cenar».

«¿Cómo? Estamos detenidos. Son ustedes quienes nos tienen que dar la cena. Además, y esto es lo más importante: es de noche. Otros guardias, al vernos solos, pueden pensar que hemos huido y, con la sensibilidad que tienen ustedes, primero disparan y luego preguntan. Preferimos seguir detenidos hasta que llegue el telegrama de Comillas. Y también les pedimos que avisen a los cuartelillos de los pueblos que nos quedan por pasar explicándoles quiénes somos».

Un momento más tarde nos mandaron pasar a la fonda y, ¡una noche al menos!, conseguimos cenar caliente. Luego nos llevaron a su cuartel. Nos abrieron una habitación vacía y nos mostraron unos colchones. Cansados como estábamos, nos tumbamos y conseguimos dormir en compañía de un gatito al que echamos varias veces por la ventana, pero volvía y le aceptamos en nuestro colchón.

El resto del viaje debió de ser monótono. Ningún recuerdo quedó en mi memoria. ¡Ah, sí! Al año siguiente, desde Treceño, último pueblo de nuestra ruta, próximo a Cabezón de la Sal, una familia nos envió una fotografía del cadáver de «el Juanín», tumbado boca arriba, con el rostro perforado por las balas.

Una reflexión de conjunto: la experiencia de la marcha peregrina ha sido muy fructífera para mi vida posterior. La solución a muchas dificultades para encargos en los años siguientes: montaje de residencias y campamentos, la gestión del sanatorio del Hogar del Empleado en Guadarrama, donde estuve de gerente en 1958 con Abelardo en el equipo.

Y, años después, para enfrentarme con optimismo a los muchos problemas en la vida. En la vida ordinaria y en la de las empresas. Como diría mi buen amigo Antonio Rojas en alguna de sus «chispas»: las dificultades son siempre una bendición, una ocasión de tomar impulso para prosperar en el camino de la vida.

Esta opinión culta me recuerda una frase que oía de pequeño entre los campesinos de Castilla. Pura observación popular: el que tropieza y no cae, adelanta un paso.