Hermana Anunciación, ruega por nosotros

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Por Abilio de Gregorio
Hace unas semanas que el director de Estar me llamó para comunicarme la muerte en el
convento de Cabrerizos (Salamanca) de la anciana carmelita Hna. Anunciación.
Desde la precariedad de mi propia salud en ese momento, el primer sentimiento
fue de contrariedad al parecerme que se me sustraía a alguien que, desde no
hace mucho, yo percibía que estaba ahí como reserva de oración para mis
apreturas vitales y espirituales.
El primer encuentro con ella lo hice conducido por el siempre
solícito Juan Luis Benito. Acudí a su convento para que me hablase de Abelardo,
a quien había conocido cuando ella contemplaba en el “palomarcito” de
Villagarcía de Campos, lugar donde Abelardo reparaba fuerzas, acendraba amores
santos y brindaba confidencias a sus muchachos en la casa de los padres
jesuitas al finalizar las campañas de verano. Y me habló de lo mucho que
admiraba a Abelardo y de lo mucho que quería a los cruzados de Santa María.
Su trabajo le habían dado a lo largo de los años en horas de
sagrario, unas veces para clarificar una vocación a la Cruzada; otras, para
salvar una vocación en zozobra; en ocasiones, para apaciguar un conflicto; en
ocasiones, para lograr una empresa institucional o privada; siempre para que
sus cruzados tuvieran el coraje del fiat. Me parecía una de esas “almas
pequeñitas” con las que Abelardo soñaba que se configurase la Cruzada. Porque
en Hna. Anunciación todo era así, sencillo y pequeñito: en su lenguaje no había
graves conceptos, sino sencillas narraciones; se advertían hondas resonancias
espirituales en sus ingenuas alusiones a la vida interior.
No creo excesivo afirmar que, de esa manera callada y oculta,
Hna. Anunciación forma parte de la historia “en escondido” de los Cruzados de
Santa María. Ella, por ejemplo, fue testigo de los muchos y callados
sufrimientos de Abelardo, de esos que, quizás nadie nota, pero que se empozan
en lo más profundo y sólo afloran en la más callada confidencia. Abelardo es un santo —me decía— y por eso al diablo le estorbaba y ha buscado mil
maneras para apartarlo. Y ella, según su testimonio, se hacía cargo y
acompañaba como ella sabía en la carga del dolor al bueno de Abelardo con
finura de alma contemplativa.
Volví a visitarla acompañado por Antonio Rojas para confiar a
sus oraciones algún propósito que nos traíamos entre manos. La acogida fue tan
cálida y entusiasta que me atreví a aprovecharme y encomendarle encarecidamente
un asunto familiar de importancia para mí.
Cuando, publicado el pequeño trabajo sobre Abelardo, acudí de
nuevo al convento de Cabrerizos para entregarle un ejemplar, su primera
intervención tras el saludo fue preguntarme por la persona encomendada
llamándola por su nombre, con la solicitud y el afectivo interés de quien
parecía haberla convertido en alguien de su entorno cotidiano. Nunca me duermo —me decía— sin haber rogado al Señor por ella.
Por eso, al recibir la noticia de su muerte, no puedo evitar
la sensación de que se me desprende un asidero donde tenía previsto apoyarme.

Hermana Anunciación, ruega por nosotros.