Exigir para educar

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Campamento de juveniles en Santiago de Aravalle (Ávila)
Campamento de juveniles en Santiago de Aravalle (Ávila)

Abelardo de Armas (Extracto de la ponencia desarrollada en Torrente —Valencia— el 11.12.1977 en el XVI Congreso de Amigos de la Ciudad Católica. Ver Rocas en el oleaje, Madrid 1980, pp. 62-90).


Hoy hay verdadero miedo a la juventud. Los educadores temen a la juventud. Los padres temen a la juventud. Los profesores temen a la juventud… Hay una especie de adulación de los jóvenes. Pero los jóvenes están deseando encontrar a quien les encauce y saben que es de entre ellos mismos de donde pueden surgir esos líderes, que, por otra parte, tienen que estar apoyados en otras personas un poco más maduras. Lo que sucede es que esas personas no aparecen, porque a esa juventud, si se la quiere encauzar, hay que exigirle mucho para que encuentre una respuesta a lo que busca, a ese vacío interior tan tremendo que tiene, y, si no se le exige, se le defrauda. A mí me enseñaron a exigirme y a exigir a los demás, y esto es lo que vengo realizando desde hace veintisiete años: exigir a los jóvenes. Con magníficos resultados, porque «al joven, si se le pide mucho da más; si se le pide poco, no da nada».

«La educación actual —dice Ramiro de Maeztu— es radicalmente mala, porque no enseña a sufrir, sino a gozar». Y los padres aman mal a los hijos en este sentido. Al muchacho hay que exigirle, por supuesto, con sentido común. Al principio trataba a los chicos como si fuesen adversarios míos. Luego, poco a poco, fui dándome cuenta de que eran mis amigos, que sufrían terriblemente y que tenía que amarles. Porque la juventud de hoy sufre, sufre como quizá ninguna de las anteriores generaciones. La juventud actual sufre porque entiende y quiere, pero no puede. Se les forma pedagógicamente; los libros de enseñanza son magníficos… Pero ¿quién forma a nuestra juventud en la voluntad? ¡Nadie! Y, sin embargo, esta es la primera tarea en la educación. Pío XII decía: «A una voluntad rica en ideas responda el joven con una voluntad firme y dócil». Sobre esto no trabaja nadie. Hay que acoger a nuestros jóvenes y formarles en la voluntad, y esto supone esfuerzo. Supone trabajo. Supone lucha. Y un educador debe ir por delante.

En definitiva, ahí está el problema: como no estamos dispuestos a exigirnos nosotros, no les exigimos a ellos. Hay que dejar lo especulativo e ir a lo práctico. Hay que trabajar, porque el enemigo está trabajando incesantemente. Este es mi mensaje: trabajar y hacer que los demás trabajen. Vale más encender una luz que maldecir de las tinieblas. Todo el mundo puede encender su lucecita. Pues hagamos esto con fe y con amor.

Para poder meter esa mística de exigencia, este espíritu combativo, lo que hace falta es muchísimo cariño, porque sin amor nada se puede hacer. Yo amo a mis muchachos con toda el alma. ¡Tremendamente! Me hacen llorar. Me hacen llevarme unos disgustos inmensos, pero me dan unos consuelos fabulosos. Es importantísimo amarles. ¡Y cómo no vamos a quererles si para eso encontramos a Cristo en la oración, y los jóvenes son otros Cristos que sufren! Un Cristo que desde mi corazón me lo pide prestado, porque Dios no tiene otra boca para hablar que la mía, ni otros brazos para abrazar que los míos, ni otros ojos para mirar con dulzura que los míos. Esto lo podemos hacer todos.

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