Jesús leía en el libro de la naturaleza

(Ejercicios Espirituales en Yuste, 1962. —Extracto de la meditación sobre Nazaret— y retiro a los Cruzados 20.02.1977)

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Ein Gedi, Israel. foto: Rob Bye
Ein Gedi, Israel. foto: Rob Bye

¿Tú sabes cuál era el descanso predilecto de Jesús en Nazaret? Había un montecito en cuya ladera se recostaba Nazaret. Era el Nevisaín. Más que monte era una montaña importante, que todavía existe. Se eleva a unos 500 metros sobre el nivel medio del Mediterráneo; ofrece uno de los panoramas más bellos de Palestina. Y Jesús remontaría aquella colina para divisar ese panorama tan maravilloso.

En todas direcciones se dilata la vista, descubriendo paisajes incomparables: montes, valles, poblados, ciudades, aldeas. Al este, los montes dominantes del lago de Tiberiades y, cerrando, el lecho del Jordán. Delante de ellos, el Tabor, con su cima en forma de cúpula, solitaria y verdeante. Al sur, el pequeño Hermón, los montes de Gelboé, larga y azulada cadena del Carmelo. Al oeste, las aguas del Mediterráneo con la franja de arena amarillenta que besan sus ondas. Al norte, las montañas altas de Galilea, y más lejos, cerrando el horizonte, el gran Hermón, cuyas nieves perpetuas se pierden en el azul del cielo.

Jesús, en su adolescencia y en su juventud, cuántas veces oraría ante este altar sublime, dirigiendo su mirada hacia el mar, hacia nuestra Europa, pensando en los millares de corazones que un día habrían de adorarle y bendecirle. Jesús leía en el libro de la naturaleza. Toda Galilea se refleja en su Evangelio: su cielo, sus estaciones, sus rebaños, sus villas. En la naturaleza hablaba con el Padre. San Bernardo decía que él, en los bosques y en las montañas, encontró siempre algo nuevo que no había encontrado en los libros sagrados, y es que la naturaleza ¡te habla tan alto de Dios! Mi amado, las montañas, los valles solitarios, nemorosos, las ínsulas extrañas, el murmullo de las aguas de los ríos sonoros.

Jesús, ¡tus palabras son tan bellas! Como todas las del Evangelio. Exhalan aroma de naturaleza, huelen a tierra labrantía, a árbol cuajado de frutos, a cosechas maduras bajo el sol de junio, a aguas oreadas por el viento. Aquí está, Jesús, la sencillez maravillosa de tu Evangelio (…) invitándome a una acción eficaz, a una acción íntegra, completa.