Ghana en el corazón: agua fría, corazón cálido

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Por María Ledesma Carranza

Hace tres meses, llevábamos una semana en Accra, Ghana. Aún sigo procesando la experiencia que viví, aunque cada vez la miro con mayor claridad.

La llegada estuvo cargada de momentos de tono agridulce. El calor húmedo mezclado con un ambiente empapado de calima. El olor a agua de mar al poner el primer pie en el país. La llegada al orfanato. Conocer a todos los niños. Una lluvia de abrazos. Mil nombres nuevos que pensaba que no cabrían en mi cabeza (y que cupieron, claro que cupieron). El sol rojizo que se dejaba ver entre las palmeras elevando la vista levemente al cielo que se adornaba de nubes rosas. El olor a arroz y judías de la cocina. Recordar lavarnos los dientes con agua embotellada. Cargar el móvil cuando hubiese electricidad (una amiga que se hacía de rogar y solía brillar por su ausencia). El olor a aguas fecales de muchas calles. Duchas de agua fría por las mañanas. La sonrisa del señor del puesto de comida. El arroz blanco de cada día. El huevo duro, la piña, el mango, ¡qué mango! El Malarone de cada mañana y alguna que otra pesadilla. El olor a Relec por todo nuestro cuerpo. Los paseos de la casa al orfanato y del orfanato a la casa. Casa era nuestro lugar seguro, el orfanato y los niños también. Los viajes en tro-tro, las carreteras, los caminos de tierra y los coches tuneados de todos los colores. La convivencia con cabras, vacas, gatos, gallos, gallinas, pollos y conejos. Los ríos cargados de basura, y las playas en consecuencia. Las canciones en la iglesia y las misas de cuatro horas y media que eran toda una fiesta. Los colores más alegres y Bob Marley sonando en todas las esquinas. Personas durmiendo, bailando, cantando y pintado por cualquiera de las calles.

Fueron muchas emociones, vivencias y sentimientos comprimidos en 15 días. 1.296.000 segundos cargados de presente. El presente se vivía tan fuerte que no había espacio para el futuro ni para el pasado.

Conocimos a personas con poco dinero, también a personas con mucho. Estudiamos el presente del país y las consecuencias de su pasado. Nos metimos en la piel del sufrimiento y también en el de la euforia.

Aprendimos a agradecer la existencia del agua corriente, del agua potable y del agua caliente. El olor a detergente. La electricidad y la corriente. Cuando estuvimos en Ghana comprendimos que había una forma diferente de ver la vida y de agradecer las cosas que a veces damos por hecho en nuestras casas. Allí no tener agua es simplemente un: «vale», mientras que tenerla es una fiesta. Aquí ocurre justamente todo lo contrario: tener agua es un «vale» y no tenerla es una tristeza profunda. Pensamos que tener agua es un mínimo y en realidad es un máximo. A mí me hizo falta viajar a Ghana para entender esto.

Fui a Ghana para dar amor y recibí mucho más amor del que era capaz de dar. Me descubrí, pidiendo a los niños un abrazo cada noche antes de irnos a la cama. Ellos tenían siempre la iniciativa de abrazar y me di cuenta de que yo quería tener ese corazón.

Fui a Ghana pensando que tenía mucho que aportar, que enseñar y que ayudar. Volví de Ghana con una tranquilidad absoluta de que todos los niños a los que conocí estaban bien. Que son felices. Que tienen una vida bonita, un corazón enorme y un alma más grande aún. Porque la vida les ha puesto retos difíciles y con todo, han decidido apostar por amar. Porque eso es lo que les sale de dentro y no necesitan pensarlo. He puesto nombre a la valentía.

Volvimos de Ghana con el cuerpo cansado, dolor de tripa y muchas ganas de dormir en nuestras sábanas. Nunca pensé que un viaje pudiese ser tan cansado. Siempre he considerado que yo podría ganar cualquier concurso en el que el reto fuese dormirse lo más rápido posible, sin embargo, esta experiencia rompió esa regla. A pesar del enorme cansancio y las 24 horas viajando que nos quedaban por delante al salir de Accra, mis ojos no fueron capaces de cerrarse ni un segundo. Sentía mi cuerpo totalmente dolorido, cansado y al tiempo agradecido. Este viaje fue realmente un cambio de mentalidad para mí. Quizá aquello fue lo que no me dejaba dormir.

No sé cómo explicarte lo bonito que es vivir una misa cantando y bailando sin parar. No sé describirte los vestidos de gala tan hermosos que vi allí, vestidos en chándal cualquier día, pero los domingos no. No puedo ponerle palabras a las emociones que me traían las caritas de aquellos niños del orfanato que se dedicaban cada día a estrenar amor. No puedo explicarte el vínculo emocional que generé con aquellos pequeños. No puedo explicarte el dolor al verlos llorar y menos aún, el dolor al pensar que alguna vez lloraron mucho.

Me encantaría ver a Johanita cada mañana mirarse al espejo y verse preciosa. Ver a Koami aprender a decir «te quiero» y a comer con sus pequeñas manitas. Dar un abrazo a Jeff y verlo sin enfadarse un día más. Ayudar a Brayan a hacer sus deberes a pesar de la desgana y la falta de motivación. Agradecer a Tina un día más la comida sobre el plato. Recibir el abrazo de Leticia después de la oración diaria, antes de irnos a dormir una noche más.

Volvimos con ganas de reposar todo lo vivido y con un agradecimiento inmenso por haber conocido a cada uno de los niños y jóvenes con los que convivimos. Por haber abierto nuestra mente a lo nuevo y lo desconocido. Por habernos permitido experimentarlo desde una posición de vivir y no de juzgar. Por haber aprendido a entender que no todo lo conocido es siempre lo mejor, que hay muchas maneras de entender la vida, de sentirla y de experimentarla.

Ghana es una explosión de color y de vida. Aún me queda mucho que digerir de lo que viví en allí. Por ahora solo puedo decirte que agradezcas cada día en la oración el agua caliente; y que alguna vez, si sientes esa llamada, viajes por primera vez o de nuevo a lugares como Ghana, esos sitios que nos ponen los pies en la tierra y nos elevan la mirada al cielo.

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