La fe y la Iglesia

7

P. Juan Ignacio Rodríguez Trillo
Estas líneas son hoy un homenaje agradecido al Papa
Benedicto XVI. Escritas antes del anuncio de su renuncia a la Sede de Pedro, se
convierten en un testimonio de todo lo que han sido estos ocho años de su
Pontificado y el gran legado que nos ha dejado: un amor a Jesucristo y la
Iglesia, de la cual él ha sido su humilde servidor. Y esta conciencia de
servicio a la Iglesia le ha llevado a seguir siendo su siervo, ahora de manera
orante. En la tercera catequesis sobre el año de la fe, Benedicto XVI nos preguntaba:
¿la fe tiene un carácter sólo personal, individual? ¿Interesa sólo a mi
persona? ¿Vivo mi fe solo? Con ellas construye esta hermosa catequesis sobre fe
e iglesia.
Esta es la afirmación principal: “No puedo construir mi
fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque la fe me es dada por Dios a
través de una comunidad creyente que es la Iglesia y me introduce así, en la
multitud de los creyentes, en una comunión que no es sólo sociológica, sino
enraizada en el eterno amor de Dios que en Sí mismo es comunión del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo; es Amor trinitario”.
Tenemos que profundizar en este aspecto y saber que “nuestra
fe es verdaderamente personal sólo si es también comunitaria: puede ser mi fe sólo
si se vive y se mueve en el «nosotros» de la Iglesia, sólo si es nuestra fe, la
fe común de la única Iglesia y que la Iglesia, por lo tanto, desde el principio
es el lugar de la fe, el lugar de la transmisión de la fe, el lugar donde, por
el bautismo, se está inmerso en el Misterio Pascual de la muerte y resurrección
de Cristo.
El Papa aborda y supera esa difundida tendencia a relegar
la fe a la esfera de lo privado afirmando que ello contradice a su naturaleza
misma. Necesitamos la Iglesia, nos dice, para tener confirmación de nuestra fe
y para experimentar los dones de Dios: su Palabra, los sacramentos, el apoyo de
la gracia y el testimonio del amor. En un mundo en el que el individualismo parece
regular las relaciones entre las personas, haciéndolas cada vez más frágiles,
la fe nos llama a ser Pueblo de Dios, a ser Iglesia, portadores del amor y de
la comunión de Dios para todo el género humano.
De este amor a la Iglesia Benedicto XVI ha sido testigo en
estos últimos días. Para que su magisterio siga resonando entre nosotros
ofrecemos a continuación un decálogo para el año de la fe, extraído de textos de
la carta Porta Fidei.

1. Redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera
cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con
Cristo.

 2. Invitar a una auténtica y renovada conversión al
Señor, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida.

 3. Decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y
este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree.

 4. Abandonarse en las manos de un amor que se experimenta
siempre como más grande, porque tiene su origen en Dios y llegar a poseer así
la certeza sobre la propia vida.

 5. Suscitar en todo creyente la aspiración a confesar la
fe con plenitud y renovada convicción, confianza y esperanza.

 6. Sentir con fuerza la exigencia de conocer y transmitir
mejor a las generaciones futuras la fe de siempre.

 7. Comprometerse en la Iglesia a favor de una nueva evangelización
para redescubrir la alegría de creer y el entusiasmo de comunicar la fe.

 8. Profundizar en la responsabilidad social de lo que se
cree. Es la dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la
propia fe.

 9. Vivir fe y caridad en mutua relación. La fe sin la
caridad no da fruto y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a
merced de la duda.

 10. Hacer cada vez más fuerte la relación con Cristo, pues
sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor
auténtico y duradero.