El ser humano: persona masculina y persona femenina

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Andrés Jiménez Abad
Uno de los signos del tiempo actual es el convencimiento,
tan altamente extendido como infundado, de que ambos sexos, hombre y mujer,
carecen de un fundamento natural e incluso biológico, de que sus papeles son
absolutamente intercambiables y de que feminidad y masculinidad son
construcciones sociales de una cultura patriarcal y machista -verdadero núcleo
original del capitalismo, en esto Marx se equivocó, dicen- que es necesario
destruir para lograr la verdadera igualdad social, y la satisfacción de los deseos
individuales, de manera que cada cual podría elegir configurarse sexualmente
como desee.
La revolución sexual que se desencadenó abiertamente en
los años 60 del pasado siglo está a punto de alcanzar su punto álgido. La
familia está siendo fuertemente cuestionada y diluida como institución. Se
acusa al cristianismo de haber traicionado históricamente a las mujeres. Se
hace necesario replantear lo que significa ser varón y ser mujer, y preguntarse
por la adecuada comprensión de la relación natural entre ambos: si es una
relación de complementariedad e igual dignidad, o si es una estructura
dialéctica de poder generadora de “roles socialmente construidos”.
Debemos preguntarnos por el lugar de la sexualidad en la
esencia humana. Si se discute que existe una naturaleza humana sexuada, también
está en el aire el orden moral de la sexualidad y el fundamento de las
relaciones sobre las que se sustentan la familia y la convivencia social.
SOMOS, TAMBIÉN, NUESTRO CUERPO
Cuando contemplamos al ser humano, hombre o mujer, lo que
aparece inicialmente ante nuestra mirada es su corporalidad, ciertamente. Pero
la riqueza expresiva que ofrece el cuerpo humano es tal que no podemos
considerarlo como una realidad puramente material o fisiológica. El ser humano
tiene una dimensión esencial física y biológica, pero no se agota en ella. El
cuerpo humano es también expresión de una realidad íntima -el yo, la persona-,
como manifiestan de un modo evidente los ojos, el habla, las manos, e incluso
el cuerpo mismo en su totalidad, como puede apreciarse a través de la danza o
en multitud de gestos.
El ser y el obrar humanos no se reducen a las
expectativas biológicas, a la mera satisfacción de las necesidades orgánicas o
fisiológicas, sino que ambos, ser y obrar, se desbordan mediante la apertura a
la realidad, más allá de la corporalidad, pero también a través de ella,
manifestando así lo específico de su naturaleza racional, de su intimidad
creativa y aportadora de riqueza al mundo circundante, de su capacidad de
comprender el mundo y de disponer de sí mismo por propia determinación, la
libertad. El sujeto de toda esta riqueza vital es el yo, la persona.
Y aunque haya algo en nosotros que rebasa el espacio y el
tiempo -nuestra vida “biográfica” y espiritual-, esta dimensión profunda y
abierta no puede prescindir de una concreción física y biológica, corporal, que
también ofrece una peculiar apertura al mundo en la cual se manifiesta el
espíritu. También somos nuestro cuerpo y éste es parte esencial de nuestra
naturaleza humana. Nuestro cuerpo nos constituye y nos hacer ser lo que somos.
No somos espíritus puros, naturalezas angélicas. Intentar vivir sin contar con
nuestra dimensión físico-biológica es intentar romper la unidad constitutiva
del ser humano. La ruptura con lo biológico no libera de ataduras, antes bien,
conduce a lo patológico.
En nuestra herencia genética recibimos una información
complejísima que condicionará nuestras actitudes, preferencias, emociones, etc.
Muchos de estos aspectos pueden ser considerados en parte como fenómenos
mecánicos, térmicos, eléctricos, etc., y las interacciones que se producen en
este nivel constitutivo influyen indudablemente en los niveles más profundos de
nuestra vida personal: la fatiga, la enfermedad, la presencia de ciertas
sustancias químicas en la sangre, la necesidad fisiológica, etc.
Pero al mismo tiempo, al considerar numerosos gestos,
acciones y dimensiones de nuestro cuerpo, percibimos y comprendemos la
existencia de un ámbito interior -el espiritual, nuestro yo- del que es expresión.
Quizás los ejemplos más claros pueden ser los ya mencionados: el rostro y la
mirada, las manos y el lenguaje articulado, pero pueden añadirse también la
risa y el llanto, el trabajo, el arte o la sexualidad, entre otros. La
sexualidad humana, a este respecto, y a diferencia de la animal, es capaz de
ser expresión de una intimidad y es esta dimensión la que le da su sentido más
profundo.
La naturaleza del ser humano, su modo constitutivo de
ser, implica la estrecha unión de alma y cuerpo; ambos en unidad constituyen la
totalidad singular que es la persona humana, que es al mismo tiempo, bien
hombre o bien mujer. El ser humano personal es en su totalidad de alma y cuerpo
masculino o femenino. La dimensión sexuada es inherente a la naturaleza humana e
inseparable de la persona.
Distinguir entre persona masculina y persona femenina
sugiere que la diferencia entre varón y mujer se encuentra en lo más íntimo del
ser humano, en la persona, hasta llegar a configurar el propio yo; afecta a su
cuerpo y a su alma.
EN REFERENCIA MUTUA
Es todo el ser humano, en todas sus facetas, el que está
modalizado sexualmente: es todo mi yo el que es persona masculina o femenina. Y
esa diferencia -que en lo biológico algunos genetistas calculan en un 3%,
mientras que el resto de nuestro organismo sería del todo similar- se halla en
cada célula de nuestro cuerpo, existen diferencias claras en la estructura y la
conectividad del cerebro de mujer y del cerebro de varón. Pero también en la
individualidad más íntima de la persona, en el yo, que es masculino o femenino.
La sexualidad no existe como entidad en sí misma. Lo que
existe propiamente son las personas sexuadas, personas masculinas y personas femeninas.
Y esto, ¿qué supone?
Significa que el modo masculino y el modo femenino de
existir son complementarios, pero no sólo entre los sexos, sino en el interior
de cada sexo. Esa diferencia forma parte sustantiva de la propia identidad
personal y se ordena no sólo a la generación sino a la complementariedad y la
comunicación íntima de las personas.
Más aún, el conocimiento de la propia identidad sexuada
se produce ante y gracias al otro sexo: El hombre y la mujer son recíprocamente
“espejos” en que cada uno descubre su condición. Hay un elemento de asombro,
condición de todo verdadero conocimiento como afirma Julián Marías, que ayuda a
que el encuentro con el otro modo de ser persona haga descubrir el propio modo
de serlo. Más aún, es la aportación de la otra persona la que ayuda a crecer de
acuerdo con el modo de persona que se es. La atracción que existe entre ambos
sexos radica, aún más que en la pulsión fisiológica, en el misterio
enriquecedor que se intuye en el otro modo de ser, en el diverso modo de
sentir, de percibir, de valorar, de dar y de recibir, de amar y de ser amado.
No hay por lo tanto simetría, sino más bien adecuación
desde una comunidad constitutiva, desde una naturaleza común. La persona humana
es varón o mujer, en referencia recíproca y complementariedad radical. “Ser
varón es estar referido a la mujer, y ser mujer significa estar referida al
varón” afirma Julián Marías. Son como la mano derecha respecto de la mano
izquierda; si no hubiera más que manos izquierdas, no serían izquierdas. La
persona en cuanto varón es para la mujer, y en cuanto mujer es para el varón, y
no sólo en lo relativo a la genitalidad. Esta complementariedad no se refiere a
la genitalidad, sino a la entera condición o modalización sexuada de la persona
humana. Y no abarca solamente el ámbito matrimonial o de pareja, sino que se
extiende a todos los ámbitos de las relaciones humanas en la familia y en la
sociedad.
Ciertas cualidades decisivas en toda persona madura
parecen más peculiares del modo de ser persona masculino y otras del modo de
ser persona femenino. Hay, por ejemplo, un modo masculino de ejercer la
ternura, distinto en la mujer; del mismo modo que hay un modo femenino de
ejercer la firmeza, distinto en el varón. Que exista una cierta inclinación
hacia determinadas disposiciones no significa exclusividad en su adquisición y
ejercicio. El modo de ser masculino parece más capaz de aportar una tendencia a
la exactitud y la racionalización, la técnica, el dominio sobre las cosas, la
capacidad de proyectos a largo plazo. El modo femenino de ser persona muestra
una mayor espontaneidad para el conocimiento de las personas, la delicadeza y
el matiz en el trato, la capacidad de atender a lo concreto, la generosidad, la
intuición en el raciocinio, la tenacidad… Ello no supone un “reparto” de
cualidades, y menos aún una distinción de rango o dignidad, sino una
predisposición a la complementariedad, al respeto y a la ayuda mutua.
No es que existan cualidades masculinas y femeninas, sino
un diferente modo de cultivarlas y de mostrarlas, masculino y femenino, que
induce a la colaboración entre las personas de uno y otro sexo. Escribe Blanca
Castilla: “Masculinidad y feminidad no se distinguen tanto por una distribución
entre ambos de cualidades o virtudes, sino por el modo peculiar que tiene cada
uno de encarnarlas. En efecto, las virtudes son humanas y cada persona ha de
desarrollarlas todas.” Y de ahí que no puede pretenderse que haya trabajos
específicos del varón o de la mujer, pero sí que el papel de uno y otro es
significativo, por ejemplo, en la educación y en la convivencia y, con mayor
motivo, en el rol materno y el paterno, difícilmente intercambiables.
Desde una común naturaleza y desde la misma dignidad,
varón y mujer, los dos modos sexuados de ser persona, aportan matices y
perspectivas diferentes. Ambos se potencian y se necesitan recíprocamente. La
mujer es el complemento del varón como el varón es el complemento de la mujer.
Es como si una misma melodía, escrita a dos voces, resultara armónica y
completa al ser interpretada a dúo: un modo de ser ayuda al otro. “Son como dos
versiones de la misma naturaleza, pues son y hacen lo mismo de modo diverso,
pero de tal manera que resultan complementarios” (B. Castilla), de forma que la
personalidad de cada uno -y la de quienes conviven con ellos en la familia o en
otros ámbitos- se va configurando con las virtudes y actitudes para las que
cada uno está más inclinado, y con las que se ha aprendido por la aportación
del sexo contrario. Una sociedad sin feminidad no sería una sociedad masculina,
sino una sociedad inhumana. Y de hecho probablemente ya lo es en gran medida.
Masculinidad y feminidad no se reducen, así pues, al
plano físico y biológico ni se agotan en la función reproductiva. Abarcan toda
la corporalidad humana y por lo tanto al modo como la intimidad del yo personal
se expresa a través de ella, de acuerdo con su modalidad sexuada constitutiva.
Por este motivo, “no teniendo la masculinidad la
exclusiva de la fortaleza, ni la feminidad la de la ternura, no obstante, se
puede hablar de una fortaleza masculina y femenina (modos propios o diversos de
expresar el mismo bien) o de una ternura masculina o femenina. En suma, podemos
hablar de personalidad masculina y personalidad femenina sin que por ello varón
y mujer sean más o menos persona humana” (Pedro J. Viladrich). La feminidad
realiza lo humano tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y
complementaria, y sólo gracias a la dualidad de lo masculino y de lo femenino,
lo humano se realiza plenamente.
Desde el campo católico sobresale el magisterio de Juan
Pablo II acerca de la dignidad y la misión de la mujer, recogido en varias
cartas y exhortaciones apostólicas, así como sus reflexiones teológicas acerca
del cuerpo humano, vertidas sistemáticamente en sus alocuciones generales desde
1979. Pero también se ha empezado a escuchar la voz de un nuevo feminismo que
reivindica una verdadera comprensión y defensa de lo que es propio de la mujer
como tal. Escribe Janne Haaland Matláry, exministra noruega: “El auténtico
radicalismo de la emancipación femenina consiste en la libertad de ser
realmente una misma, de ser mujer en ‘términos de mujer’. Yo aspiro a que mis
colegas masculinos respeten mi condición de madre. Quiero que me consideren
como la mujer que soy, y no como una persona que aspira a ser como ellos.
Quiero que mis valores femeninos y mis cualidades específicas sean apreciadas y
reconocidas en la vida profesional y en la política al igual que lo son los
valores y cualidades masculinos… Son mis cualidades femeninas las que
precisamente me dan fortaleza, mientras que el imitar las conductas de los
hombres me debilita porque entonces no soy verdaderamente yo misma”.
Puede decirse que la aportación más significativa del
‘neofeminismo’ reside en la demanda y el planteamiento de una antropología que
permita engarzar tanto la igualdad como la diferencia entre hombre y mujer, que
supere lo mismo la subordinación y el igualitarismo, y que permita comprender
qué o quién es realmente la mujer, y qué o quién es realmente el varón. Pero
esto a su vez requiere una comprensión cabal de lo que significa ser persona y
en qué consiste la naturaleza humana, asunto tan mal entendido por la
Modernidad.
LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO
Se ha estado oyendo durante estos últimos años la
expresión “género” y muchos se imaginan que es solo otra manera de
referirse a la división de la humanidad en dos sexos, pero detrás del uso de
esta palabra se esconde una ideología que busca precisamente acabar con la
distinción y referencia mutua del sexo masculino y femenino.
Esta ideología afirma que las diferencias entre el varón
y la mujer no corresponden a una naturaleza fija que haga a unos seres humanos
varones y a otros mujeres. Las obvias diferencias anatómicas serian
irrelevantes e incluso deberían ser suprimidas. Las diferencias de manera de
pensar, obrar y valorarse a sí mismos serían el producto de la cultura -de unas
relaciones de poder- en una época determinada, que asigna a unos y otros
ciertas características que se explican por las conveniencias de las
estructuras sociales.
En concreto, afirman siguiendo a Engels, amigo y
colaborador de Marx, que “todo matrimonio se funda sobre la posición social de
los contrayentes, y sería una prostitución en la que la mujer sólo se
diferencia de la cortesana ordinaria en que no alquila su cuerpo a ratos, como
una asalariada, sino que lo vende de una vez para siempre como una esclava.”
“La mujer se ha convertido en la criada principal. La familia moderna se funda
en la esclavitud doméstica. El hombre es en la familia el burgués; la mujer
representa en ella al proletariado.” (Cita de El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado).
Una sociedad patriarcal -en la que el poder dominante
corresponde al varón- genera relaciones en las que el hombre es el dominador y
la mujer la sometida. La máxima expresión de esta sumisión sería el “rol”
(papel social) o estereotipo de la maternidad, organizada y protegida en el
marco de la familia. Así ha sido hasta ahora, pero si las mujeres se hacen con
“las fuerzas de reproducción” (la expresión es de Sulamithe Firestone),
acabarán con la opresión que hasta ahora han venido padeciendo. Por eso el
objetivo es el “empoderamiento” de “las mujeres”. Ya no se usa la expresión “la
mujer”, en singular, puesto que denotaría la existencia de una esencia o
naturaleza objetiva. Sólo existen los individuos y las relaciones de poder que
generan. No se nace hombre ni mujer. Según la expresión de Simone de Beauvoir,
el hombre y la mujer “se hacen”.
El feminismo de género busca establecer una igualdad
total entre hombre y mujer sin considerar las naturales diferencias entre
ambos, especialmente las diferencias sexuales; más aún, relativizan la noción
de sexo de tal manera que, según ellos, no existirían dos sexos, sino más bien
muchas “orientaciones sexuales”. Se insiste en la “desconstrucción” (destrucción)
de la familia -sobre todo a través de la política, la educación y la
utilización de un nuevo lenguaje-, no sólo porque esclaviza a la mujer, sino
porque condiciona socialmente a los hijos para que acepten la familia, el
matrimonio y la maternidad como algo natural, como dice Nancy Chodorow.
La igualdad feminista radical significa, no simplemente
igualdad bajo la ley y ni siquiera igual satisfacción de derechos y necesidades
básicas de “la mujer”, sino más bien que “las mujeres” -al igual que los hombres-
no tengan que dar a luz. La destrucción de la familia biológica permitirá,
según Alison Jagger, la emergencia de “mujeres y hombres nuevos”.
Las “feministas de género” incluyen como parte
esencial de su agenda la “libre elección” en asuntos de reproducción
y de estilo de vida. Pero “libre elección de reproducción” es la expresión
clave para referirse al aborto a solicitud; mientras que “estilo de
vida” apunta a promover la homosexualidad, el lesbianismo y toda otra
forma de sexualidad fuera del matrimonio. Así, denuncia abiertamente la
escritora Dale Oleary, “la nueva perspectiva de género tiene como objeto
propulsar la agenda homosexual/lesbiana/ bisexual/transexual, y no los
intereses de las mujeres de carne y hueso, normales y corrientes”. Cada cual podría
“construirse sexualmente” como desee. A ello ayudarán el recurso a la cirugía,
los tratamientos hormonales, la reproducción asistida, la ingeniería genética e
incluso, en el futuro, la reproducción totalmente artificial y asexual.
Entonces se hará presente el mundo feliz (Huxley), el paraíso de la ‘verdadera’
igualdad.
LA VERDAD SOBRE EL SER HUMANO Y LA MATERNIDAD
Pero a la luz de las reflexiones que hacíamos al
principio, se advierte que el ser del varón y el de la mujer no son meros roles
sociales, construidos por una cultura y por unas instancias de poder que hoy
las configuran de un modo pero que mañana, tras la deconstrucción de éstas, pueden
adoptar otra determinación.
Es verdad que el varón y la mujer “se hacen”, pero sólo a
partir de lo que en ambos es constitutivo y que marca la referencia de la plena
realización y el perfeccionamiento humano: su naturaleza. La naturaleza humana
lleva en sí un orden de perfeccionamiento que se pone en manos de la libertad
personal y que establece unas exigencias de índole moral, más allá de una u
otra cultura concreta. Así, existe la exigencia moral de tratar siempre a las
personas como personas, y nunca como cosas, e incluso de tratarse a sí mismo o
a sí misma de acuerdo con la dignidad de persona (por ejemplo, yo no estoy
moralmente autorizado a hacer con mi cuerpo lo que quiera). En este plano, aun
cuando una cultura concreta puede condicionar la valoración e interpretación de
los sexos y de lo que es propio de uno y de otro, se pone de manifiesto que
toda cultura tiene más o menos valor en la medida en que hace más o menos
justicia a lo que es propio del ser humano y a su dignidad.
De modo singular, conviene pensar en la maternidad y en
su valor: “He sido siempre una mujer dedicada a una actividad profesional y
consideraba mi trabajo como lo primero de todo, pero sólo cuando llegué a tener
hijos pude darme cuenta de que es en la maternidad donde radica la esencia de
lo femenino en su más profundo sentido. La maternidad no es simplemente una
función auxiliar de la paternidad sino algo diferente. Para alguien como yo,
que nunca pensaba en los niños ni demostraba interés hacia ellos, fue una
especie de revolución existencial” (Janne Haaland Matláry).
Para el feminismo de género, para el materialismo
dialéctico o para el existencialismo sartreano -profesado por Simone de
Beauvoir y sus seguidores-, la maternidad es sólo una función social, un papel,
un rol construido por la sociedad y por los patrones culturales vigentes en una
época o en un sistema de relaciones determinado. Pero cuando una madre concibe,
cría y se entrega al cuidado y la educación de su hijos, emprende una relación
de por vida y sumamente profunda con otro ser humano, su hijo o hija. Esta
relación define a la mujer y está en directa vinculación con su corporalidad y
sus inclinaciones más hondas, le plantea ciertas responsabilidades y afecta
enteramente a su vida –y a la de su hijos y su esposo cuando menos-. No está
representando el rol de madre: es una madre. La maternidad no se agota en el
rol reproductivo.
La cultura y el contexto, las condiciones económicas y la
tradición ciertamente influyen sobre el modo en que la mujer cumple con la
responsabilidad de ser madre y sobre el modo en que la maternidad es
considerada y tratada en la sociedad, pero no crean madres. Y tampoco está de
más advertir que el hombre sólo aprende a ser padre a través de la maternidad
de su mujer.
No hay contraposición real entre naturaleza y cultura,
sino que la cultura es el cultivo de lo específicamente humano. La naturaleza
humana en sentido estricto no es el estado primitivo de la especie, contra el
que una sociedad evolucionada puede alzarse con sus normas arbitrarias, sino el
orden de perfección que corresponde al modo constitutivo de ser del hombre y de
la mujer. Lo natural, en este sentido profundo, es lo mejor de lo que el ser
humano es capaz según su orden de desarrollo propio. Y el desarrollo cabal de
lo humano consiste en convertirse en don, es decir, en amar, en servir al bien
de alguien a quien se ama.
PARA SABER MÁS:
Aparisi, Ángela y
Ballestero, Jesús (eds.)
: Por un feminismo de la complementariedad.
Eunsa, Pamplona, 2002.
Calvo, María: La masculinidad robada. Almuzara, Córdoba, 2011.
Castilla, Blanca: La complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis. Madrid, Rialp,
1993.
Conferencia
Episcopal Peruana
: La Ideología de Género. Sus
peligros y alcances
. En base al informe “La desconstrucción de la mujer”
de Dale O’Leary. Lima. 1998.
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Pontificio para la Familia
: Lexicón. Madrid, Palabra, 2004.
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Janne
: El tiempo de las mujeres. Rialp, Madrid,
2000.
Juan Pablo II: Hombre y mujer los creó. (Ed. preparada por el Instituto Juan Pablo
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López Moratalla,
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: Cerebro de mujer, cerebro de varón.
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Marías, Julián: La mujer y su sombra. Alianza, Madrid, 1986.
Müller, Gerhard
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Scala, Jorge: La ideología de género, o el género como herramienta de poder.
Sekotia, Madrid, 2010.
Stein, Edith: La mujer. Palabra, Madrid, 2000.

Trillo-Figueroa,
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: La ideología de género. Libros libres,
Madrid, 2009.