Esperanza

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Esperanza
Esperanza

La muerte de Vicente Guillén, cruzado de Santa María (a quien no tuve la ocasión de tratar personalmente, pero cuya enfermedad seguí a través de sus hermanos de Instituto), el 16 de septiembre de 2018, me ha llevado a reflexionar acerca de la pulsión de la esperanza.


Es un tópico la afirmación de que el anciano vive mirando al pasado porque es consciente de que cada vez se presenta más menguado el horizonte del futuro. Ello podría llevar a pensar que la senectud es una edad en la que no tiene cabida la esperanza. Sin embargo, como viene a decir el médico humanista Pedro Laín Entralgo, la naturaleza humana posee una estructura que incluye la realidad dinámica de la esperanza, estructura que permanece mientras hay naturaleza humana.

El hombre es un ser proyectante: vive casi en estado de proyecto. En el fondo, es lo mismo que afirma Hannah Arendt al mantener la idea de que no es posible vivir una vida humana sin el perdón y la promesa. No hay sentido para la vida sin esperanza: esta está implícita en la vida. Esa tendencia natural a la supervivencia, a mantenerse en la vida, a perdurar, hace que, como observaba Cicerón, por muchos años que lleve vividos un anciano, siempre desea y espera un poquito más. Ahora bien, esa tendencia a la supervivencia no creo que sea solamente duración, sino deseo, tendencia y esperanza de «sobre-vida», de mejor vida, de contenido de vida, es decir, de vida contenta, de llegar a ser más, de que la vida tenga más sentido. Es más: creo que la esperanza inscrita en nuestra naturaleza apunta a un «seguir siendo» y a un «ser para siempre», o, como exclamaba Unamuno: «tengo hambre de eternidad». Creo que es ésta la esperanza que nos constituye.

Se puede mirar al pasado con pesimismo cuando se constata que se ha «perdido el tiempo» en la obra de vivir. Mas, aunque así fuera, siempre existe la posibilidad de recobrarlo haciendo fecundo el presente. Ciertamente, no se recupera el tiempo que es irremisiblemente pasado, pero se puede recuperar el sentido que irresponsablemente se perdió. Y para ello habrá que preguntarse si hay algo que me permita «seguir siendo» y «ser para siempre».

Así, pues, la esperanza no es ese optimismo infantiloide y bobalicón que se niega a mirar a la realidad en el convencimiento de que lo que no se mira, no se ve, y lo que no se ve, desaparece. Ni es simplemente un estado de ánimo o una estoica resignación. Entiendo la esperanza como una adhesión cognitiva y vital a una promesa. En el fondo, más allá de los distingos académicos, la esperanza es confianza, es fe. No se trata de creer algo que me permite aguardar expectante, sino de creer en alguien (Alguien en cristiano) que me prometió seguir siendo superando el fracaso de la muerte.

Tampoco la esperanza puede actuar de placebo ante las dificultades de la vida. Ni evita el dolor ni suprime el miedo cuando ambos se hacen presentes. Es más: parecería que la esperanza encuentra un humus especial de crecimiento allí donde hay miedo y sufrimiento. Basta acercarse a un hospital para advertirlo: la esperanza sobrevive a la ruina más total del organismo. Sin embargo, la esperanza tiene la virtualidad de liberar de las tenazas paralizantes del sufrimiento y del miedo.

Pero el hombre, que está hecho constitutivamente para la esperanza, puede vivir como quien espera solamente en los contornos del mundo o como quien espera en plenitud. A la vista de la vulnerabilidad de la condición biológica humana y la fugacidad del tiempo, es natural que, en la intimidad del alma, se sienta la necesidad de elevarse a una manera de esperar sustancialmente por encima de la naturaleza humana. Es en estos lindes donde aparece la esperanza cristiana: esperanza de ser más, seguir siendo y ser para siempre, porque es una esperanza anclada en Aquél que venció al sepulcro y prometió un vivir para siempre. Y su promesa y él son de fiar.

Si el hombre lleva en su urdimbre natural el impulso a la esperanza, tiene que ser muy diferente el final del trayecto de quien nada espera, de quien anhela un encuentro en el que la fe y la esperanza se transforman conclusivamente en una explosión de amor. Quienes han tenido la oportunidad de estar cerca de esos finales de camino lo saben, y saben que la despedida de un «esperanzado con causa» suele ser de otro orden para quien se va y para quienes lo lloran.

Pero esta esperanza cristiana no se improvisa seguramente en los momentos de incitante necesidad. Esta esperanza me parece que llega a formar parte de una matriz cognitiva personal cuando se ha habituado a lo largo de su vida a mirar, leer, interpretar la realidad cotidiana, y a interactuar con ella, desde los supuestos cristianos. Y ¿no es precisamente esto la fe?

Si el hombre es, como afirma Laín Entralgo, naturaliter orientado a la esperanza, entonces habría que concluir que el mundo será de quienes sean capaces de transmitir esperanza. ¿Es casual que incluso las ideologías más perversas han logrado permeabilizar a las gentes cuando han conseguido transmitir mensajes empaquetados en promesas de paraísos futuros?

Me permito el atrevimiento de unirme al cruzado de Santa María, Vicente Guillén, para decir: yo creo, Señor, que Tú me esperas al final del camino con el mismo mimo que me estás acompañando en el trayecto.