Educar en la salud y en la enfermedad

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Ilustración: Fano
Ilustración: Fano

Estos meses que estamos viviendo quedarán en la memoria de la historia vinculados a la pandemia del coronavirus. Ojalá se recuerden en el futuro, no tanto por la propagación vertiginosa del COVID-19 y por el elevado número de víctimas que provocó, como por el estallido de solidaridad que desencadenó en todos para frenar en común esta situación excepcional. Pero no olvidemos que el futuro se fragua hoy: comprometiendo ahora los medios necesarios acabaremos venciendo esta epidemia, y nos dispondremos eficazmente para acometer las que puedan alcanzarnos en el futuro.

Y uno de los medios más eficaces a nuestro alcance es la educación, entendida como la transmisión y asimilación de los valores, que nos hacen mejores. En efecto: la educación proporciona las herramientas oportunas para combatir cualquier pandemia actual o futura, mediante el esmero por la higiene y la limpieza, la responsabilidad para el autoaislamiento antes que poner en riesgo a las personas, la solidaridad y la entrega a los demás, la creatividad para llegar a los más necesitados, etc.

Todos estamos llamados a desarrollar esta labor pedagógica, en la salud y en la enfermedad. No pensemos que es una tarea únicamente de especialistas. Ser educadores, mejor aún, educar requiere de cada uno de nosotros:

  • creer en el valor crucial de la educación, como el motor más eficaz para transformar nuestra sociedad en cualquier circunstancia.
  • asumir que a educar se aprende educando, en los ámbitos en los que nos desenvolvemos: profesión, familia, tiempo libre, deporte, movimiento, etc.
  • autoeducarnos: toda educación eficaz discurre a la par que nuestra autoeducación, convertida en una tarea permanente.
  • formarnos: aprender de los grandes educadores. Mejor por contagio —por el contacto directo con personas que encarnan la vocación educadora—, pero también mediante la lectura. Este número de Estar, que reúne aportaciones tan vitales y tan variadas sobre educación, es un material excepcional para ello.

¡Qué bueno sería que fuéramos ahondando en el patrimonio pedagógico del venerable P. Tomás Morales y de Abelardo de Armas! Ellos fueron por delante y nos pidieron vivir la santidad educadora: hacer de la educación propia y de los demás nuestro estilo de vida.

Aprovechemos la situación crítica que estamos viviendo para educar y autoeducarnos. Permanecer en casa, además de remedio indispensable para no contagiar y no contagiarnos, puede ser la ocasión idónea para contagiar valores, que nos harán más humanos en la enfermedad, pero también en la salud: la constancia, la paciencia, la vivencia del momento presente, la batalla contra la queja y el desánimo, el cultivo de los pequeños detalles, la disponibilidad para los demás, etc.

Así educaremos en la enfermedad para la salud, y en la salud para la enfermedad.

Convenzámonos: cambiaremos la situación presente y las futuras si nos consagramos desde hoy a la urgente tarea de educar.

Que Jesús, divino Maestro, y Santa María, Salud de los enfermos y Guía de nuestro Movimiento, nos impulsen a tomarnos en serio el presente y a seguirles por los caminos de la santidad educadora, en la salud y en la enfermedad.

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