¡Con-vocados!

(Nuestro camino)

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Convocados. Foto: Paul Pastourmatzis.
Convocados. Foto: Paul Pastourmatzis.

Por José Javier Ruiz Serradilla, esposo, padre y profesor de Enseñanza Secundaria.

No se es cristiano sin Cristo. El encuentro cara a cara con él hace su presencia visible, palpable y audible: ¡Ven y sígueme! (Lc 19,21).

Somos llamados, vocados, a habitar en Él (Gál 2,20). Inhabitación nunca solitaria, siempre mediada en carne de Iglesia (1 Cor 12). Llamados y con-vocados.

Convocatoria siempre situada. El encuentro con la mirada de Cristo se da en la mirada del otro y el encuentro con la mirada del otro se da en la mirada de Cristo (1 Jn 4,20). Paradoja donde las haya.

Acontecimiento siempre palpable, encuentro en carne y hueso (Jn 20,27), en el tú próximo —aquel de quien soy prójimo (Lc 10,36)— y que despliega un estilo propio de ser vivido por Cristo, una morada compartida que, con las puertas siempre abiertas a las otras, describe la comunión eclesial. Comunión de próximos siempre referida a la comunión con todos, universal. Es la catolicidad de la Iglesia. Universalidad que, siempre, se vive desde una catolicidad situada (iglesia local, movimiento). Si no, la comunión de los santos muta en afirmación abstracta, ideológica, que no transforma la vida.

Los que hemos sido mirados por Cristo en el estilo de vida de los Cruzados de Santa María nos sabemos con-vocados a morar consagración laical, sacerdocio o matrimonio en ese modo propio de vivir que configura nuestra eclesialidad situada, indispensable para hacer nuestra la universalidad de la Iglesia.

Es ineludible amar nuestro estilo de vida porque no se puede vivirlo sin amarlo. Tampoco amarlo sin conocerlo. Vida-conocimiento-amor. Unidad de tres que no se debe separar y en la que no caben enfrentamientos ni prioridades más que a costa de renunciar a él.

Es, por tanto, necesario dar razón de nuestro estilo de vida. En primer término, a nosotros mismos y, como no, a aquellos que no conocen el tesoro que hemos recibido y que no debemos guardarnos avaramente. El amor siempre es difusivo.

Son ocho las notas que configuran nuestro estilo de vida. Paso a presentarlas…

Santidad laical

Llamados como el de Gerasa (Mc 5,19-20) a ser santos en medio del mundo. A asumir la vocación de Adán-Eva a fin de llevar a plenitud la creación y la historia introduciendo en ellas los valores del Reino —las bienaventuranzas— con nuestra vida y generando otro modo de vivir que cotidianamente depositar en el altar eucarístico a fin de que el mundo sea transformado en Cristo.

Es la llamada a la consagración del mundo (caridad política) la que nos anima. Arde en nosotros el deseo de que cada hombre y cada mujer conozca el amor de Cristo y se sume a la tarea. Nos urge su amor que nos llama a construir una cultura —una vida— que ilumine la vida de todos. Una forma de vivir, de amar, de entregarnos. De vivir la consagración laical, el matrimonio, la relación paterno y materno filial, la familia, la amistad, las relaciones sociales, la economía, la política…

Llamada a vivir con una espiritualidad propia —laical— que, sin sacarnos del mundo, nos introduzca cada vez más en él a fin de que sea incorporado a Cristo como carne de su carne y sangre de su sangre. Y todo ello desde el amor, sin banalizarlo, porque llamamos a muchas cosas amor, pero aquello que no está enraizado en el Amor —Dios—, ¿es algo más que una sombra?

Vida de Nazaret

La consagración del mundo solo es posible si está enraizada en la vida cotidiana. Una vida configurada por los valores evangélicos —los del mundo querido por Dios— y no por los mundanos. Esa que intenta vivir conforme a ellos en todo momento, sin ocaso, constatando su propia incapacidad y su miseria, pero nunca rindiéndose.

Vida nunca solitaria, individualista, sino fundada en la comunión. En la primera que es la del hogar. Ahí, en la presencia del rostro más próximo, es donde la comunión primera crea vida cotidiana compareciendo Cristo Vida (Mt 18,20).

Ahí, en lo cotidiano, en el pequeño gesto que nadie ve es donde el amor de Cristo se vive como donación. Ahí donde no se reclaman los derechos porque prima la entrega: el entregar el don de Cristo, su amor, inmerecidamente recibido. Ahí es donde somos don del Don.

Eso es Nazaret. Vida oculta y escondida, cotidiana que, en medio de las miserias que no pueden ocultarse —en Nazaret nuestras miserias son públicas y notorias—, manifiesta el blanco testimonio de lo cotidiano ya que, en su aparente gris, va irradiando esa luz blanca que no nos pertenece. Eso es Nazaret, la ciudad blanca. El hogar donde se alumbra la caridad política, el amor en la ciudad, en la polis, en el mundo.

Alma-alma

La vida es difusiva, procrea en el amor. Desde la proximidad de la comunión con el tú íntimamente cercano —projimidad— sale a ampliar el abrazo buscando la transformación del lejano en cercano, en íntimamente cercano. Busca que ya no sea él sino . Y es que el lenguaje de Cristo, el amor, solo es posible en el cara a cara, en la mutua presencia.

El que vive en Nazaret deviene apóstol. El tú al que me encaro no es objeto de conquista —consideración de quien quiere persuadir de su ideología— sino sujeto de amor. El apóstol busca la cercanía del otro incorporándole a su vida y proponiéndole una nueva forma de vivir, a lo Cristo. Y es que la vida solo se transmite en projimidad, en la distancia absoluta del reconocimiento de un rostro único, de un nombre único, que funda la corta distancia en la que es posible el amor: .

Así Nazaret avanza. Es hogar que, en alma-alma, genera familia (casa) y supera lo mundano constituyendo mundo.

Vida de Nazaret en profesión que genera cultura

Constituimos mundo ampliando Nazaret siendo nuestra profesión uno de los lugares más importantes de ello.

Es allí donde profesamos, donde hemos sido situados como apóstoles (enviados) a enseñar —mostrar— la vida de Cristo que florece en la nuestra. De ahí que nuestra profesión —con independencia de que nos guste o no— sea el lugar, durante bastantes horas al día, del ejercicio de nuestra vocación.

Llamada a constituir mundo. A hacer crecer Nazaret desde su raíz, el Amor. Y ello en la ejemplaridad alegre en el cumplimiento del deber. A saber, en el esmero del trabajo transformador que cura y cuida la creación buscando llevarla a plenitud curando y cuidando al próximo al establecer con él otro tipo de relación que va más allá de la mera y necesaria compensación económica. Y es que no trabajamos para vivir ni vivimos para trabajar. Trabajamos para constituir ese mundo que Cristo ha de asumir transformándolo en su Reino. Un reino en el que todos, si nos dejamos, cabemos. Somos llamados a un nuevo estilo de trabajo, de profesión, donde la competitividad excluyente sea sustituida por la incluyente competencia, la productividad por el servicio a los hombres de nuestro tiempo, el bienestar por el bien ser, la buena vida por la vida buena… Un trabajo donde el sea el centro y juntos labremos la tierra a fin de que los valores del Reino puedan prender, donde el otro siempre sea llamado por su nombre, no por su oficio y Cristo habite fundando comunión. Una profesión que genere cultura, vida.

Contemplativos en la acción

Vida de Nazaret enraizada en Cristo. Llamados a ser contemplativos en la acción, savia carmelitana en tronco ignaciano.

Un contemplativo es un enamorado de Cristo, de su carne y de su sangre. De su divinidad en y desde su humanidad. A lo Teresa de Jesús e Ignacio de Loyola, adalides del estilo de vida al que hemos sido convocados. Insertados en Cristo en ese diálogo de amor que es la oración. Cotidiana, sencilla, discreta y fiel. Diálogo orante que nos enseña a discernir la vida en atento examen y a afrontarla en continua contemplación para alcanzar amor viviendo siempre de, y desde, los Ejercicios Espirituales de S. Ignacio.

Diálogo que discierne y contempla en la acción, en medio de nuestro cotidiano Nazaret —de sus exigencias y dificultades—, y que guía nuestra acción según el magis ignaciano: ¡Más, más y más! Grito ilusionado que, en su infinita profundidad, resuena: ¡Más Cristo, más santo Espíritu, más Padre! Entusiasmo trinitario que pide siempre más mundo. Y es que el contemplativo en la acción es un enamorado de Cristo. Son las cosas del Amor que nos llama a ser santos encarnando a Cristo en el mundo, constituyendo mundo. Nueva encarnación.

Santidad educadora

El amor lo pide todo sin exigir nada. Quien se sabe amado y responde al amante quiere lo mejor para quien le ama. Y, para ello, busca darle lo mejor de sí: todo. Ha de llevar a plenitud su yo no para superarse por superarse con la finalidad de llegar a ser la mejor versión de sí mismo sino porque el amor, sin exigir nada, pide la plenitud de mi yo, pues me quiere a mí no solo en lo que soy sino en lo que debo ser.

Así, he de empeñarme en la labor educadora, la mía fundamentalmente, y aprender también a acompañar a otros en su autoeducación —ser educador—.

Labor educadora que se centra en torno a tres dimensiones. Educación de los afectos, responsabilidad. Educación de la razón, reflexión. Educación de la voluntad, constancia.

Cultivo de lo humano, de la naturaleza personal, evitando el convertirse en un mero líder humano que podría degenerar en divo y apuntando siempre al fin del amor: ser santo.

Santidad realista del subir-bajando

La búsqueda de la santidad, la vida que funda el amor, requiere el cultivo de mi naturaleza, pero reconociendo que este no basta. La experiencia nos lo pone delante.

Quien se convierte en divo asume esa posición del voluntarista al que le sobra Dios porque él es dios para sí mismo. Andar por ese camino es transitar la vida del desequilibrio personal, de la propia destrucción y de la de aquellos de los que soy responsable.

Si se rechaza el voluntarismo caminando en el amor, el único sentido del cuidado de la propia naturaleza, uno es consciente de que nunca es suficientemente bueno. ¡Queda tanto por hacer!

Además, constata sus miserias. El hombre viejo con sus defectos recurrentes y dominantes reaparece por doquier y da la impresión de que lo hecho se derrumba.

Puede aquí aparecer la desesperanza y renunciar a la vocación al amor, a la santidad. Pero también, esta es la clave, se puede empezar a comprender que la labor es abonar la tierra, la propia naturaleza, para acoger el Amor que es gratis, gracia, y no se consigue a fuerza de trabajo.

Eso es lo que Dios quiere hacernos entender indicándonos que la miseria nos hace descubrir que el amor es don, servicio, donación y que requiere abajarse, manos vacías.

Cambia así la visión de Dios. Dios es Amor. Y solo puede amar el que se entrega incondicionalmente vaciándose de sí. Dios no está arriba, sino abajo. El Altísimo se devela como el Bajísimo. Entrañas de padre-madre (hesed-rahamin).

Entonces aspiramos a una santidad posible, realista, la que de la miseria hace oportunidad para dejarse acoger por el que es Don siendo transformado en don para todo otro; para dejarse vivir por Cristo sabiendo que la única forma de amarle es ser acogido en su amor.

Santidad del subir-bajando porque Dios no es el de arriba sino el de abajo, el Dios Amor.

María

Y, en medio de todo, la Virgen, madre del Dios humanado y esposa de José. Ella es modelo, tipo, de este modo de ser vividos por Cristo. Solo podemos ser santos por ella. Y siempre con José. Sin María —y José— nuestro estilo de vida sería irrealizable. Es ella la que hace real Nazaret, la que nos enseña que nuestra cuerda locura (manía) debe ser Cristo. Ese Cristo al que llegamos de forma realista en medio del mundo, en los avatares de lo mundano y dando traspiés.

Nuestro camino

Ocho notas que nos definen a los con-vocados en el estilo de vida legado por nuestros cofundadores: el P. Tomás Morales y Abelardo de Armas.

Con-vocados para vivir así a fin de ser testigos y transmisores (apóstoles) de Nazaret en las entrañas del mundo llamando a los laicos a ser santos ya que una Iglesia de solo sacerdotes y consagrados no está completa. El cuerpo de Cristo no debe ser cuerpo mutilado.

Nuestro estilo de vida es llamada de Cristo que con-voca. No solo a los que debemos integrar sus notas configurando nuestro peculiar modo de ser vividos por Cristo sino también a todos, en especial a los laicos, a fin de recordarnos que no hay quien no sea vocado a que el amor de Cristo lo habite.

Estilo de vida eclesialmente situado que llama a la universalidad eclesial. Vivámoslo con desbordante alegría y hablemos de él todos y a todos. Es nuestro camino para amar al Amor. Ni mejor ni peor, el nuestro. Profundicemos en él, desarrollemos y concretemos sus distintos matices haciéndolo crecer, florecer y fructificar. Optemos por él, con fidelidad siempre nueva, dando gracias por el don recibido. Hemos sido vocados.

Más que vocados: ¡Con-vocados!

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