Ítaca, siempre a Ítaca (demografía y familia)

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Foto: Angie Mendoza
Foto: Angie Mendoza

Por José Javier Ruiz Serradilla

Lo esperado de un artículo titulado Demografía y familia dentro de una revista católica sería que comenzara con una lamentación. Comenzar así sería atentar contra la esencia misma del mensaje cristiano que decimos profesar. Jesús, el Cristo, no entendía de lamentaciones sino de esperanza y aun cuando se lamentara (v. gr. Mt 11,21) fue siempre dentro de la confianza expectante (Mt 6,25-34).

Rompamos pues con tópicos y vayamos al asunto.

Dejemos hablar a los datos

El número de nacimientos en España en 2018 fue de 393.181 (7,86 nacimientos por cada mil habitantes) continuando con el descenso de natalidad comenzado en 1975 y que solo tuvo breves repuntes entre 2005-2010. Hoy, casi 45 años después, nacen en España aproximadamente un 50% menos de niños que entonces. Así, el número de hijos por mujer se sitúa en 1,25, muy lejos del necesario para que haya un equilibrado reemplazo generacional (2,1 hijos/mujer). La revolucionaria y laicista Francia anda más cerca con 1,87 hijos/mujer.

La edad media de maternidad se sitúa en España en 32,19 años y, si preguntamos a las mujeres españolas de entre 30 y 34 años los motivos por los que no tienen hijos, sobresalen tres fundamentales: el no tener pareja estable, el problema laboral o de conciliación y las razones económicas. Sin embargo, al 74% de las mujeres les gustaría tener entre 2 y 3 hijos.

El 97,5% de los jóvenes estiman que la familia es lo más valioso pero le sigue muy de cerca el trabajo-seguridad económica con un 95,6%.

¿Qué leer de los datos?

Lo primero que podemos ver es que no hay correlación entre las expectativas y la realidad. Siendo la maternidad valorada por las mujeres jóvenes, sin embargo, la realidad no se ajusta a las expectativas.

Quizás una de las razones sea que la carrera profesional —y el nivel económico— es, de hecho, lo primero. Es lo primero a lo que se accede y lo primero que hay que solucionar si se quiere fundar una familia. Si atendemos a que la mentalidad social —y educativa— dominante considera que lo más importante es la excelencia —el éxito profesional— tanto en hombres como en mujeres, podemos encontrar algo de sentido a lo que sucede. Si a ello le añadimos que, mayoritariamente, la lucha a favor del reconocimiento de la valía de la mujer se dirige casi con exclusividad a su inclusión e igualdad de derechos en el mundo laboral, encontramos que, aunque las mujeres valoren individualmente la maternidad, se encuentran con la losa de una sociedad que la presenta como excluyente o de difícil conciliación. Y si bien es verdad que se han iniciado políticas de conciliación, todavía son tímidas e insuficientes —porque se formulan desde un modelo social ultraliberal— y sigue pesando la losa —fundamentalmente extendida por la izquierda y la derecha liberal— de que la familia es una traba para el desarrollo personal. Amén de la visión de la mayoría de los empresarios que suelen unir el éxito profesional a la dedicación exclusiva a la empresa. Así, tener hijos es para la mujer, aunque lo desee profundamente, un grave peligro para su carrera profesional.

¿Qué hacer?

Es un hecho que nuestro país se muere. Se empiezan a oír voces de preocupación. Pero las soluciones, además de no ser a corto plazo, no pueden reducirse a políticas que fomenten la fecundidad, la conciliación y las ayudas familiares. De ser solamente así estaríamos diseñando una sociedad en la que solo fomentaríamos la supervivencia de la misma por los beneficios sociales que podamos obtener a cambio. Es decir, la razón fundamental para solucionar el problema demográfico no puede ser el mantenimiento del estado de bienestar.

Hace falta un cambio de valores. Es necesario un diálogo serio a nivel social que aborde cuáles son los valores fundamentales e intente fundamentarlos racionalmente. Eso que ahora mismo no es planteable, es absolutamente imprescindible. Pero el cambio no puede hacerse convirtiendo los valores en una pura abstracción ni en una difusión desencarnada de los mismos. El auténtico cambio de valores es lento porque es personal. No podrá darse a menos que haya testigos que los encarnen. Es decir, matrimonios que se funden en el amor y la entrega mutua y que presenten otra visión del matrimonio que vaya más allá de los papeles. Familias que consideren que los hijos son un regalo, aunque den problemas, y que merece la pena entregarles la vida. Familias que eduquen a sus hijos no para ser solamente, ni fundamentalmente, grandes profesionales, sino que les enseñen la grandeza del amor, de la entrega incondicional al otro y que la sociedad hay que construirla no en el afuera sino desde dentro.

Es decir, tenemos que romper con este modelo social que nos fagocita y alumbrar uno nuevo en que mujer y hombre vayan de la mano y no enfrentados. Un nuevo mundo que se geste desde dentro, desde el cuidado por el otro, desde el hogar. El hogar es el lugar del encuentro, de la relación, del amor. Desde ahí hay que construir una sociedad habitable, amigable, hospitalaria.

Para ello, es obligación de la mujer estar en la vida profesional pero no imitando el modelo imperante construido por una vida profesional casi exclusivamente masculina. Es necesario que el nuevo modelo profesional y laboral se construya entre los dos. La mujer debe feminizar el mundo del trabajo para que, junto con el hombre, adquiera rostro humano.

El hombre debe estar en su casa. Tiene que romper con ese estereotipo que le ha hecho pensar que su lugar es estar fuera de casa. ¡No! Su lugar fundamental es estar en casa. La cuestión no reside en el reparto de tareas. No seamos frívolos. El hombre tiene que aportar su presencia y su esencia a la casa, debe dar a esta lo mejor de sí y, desde ahí, el rostro humano de la familia será más pleno.

Los dos en casa y los dos en la vida profesional. Siempre juntos. Aportando cada uno lo que le es propio porque el fundamento de la sociedad está en que huela a pan y a hogar. Y solo se puede hacer, si volvemos a casa y hacemos de ella nuestro centro, nuestra común esencia, de una forma novedosa, profunda y seria que rompa con todos los tópicos establecidos. El hogar, no es la vuelta al pasado sino la oportunidad de futuro, el único futuro posible para una sociedad que agoniza. Para ello debemos ser creativos.

Bien lo sabía Ulises y por ello entendió que Troya solo se gana desde Ítaca. Por ello descubrió que las aventuras fuera de casa solo tenían sentido en Penélope.

Ojalá aprendiésemos de Ulises, también nosotros los católicos, cuál es la dirección correcta: Ítaca, siempre a Ítaca.