José Celestino Mutis, sacerdote y científico (…sin problema)

81
Jesús Amado Moya
Dulce María Loynaz tiene una encantadora poesía que dice
así:
“Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz y sombra…
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca. Y gris, y verde y rubia,
y morena…
Quiéreme día,
quiéreme noche…
¡Y madrugada en la ventana abierta!…
Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda… O no me quieras!”
Desacertada y fraudulenta la conducta que pretende
ignorar la realidad completa. De un objeto, de una idea o de una persona. Hemos
de aceptarla y mostrarla en todas sus facetas. “Sin recortes”, como nos dice la
citada poeta cubana.
Todo esto pensaba yo al hojear un reciente libro “Kingdom of ants” (Reino de las hormigas)
aun no traducido al castellano. Uno de sus autores, Edward O. Wilson, es un famoso
y prestigioso biólogo estadounidense, muy conocido por sus trabajos en
evolución y sociobiología. Pero también por su propuesta de ateismo científico.
Que le lleva a afirmar que “los mejores científicos rara vez son religiosos”.
Sorprendente afirmación de quien en el citado libro, a lo
largo de un centenar de páginas, va exponiendo toda la obra científica
realizada por el español José Celestino Mutis en Centroamérica a finales del
siglo XVIII. El subtítulo del libro es “José Celestino Mutis y el amanecer de
la Historia Natural en el Nuevo Mundo”. Y si bien es cierto que se trata de una
obra meramente científica, ¿por qué sistemáticamente se ha obviado la faceta
religiosa del personaje biografiado, sacerdote por más señas? “Si me quieres,
quiéreme entera… sin recortes”. Sirva, pues, este pequeño artículo de complemento
al estudio científico que sobre José Celestino Mutis se nos ofrece. Y sirva, sobre
todo, de exponente del posible y necesario diálogo entre ciencia y fe tan
ponderado por la Iglesia y el papado de los últimos decenios.
José Celestino Mutis nació en Cádiz el 6 de abril de
1732. Estudió medicina y cirugía en el vanguardista Colegio de Cirugía de Cádiz
y concluyó su carrera en la Universidad de Sevilla. Con 25 años se traslada a
Madrid como profesor de Anatomía y médico de la Corte. Allí, en contacto
estrecho con los especialistas del Jardín Botánico, surge su creciente interés
por esta rama de las ciencias.
En 1760 llega a Nueva Granada (América) como médico de
cabecera del Virrey D. Pedro Messia. E inicia su brillante labor como
científico. En 1772 (con 40 años de edad) Mutis recibe las órdenes sagradas. Falleció
el 11 de septiembre de 1808.
Si bien queremos resaltar en este artículo la faceta
religiosa de Mutis, debemos al menos hacer mención a algunas de sus dimensiones
científicas. Dirigió una expedición botánica en el territorio de Nueva Granada (actuales
Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela) que se prolongó por 30 años. Sus
informes y muestras de especies vegetales y animales fueron enormemente
apreciados por naturalistas eminentes como Carlos Linneo, padre de la Taxonomía
moderna, (con quien mantuvo una correspondencia que se prolongó durante 16
años, hasta la muerte de Linneo) y con Alexander von Humboldt, padre de la Geografía
Moderna Universal.
Los elogios de Linneo a Mutis no pueden ser más cálidos: “Ojala
que en esta vida me fuera dado verte personalmente, siquiera una vez… Me
atrevería por ello a emprender un viaje a España, a pesar de que me lo impide
la vejez y la muerte que no puede tardar”. Y encabeza una de sus cartas de este
modo: “Al varón amicísimo, suavísimo y candidísimo Dr. D. J. C. Mutis, botánico
sapientísimo y agudísimo”. Baste decir que según alguno de sus biógrafos Linneo
“daba saltos de alegría cuando recibía cajas de plantas de Mutis”.
Precisamente es Linneo quien escribió en el prefacio de su
última edición del “Sistema Natural”: «La creación de la Tierra es la gloria de
Dios, como solo el hombre puede observar en las obras de la Naturaleza. El
estudio de la naturaleza debería revelar el orden divino en toda la creación de
Dios; la tarea del naturalista radica, por tanto, en construir una
«clasificación natural » que mostrase este orden en el Universo». La Clasificación
Natural a la que se refiere Linneo es la que llamamos hoy en día “Clasificación
de Linneo, de plantas, animales y minerales”.
No menores fueron los elogios de Humboldt a Mutis. Ambos
convivieron durante dos meses en Santa Fe de Bogotá, en el año 1801. Tres cosas
impactaron a Humboldt al visitar a Mutis. La primera, encontrarse con que Mutis
fuese un sacerdote. En la protestante Prusia, su país, no era eso lo corriente,
mientras que en España ocurría todo lo contrario: la mayoría de los botánicos eran
sacerdotes o religiosos. La segunda cosa que le impactó: el extenso “taller”
instalado por Mutis; en él trabajaban bajo su dirección unos 15 discípulos entre
botánicos, dibujantes, pintores y ayudantes, dedicados todos ellos al estudio
del conocimiento y clasificación de las plantas. Finalmente, la tercera cosa
que le causó admiración a Humboldt fue la fabulosa biblioteca de Mutis; tenía
unos 8500 libros. De ella escribe Humboldt en su diario: “No hay otra
biblioteca que la supere, con excepción de la de Banks en Londres; al menos en lo
concerniente a historia natural». James Banks era a la sazón Director de la
Royal Society. En su Geografía de las Plantas, se puede leer: «Dedicada con los
sentimientos del más profundo reconocimiento, al ilustre patriarca de los
botánicos, José Celestino Mutis, por Federico Alejandro, Barón de Humboldt».
Por cierto, Humboldt reconoce en uno de sus libros que “ningún
gobierno europeo ha invertido sumas mayores para adelantar el conocimiento de
las plantas que el gobierno español”.
El legado de la Expedición Botánica dirigida por Mutis llegó
a Madrid en 105 cajones que fueron abiertos en presencia del rey, Carlos III a
la sazón, que había propiciado dicha expedición. Su contenido, más de 24.000
ejemplares relacionados con 130 familias botánicas. Todo ello quedó en el Real
jardín Botánico de Madrid, y hasta el día de hoy siguen inéditos contenidos de
los mismos. Entre otros tesoros de su interior, no menos de 6.600 dibujos originales
(de ellos 3.000 láminas coloreadas) que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad.
Brilló Mutis en todos los campos en los que trabajó:
médico, botánico, matemático, astrónomo, metalúrgico, zoólogo… pero asimismo,
hay que reconocerlo, en el campo del sacerdocio ministerial, como médico no
solo de cuerpos sino también de almas. No en vano uno de sus mejores biógrafos llega
a definirle como “Sacerdote de Dios y de la Naturaleza”. Y añade con
entusiasmo: “Contemplando la Naturaleza, elevaba su espíritu al Autor de la
misma, le adoraba y se desprendía enteramente de la tierra para unirse más a Él”.
De herencia le venía a Mutis el espíritu religioso, pues en
su familia por parte materna, su tío, el P. Bosio fue Provincial de la Compañía
de Jesús, y su hermano Francisco, mayor que él, también fue sacerdote jesuita. Y
que su vocación clerical venía de muy atrás lo atestigua él mismo en una carta
que dirigió a su amigo Martínez de Sobral, en la que le dice: «De haber
permanecido en la corte española las tentaciones de las altas y temibles
dignidades a las que me he podido resistir en el Nuevo Reino sin violencia,
hubieran sido un obstáculo para abrazar el estado eclesiástico en España”.
Desde el momento de su ordenación fue un verdadero sacerdote
de Dios y ministro de la naturaleza, divididos todos sus momentos entre la
religión y las ciencias, y siendo un modelo de virtudes en la primera y un
sabio en las segundas.
Aunque son pocas son las alusiones a su ministerio
sacerdotal en los escritos de Mutis, sabemos que Mutis decía misa como capellán
todos los días en el convento de Santa Clara, y era confesor de las monjas en un
convento de Santa Fe. Cumplía religiosamente las leyes eclesiásticas en materia
de ayuno y abstinencia, en cuanto se lo permitía su quebrantada salud.
En su condición de médico, y con licencia especial del Papa
para ejercer la medicina y la cirugía, asistía a los enfermos con los auxilios
de la ciencia y de la religión. Le caracterizaba una cualidad sacerdotal: su desinterés
y la falta de apego por bienes terrenales. Cuando obtenía ingresos los dedicaba
por completo a los menesterosos y –en sus últimos años- a la construcción del
primer Observatorio Astronómico de América, al tener la experiencia de conocer
el primero de ellos, construido en España por su maestro el insigne ingeniero naval
Jorge Juan en 1753 en la Isla de León, (hoy la ciudad de San Fernando) a 14
kilómetros de Cádiz. No podemos extrañarnos de que la muerte le hallara pobre
de bienes materiales, pero rico en obras humanas y, sobre todo, espirituales.
En conclusión, Celestino Mutis demostró con sus propias vivencias
la compatibilidad de las relaciones entre religión y ciencia, y cómo una no
excluye a la otra. Muchos científicos cristianos que Mutis sentó en su misma
mesa de trabajo y a quienes siguió, explicó y dio a conocer en Santa Fe de
Bogotá; y otros con quienes tuvo amistad como Jorge Juan, o se relacionó y
cooperó intercambiando plantas, láminas y dibujos como Carlos Linneo, todos
ellos mostraron sus creencias y su fe, al par de sus obras científicas en
escritos y manifestaciones orales.

Podemos, pues, incluir a Mutis con la culta, amplia y valiente
pléyade de científicos que están en desacuerdo con la idea de que la ciencia
pretenda ser un absoluto para la vida y la concepción humana de la existencia.