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Fernando Martín Herráez
La noticia nos llenaba de estupor: El Papa Benedicto XVI
renuncia. Como todo acontecimiento importante, ha suscitado revuelo,
comentarios, interpretaciones, sospechas, apoyos, miles de sentimientos y manifestaciones
para todos los gustos.
Yo he gozado profundamente de la lectura y relectura de
la “Declaratio” que el día 11 de
febrero publicaba la página web del Vaticano. Selecciono tres fragmentos que
revelan un poco, al menos desde mi punto de vista, la grandeza de alma, el amor
a la verdad, la humildad y la sabiduría (y no me cansaría de añadir adjetivos)
de este segundo Papa del tercer milenio. He sido profesor de Antropología Filosófica
y si tuviera que seleccionar algún texto por medio del cual explicar la
dignidad de la persona, y sus valores de humanismo, de libertad y de amor a la verdad,
creo que elegiría el texto del Papa.
“Os he convocado… para comunicaros una decisión… Después
de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la
certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente
el ministerio petrino… Siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena
libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro”.
Como digo es todo un homenaje a la libertad de
conciencia, al amor a la verdad por encima de conveniencias y de pareceres. Desde
la plena conciencia y desde la libertad, Benedicto XVI ha sido capaz de romper
una tradición, por amor a Dios y por amor a la Iglesia.
“Os doy las gracias de corazón…, y pido perdón por todos mis
defectos”.
Si tuviera que elegir entre el elenco de sus muchas
frases memorables que nos ha dejado durante su pontificado, me quedaría con
estas que estoy comentando. Sencillo y revolucionario, porque el perdón es la
gran revolución cristiana. ¿Hay algo más humano, más divino, más cristiano, que
dar las gracias y pedir perdón? ¿No es esta la radicalidad evangélica que el
mundo está esperando oír continuamente de labios de los cristianos?
Y al final la gran lección del hombre de Dios, del
humilde obrero de la viña que ha descubierto que el gran sentido de su vida es
servir a su Señor:
“En el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa
Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria”.
No hay palabras para describir lo que es este don que el
Papa Benedicto XVI ha dejado a la Iglesia. Y creo que necesitaremos tiempo,
especialmente “tiempo de Sagrario”, para asimilarlo y entenderlo en plenitud.
Pero por ahora, basta y sobra con una palabra: Gracias.