Iluminar sin cegar

19
Por Abilio de Gregorio
Ilustración José Miguel de la Peña

Como quiera que la savia de los medios
de comunicación es la actualidad, el director de Estar nos recuerda a los
colaboradores que la LXVIII sesión de las Naciones Unidas declaró al año 2015
Año Internacional de la Luz. La resolución, lógicamente, hace referencia a
objetivos grandilocuentes de cooperación internacional, fomento del desarrollo
sostenible y del desarrollo científico y un largo etcétera de intenciones-pose
para el almanaque.

Pero un educador no puede olvidar
que nuestras actuales coordenadas culturales proceden en gran medida no de un
año, sino de un siglo denominado de las Luces. Sin esas Luces seríamos algo
distinto de lo que somos. Es cierto que a su claridad y calor germinó el
moderno saber (sapere aude), el progreso
científico, el nuevo ordenamiento social, la modernidad.
Las Luces, por otra parte,
establecen una nueva perspectiva para mirar la realidad: sólo lo que cabe en la
ilustrada razón humana y más tarde en la ciencia positiva es real. La realidad
queda simplificada a través de la certeza racional o de la verificabilidad
científica. A partir de ese momento se comienza un proceso de sustitución de la
religión entendida como relación o religación con lo divino por la relación con
el conocimiento. No hay más poder que el poder del conocimiento y en él está la
salvación.
La fe en la razón disponible del
hombre y en la ciencia instaura un nuevo tiempo de antropocentrismo egotrópico
que destierra toda trascendencia. Se abre así un tiempo de “desfundamentación”,
como dirá Zubiri y queda el pensamiento atrapado en la inmanencia que, más
pronto que tarde, le conducirá al nihilismo.
La historia de la modernidad,
iniciada con las Luces de la Ilustración, es la historia del deslumbramiento
del árbol de la ciencia anunciado en las primeras páginas del Génesis; del
alucinamiento producido por el poder de la razón por el que el hombre moderno
queda cautivado (más bien cautivo) en la oscuridad de un autocentrismo sin
salida.
Quizás todo empezó con la
sustitución del saber como contemplación de la verdad, en versión de Platón,
por la atrevida proposición de F. Bacon de que “el saber es poder”. Se inicia
así un tiempo en el que la razón aparta con desprecio a la religión como a una
menor de edad en el mundo del conocimiento, mientras, por otra parte, no faltan
antiilustrados apologetas de la fe que se alejen con medrosa desconfianza de la
razón y de la ciencia.
Sin embargo convendría recordar
aquel aforismo atribuido a Einstein: La ciencia
sin la religión está coja; la religión sin la ciencia está ciega. San
Juan Pablo II escribía: La ciencia puede liberar a
la religión de error y superstición; la religión puede purificar la ciencia de
idolatría y falsos absolutos. En el fondo es la advertencia de Habermas
en diálogo con el entonces cardenal Ratzinger: fe
y razón deben vigilarse mutuamente para evitar las patologías que pueden surgir
en cada una de ellas si caminan incomunicadas.
Si el siglo de las Luces, pues, echó
de casa a la revelación y a la fe para que ocupara su puesto la razón y la ciencia,
dando lugar a la intrascendencia del mundo, la labor propia de los educadores
cristianos comprometidos con el mundo consistiría en enseñar a sus educandos a
reconducir la actividad de la razón al seno de una antropología integral,
abierta a una trascendencia que se realiza en la fe.
En un
alarde de “aggiornamento” oía hace poco a un locuaz clérigo que actualmente la
teología tiene que aprender a leer la revelación bíblica a la luz de los
resultados de las ciencias contemporáneas. Seguramente tenía razón, pero al
hilo de su proposición me permito afirmar que es tan perentorio o más para un
docente cristiano leer y enseñar a leer a sus discípulos las ciencias
contemporáneas a la luz de la revelación bíblica. Sin complejos. Al fin y al
cabo, como nos ha enseñado Benedicto XVI, conocimiento es todo cuanto el ser
humano alcanza por medio de su capacidad racional y, por consiguiente, también
es conocimiento el conjunto de informaciones que derivan de una fuente digna de
confianza. Y el Dios que se revela lo es.
Ilustración José Miguel de la Peña

Pero se me ocurre pensar que quizás
el campo de intersección, el espacio de validación de la fe y la razón, de la
revelación y la ciencia sea la experiencia humana. Ahí adquiere valor de
evidencia la categórica afirmación de Jesús: Yo
soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que
tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12).

Sólo desde esa experiencia humana se
puede asumir la indicación del Señor que hoy nos estremece al mirarnos con
tanta flojera, tibieza y debilidad: Vosotros sois
la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no
sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

Vosotros sois la luz del mundo.
No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se
enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero,
para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz
delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a
vuestro Padre que está en los cielos
(Mt 5,
13-16).