IV Edición Sabor y Saber ¿Se puede construir un mundo sin Dios?

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Una iniciativa de la plataforma “Laicos en Marca
Redacción Estar, con la colaboración de Edgar Jiménez
1 de mayo, festividad de San José, el gran artista del
trabajo cotidiano. Un centenar de personas procedentes de diferentes puntos de
España, entre ilusionadas y curiosas y todas expectantes, disfrutaron en Burgos
de la cuarta edición de “Sabor y saber”, una original experiencia de humanismo
cuya hondura puede escaparse a los superficiales, pero llena en realidad de un
profundo sentido humano… y más que humano.
Esta iniciativa, enmarcada en el proyecto “Laicos en marcha”,
que nuestros lectores ya conocen, es la cuarta que se organiza bajo este
epígrafe, “Sabor y saber”; y presenta un coloquio en el que se aborda un tema
concreto de actualidad. En este caso: ¿Se puede construir un mundo sin Dios?…
Se combina una pequeña ponencia de una autoridad en la materia con un coloquio
en el que todos los participantes intervienen con sus ideas, dudas…Todo ello
para un pleno goce del oído, la inteligencia y el corazón. En ocasiones anteriores
se trataron cuestiones geopolíticas, y el calentamiento global, por ejemplo.
Para completar esta experiencia, un espléndido grupo de
cocineros preparan y sirven unos deliciosos platos, siempre con una temática que
ayude a complementar y abordar desde otra perspectiva el tema en cuestión, en
un perfecto despliegue de talento culinario para estimular el gusto, la vista,
el tacto y el olfato. Esta comida es siempre acompañada por un guión de
preguntas o reflexiones que incitan a la conversación y el debate en el grupo
reunido entorno a la mesa.
Tras esto y ante el café, se procede a una puesta en
común de todas las ideas sacadas en claro por cada grupo, y a un contraste de
opiniones entre todos los participantes para terminar de sellar el evento.
LA IMPORTANCIA DE LO COTIDIANO
“Sabor” y “saber” tienen la misma raíz etimológica. La sabiduría
es una forma de acoger la realidad contemplando y gustando, con detenimiento, sin
prisa ni superficialidad. Detrás de un menú exquisitamente preparado -y muy
económico-, afloraban muchísimas horas de trabajo y sacrifico, de esmero y
oración hecha trabajo entre los pucheros… Y también de deliberación, para buscar
un menú que hiciera pensar -aprender, saber-, a la vez que saborear. El
espíritu y el estilo humano de “Laicos en marcha” (cuidar los pequeños detalles,
hacer extraordinariamente las cosas ordinarias, vivir el momento presente con
amor, considerar a personas, cosas y acontecimientos cotidianos con una mirada
de trascendencia…) se hicieron cauce de amistad compartida, evangelio vivido
con sencillez.
La jornada empezó con la sorprendente y gratísima visita a
la Cartuja de Miraflores, magníficamente guiados por Javier y Álvaro, que
ofrecieron a los ojos de los participantes el brillo de su mirada sabia y
sensible, capaz de transmitir un gozo lleno de matices ante la contemplación de
la belleza, concentrada en ese recinto maravilloso, guardado por la vida consagrada
y la perseverante oración de 23 monjes cartujos.
Seguidamente, los salones del Hotel Ciudad de Burgos, generosamente
cedidos por la familia Segura Zariquiegui para la ocasión, se convirtieron en un
auditorio para escuchar a Santiago Arellano, catedrático de literatura y sobre
todo maestro de vida.
Desarrolló la fundamental idea de que el ser humano está llamado
a colaborar con el Creador en el perfeccionamiento de la naturaleza de las
cosas, y de la suya propia. ¿Cómo? Sabiendo mirar en el ser de las cosas
mismas, trabajando y cultivando sus potencialidades según su orden propio, y
convirtiéndolas en espacio habitable y alabanza, en ocasión de servicio y
plenitud humana y –con la gracia de Dios- divina.
¿Se puede alabar a Dios con los cinco sentidos?… No sólo
se puede, ¡se debe!: ¡y con toda la mente, con todo el corazón y con todo el
ser!, con el alma agradecida, bendiciendo el regalo amoroso de la creación,
colaborando con el propio esfuerzo e inteligencia a su perfeccionamiento, ofreciendo
y apreciando el fruto del trabajo bien hecho, celebrando la perfección a la que
pueden llegar las criaturas, y cumpliendo de este modo la primera voluntad del
Creador (Gn. 2, 15).
Cuidar el jardín de este mundo, salido de la mano de un
Dios que es Él mismo Don, es un mandato en el que lo humano y lo divino se hacen
una sola melodía, por desgracia fracturada y tantas veces disonante por efecto del
pecado. Restaurar todas las cosas al sueño primigenio de Dios es una forma de
alabanza. En expresión de Santiago Arellano, “generar espacios de cotidianidad
en los que lo hermoso nos lleve a la contemplación y al respeto de la propia
dignidad de la que somos portadores”. Porque entre los pucheros anda el Señor,
decía Santa Teresa, y desde la vida cotidiana –la cama bien hecha, el huevo
frito elaborado con esmero, el quehacer público de la vida social con sus
afanes a veces tan dramáticos…- ha de elevarse un canto al Creador, convirtiendo
el saber y el oficio en servicio generoso, en caricia humana y divina, en bendición
para los demás.
UN MUNDO NUEVO Y HABITABLE
Así es como se puede construir un mundo con Dios.
Trabajando y dando un sentido profundo, alimentado por la oración agradecida y
la alabanza, a las tareas de cada día, ordinarias y extraordinarias. Ora et
labora. Asumiendo la responsabilidad de humanizar y divinizar este mundo para
llevarlo a su plenitud y ofrecerlo al Creador -redimirlo de la indiferencia, el
desorden y la banalidad triste del pecadopara que se convierta en bendición, en
obra de caridad, en genio transfigurado y en fuente de alegría. Con el sudor de
la propia frente y unidos al sudor del propio Cristo; ya que también Él quiso
redimir este mundo mediante su trabajo humano, desde un humilde taller de carpintero.
Así es como se construye un mundo desde Dios y para Dios -y por eso mismo, a la
verdadera medida del hombre-.
Fue el ‘aperitivo’ luminoso para un menú exquisito, desinteresadamente
preparado por un puñado de cocineros y cocineras -unos profesionales, otros
estudiantes y algún meritorio aficionado-alentados por este mismo espíritu. Estuvieron
-¡toda la noche anterior, durmiendo sólo dos o tres horas, y esa misma mañana!-
trabajando con ahínco entre los fogones, convirtiendo su trabajo en virtud, en
regalo efusivo nacido del corazón, del esfuerzo, del saber, del deseo de
servicio. En obra de arte y en oración. Como las madres, cada día, como cada
hombre o mujer que con sus tareas cotidianas y poniendo en ellas el corazón, hace
la vida más amable, llevadera y gozosa a los suyos… y se santifica.
Los platos fueron elaborados desde una idea y un propósito
que hiciera pensar. Y así se fueron explicando a los comensales al ser presentados.
Durante el postre, Miguel Ángel y Javier Lorca ofrecieron una pieza musical, no
sólo para deleite del oído sino también del corazón. Tras el coloquio final,
con una nueva y luminosa intervención de Santiago Arellano, que recordó a los
presentes y recomendó la bella película El festín de Babette, esperaba el viaje
de vuelta.
UNA CONCLUSIÓN

Una convicción acompañaba a los participantes en esta
Jornada: construir un mundo según el Corazón de Dios y a la medida del ser humano
es una tarea posible, llena de valor y de sentido, cuando cada uno procura dar
lo mejor de sí mismo en sus deberes y quehaceres diarios. Quizás sea una cosa
demasiado olvidada -así nos va, al parecer-, pero hay un “sexto sentido” que
nos hace pensar que es necesaria y realizable. Pero hay que empezar por
“trabajar” el propio corazón… sabiendo que no estamos solos en la tarea: “Mi Padre
siempre está trabajando, y yo también lo estoy” (Jn. 5, 17).