¡Hola, soy Anuncia!

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Portada Estar 291 abril 2015
Portada Estar 291

Se nos ha
ido al cielo la hermana Anunciación, OCD. Su nombre de pila era Rosa Álvarez y
en religión tomó el nombre de hermana Anunciación, Anuncia para la comunidad de
carmelitas descalzas donde vivía.

Iba a cumplir el
15 de febrero, los cincuenta años de profesión religiosa; el 7 de enero Dios la
llamó para celebrarlo definitivamente en el cielo.
Hemos querido
dedicar un espacio especial a la hermana Anunciación en este número de Estar
porque ella encarnó como pocos lo de “savia carmelitana” que el P. Morales puso
como cimiento de los Cruzados.
La Cruzada de
Santa María, tronco ignaciano y savia carmelitana, siempre ha tenido —y tiene—
un permanente contacto con las almas contemplativas, todas, pero por alguna
razón histórica, hay comunidades contemplativas (femeninas y masculinas) con
una identificación especial.
Se puede definir a
las almas contemplativas como esos seres privilegiados que pudieron escoger una
vida “normal” de trabajo, fiestas, deportes, diversiones, ruidos, vanidades…,
vestir ropas de marca y competir con las vecinas para aparentar; alcanzar fama
y pasar a la historia con un renombre. Pudieron haber decidido crear una
familia y disfrutar del abrazo de un hijo, crear un calor de hogar con un
cómodo sofá y cálida calefacción.
Pudieron
escogerlo, pero en vez de eso eligieron retirarse a un convento para vivir en
silencio, sin ruido ni vanidades.
Ellos, los
contemplativos, pudieron escoger y escogieron lo mejor; porque la sencillez y
el silencio son la atmósfera que el amor necesita para que el alma brille.
Cuando Abelardo y
la hermana Anunciación se conocieron comenzó una amistad que fue creciendo con
el paso del tiempo hasta tal punto que Anuncia, así la llamaban sus íntimos,
vivía para el Carmelo y la Cruzada. Sus dos grandes amores espirituales.
Nos consta el gran
número de horas de oración y la mucha mortificación que la hermana Anunciación
ofrecía por las intenciones de nuestra institución. Sufrió como pocos el
momento duro que nos tocó vivir cuando el intento de división. Rezaba y se
mortificaba para alcanzar la unidad. No lo entendía, sufría, oraba, callaba y
confiaba. Y al final, cuando se hizo la luz, sonreía: “La Virgen no me podía
fallar”.
Los que la
trataron por teléfono tienen grabada en la memoria aquella voz argentina, casi
infantil, diáfana, optimista y acogedora con la que contestaba a las llamadas
telefónicas:

Ave María
purísima. Hola, soy Anuncia. ¿Dígame?