La Iglesia católica, pionera de la educación

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Carrera en el pasillo de un colegio.
Carrera en el pasillo de un colegio.

La persona humana es el principio, el sujeto y el fin de la vida social. La familia, en la que la persona es acogida y valorada como un ser único e irrepetible, es la primera escuela de crecimiento personal y de sociabilidad a través de los vínculos de afecto y responsabilidad que en ella se establecen.

Pero a partir de un momento dado la introducción de la persona en la realidad supone una complejidad creciente que sobrepasa las posibilidades educativas de la familia; por ello esta recurre a la ayuda de otras instituciones especializadas para prolongar, a través de ellas, esa tarea primordial. Y así, mucho antes de que existiesen los Estados, la historia ofrece ejemplos de personas e instituciones dedicadas sistemáticamente a la transmisión de conocimientos, a la formación de la personalidad y a la orientación ante la vida, prolongando y completando la educación familiar.

En nuestro ámbito cultural e histórico es indiscutible la iniciativa y la creatividad educativa ejercida por la Iglesia católica en dicha colaboración. La Iglesia tiene una dimensión histórica en la que se ve impulsada a ofrecer claves e iniciativas que ayuden a consolidar una visión del ser humano y de la vida en la que se reconoce a la persona humana una dignidad única. La fe cristiana genera cultura y educa. «La fe es falsa, superficial, teórica, si no se traduce en cultura… Es una fe no acogida plenamente, no pensada enteramente, no fielmente vivida» (S. Juan Pablo II).

El cristianismo es una religión que, en efecto, ya desde su aparición ofreció pretensiones e implicaciones culturales, porque es una visión de la vida que abarca todos los aspectos de la existencia humana. La Iglesia recibió de Cristo la misión de ir y enseñar a todos los pueblos, de los que se siente «madre y maestra» (S. Juan XXIII). «El misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (G.S. 22)» y la Iglesia posee, gracias al Evangelio, la verdad sobre el hombre. Esta se encuentra en una antropología que la Iglesia no cesa de profundizar y comunicar. La afirmación primordial de esta antropología es la del hombre como imagen de Dios, irreductible a una simple parcela de la naturaleza, o a un elemento anónimo de la ciudad humana» (S. Juan Pablo II).

Y así, el fin de la educación católica es la promoción de la persona humana empeñándose en promover al hombre integral, consciente de que todos los valores humanos encuentran su plena realización y su unidad en Cristo.

Los griegos aportaron a Occidente una visión filosófico-racional de la realidad natural, del hombre y de la sociedad. Los latinos aportaron su espíritu práctico y su capacidad de organización. Los judíos aportaron la visión de un Dios único y trascendente, y de la historia entendida como un proceso direccional protagonizado a la vez por Dios y por un pueblo. El cristianismo supo fusionar, de forma crítica y coherente en el transcurso de los primeros siglos, todas esas aportaciones haciéndolas girar en torno a una visión propia recibida del Evangelio y definida por tres conceptos fundamentales: la persona, el amor y la libertad.

Sus primeras preocupaciones giran desde los comienzos en torno a la formación en la fe y a la expresión de esta ante el mundo pagano como portadora de la verdad revelada en Cristo, y pronto tendrá que hacer frente a las hostilidades y expectativas de la cultura y los poderes de aquel tiempo.

Primeros compases en la historia

Y así, la Didaché, ya hacia el año 50 o 60, es un sorprendente tratado de educación cristiana temprana y ampliamente divulgado. La escuela cristiana de Alejandría o Didascaleion fundada a finales del siglo II, sirvió, en medio de un helenismo y un gnosticismo hostiles, a la formación de catequistas e intelectuales entre los que destacarán san Clemente de Alejandría y Orígenes. En ella se formarán varios padres de la Iglesia. Clemente (finales s. II) es el promotor del primer modelo de paideia (educación, cultura) cristiana.

San Jerónimo, en el siglo IV, será el autor del primer tratado de educación femenina de la historia, y san Agustín el primer gran tratadista de la educación cristiana, con una profunda insistencia en la importancia de la interioridad del ser humano al que instruye Cristo, el Logos, como maestro interior.

Con la llegada de los bárbaros y la caída del Imperio romano la cultura se viene abajo y la desorganización social acaba con todas las instituciones. Las prioridades de la vida se orientan a la supervivencia: la guerra, el trabajo manual y agrícola. La cultura y las letras dejan de ser importantes. Entonces la Iglesia se mostrará como educadora de los pueblos. Por un lado, procurará conservar y cultivar el saber anterior y por otro intentará salir al paso de las necesidades del presente. En esta tarea tendrán un papel fundamental los monasterios.

Casiodoro, en los albores de la orden benedictina, aportará al ora et labora de la vida monástica fundada por san Benito, la dedicación al estudio y la labor de conservación y difusión de la cultura. Por eso en los monasterios de Occidente la biblioteca y el scriptorium tendrán un lugar central y, gracias a ellos, el legado de la Antigüedad ha llegado a nosotros. Era habitual que anexas a los monasterios hubiera escuelas para niños donde se impartían enseñanzas a los que más tarde iban a dedicarse al monacato, y que se hacían extensivas a los niños pobres. La educación monacal empezaba por la lectura y la escritura, y seguía con la enseñanza del trivium (gramática, retórica y dialéctica) y del quadrivium (aritmética, música, geometría y astronomía), según el programa de Casiodoro.

Carlomagno, en el siglo VIII, impulsará la creación de escuelas catedralicias en las sedes episcopales, que se multiplican a millares por toda la Cristiandad. Unas y otras serán el germen de la aparición, a principios del siglo XIII, de las universidades y estudios generales.

La universidad es un fruto genuino de la fecundidad cultural de la fe cristiana y de la Iglesia. El centro de la reflexión y de la actividad universitaria es la búsqueda y la transmisión de la verdad, siempre bajo el principio de que «la gracia no anula la naturaleza, sino que la supone, la repara y la lleva a su plenitud». Entre 1200 y 1400 se fundan en Europa cincuenta y dos universidades, de las que treinta son de fundación pontificia. Entre 1400 y 1500 se fundan en España veinte universidades. La primera universidad americana, la de Santo Tomás, se funda en Santo Domingo en 1538, y durante el periodo español se crearán en total veinticinco universidades en América, a imagen de las de Salamanca y Alcalá. Cuando en 1636 se funda la Universidad de Harvard en la colonia inglesa de Massachusetts, la primera institución universitaria en Norteamérica, ya existían diez en la América española.

La Modernidad

En los siglos XV y XVI, el Renacimiento, asentado en las premisas de la cultura y la ciencia medieval e hijo de la cristiandad en todo caso, se orienta hacia el ser humano como protagonista y «autor de su propia grandeza» (P. Mirándola), pero resurgen a la vez el individualismo y el pragmatismo (Lutero, Maquiavelo…) y se produce el distanciamiento de las ciencias respecto de la visión teológica del mundo.

A lo largo de esta época se va acentuando la separación entre la moral, propia de la vida privada, por un lado, y la vida pública, ocupada en la economía y la política principalmente. Se afirma que «el saber es poder» (Bacon) y hará al hombre dominador de la naturaleza. La Modernidad consolidará este sesgo tras la ruptura protestante.

En el siglo XVIII la Ilustración proclama la autosuficiencia del hombre culto (germen del positivismo: «la ciencia abrirá las puertas al progreso indefinido»), o la del hombre natural cuya bondad primigenia desaparece al aflorar la propiedad privada y el Estado, que será el nuevo dios en la tierra, el dios de la voluntad general (Rousseau) y la máxima expresión de la razón, para el que los ciudadanos solo son medios (Hegel).

Tras la Ilustración y siguiendo su estela acontece la Revolución francesa y el triunfo del liberalismo, que pondrá la grandeza del hombre en una libertad individual sin límites morales y religiosos, y orientada al triunfo económico. Con el avance de la Modernidad, ese afán individualista de autosuficiencia generará también masas de personas sin recursos ni cultura en torno a las ciudades opulentas, primero durante el relevo entre la aristocracia feudal y la naciente burguesía, después con el desarrollo de la revolución industrial.

Rousseau aboga por un naturalismo pedagógico que acentúa la espontaneidad y el subjetivismo, en el cual se inspirará la «escuela nueva»: Pestalozzi, Froebel, Herbart… En el siglo XIX el laicismo se apodera de la educación politécnica.

Pero frente a esta deriva habían ido surgiendo también, ya en los albores de la Modernidad, notables iniciativas educativas católicas en favor de los más pobres, como las impulsadas por santa Ángela de Mérici (s. XVI), fundadora de las Ursulinas, y san José de Calasanz y sus Escuelas Pías, así como el interés por la «formación de selectos»: en réplica a un luteranismo que buscaba educar a la burguesía europea, los jesuitas en el siglo XVI fundan colegios y universidades en los que se cultivan en armonía la ciencia, la moral y la piedad, se impulsa la adaptación al alumnado y a las culturas, y la actividad como recurso educativo. Y también en el Nuevo Mundo, junto con otras órdenes religiosas, donde el esfuerzo educativo de la corona española fue ingente (es clamoroso el olvido que se ha dispensado a gigantes como fray Pedro de Gante en la historia de la educación).

Existe en la Edad Moderna un «humanismo pedagógico católico» olvidado, heredero de la escolástica medieval, que discurre a la vez que el humanismo secularizado y materialista. San Juan Bautista de La Salle (s. XVII), promotor de la formación de maestros y el socorro de los desfavorecidos mediante la educación, nada tiene que envidiar a pedagogos como Juan Comenius, considerado por muchos como el padre de la pedagogía.

El siglo XIX verá brotar, tras el torbellino revolucionario, una catarata ingente de iniciativas educativas lideradas por hombres y mujeres excepcionales: maristas, marianistas, salesianos, claretianos, menesianos, adoratrices, teresianas, hijas de Jesús, el P. Manjón y las Escuelas del Ave María, etc. San Juan Bosco será espejo de esta vitalidad, con su método preventivo dirigido a un alumnado carente de oportunidades al que busca conducir hacia la auténtica dignidad humana.

La educación no es patrimonio del Estado

Desde el arranque de la Modernidad, surgen del seno de la Iglesia academias científicas y literarias, talleres artísticos, cofradías, escuelas de doctrina, bibliotecas, colegios, instituciones religiosas dedicadas a la enseñanza, oratorios festivos, escuelas profesionales, centros de acogida para niños sin hogar y sin instrucción… Mucho antes de que existiera algo llamado, por ejemplo, «Estado español». El hecho es que hasta bien avanzado el siglo XIX los Estados ofrecían una inoperancia educativa digna de reflexión. Tal vez tenga algo que ver que «solo educa el que ama», y el Estado, lo que se dice amar…, pues más bien poco.

Esta prioridad de naturaleza y de iniciativa histórica pone de manifiesto, sin embargo, que la tarea de las instituciones colaboradoras de las familias en el ámbito educativo —tanto las de iniciativa social como las estatales— es la de garantizar, prolongar y ayudar a la tarea de las familias cuando estas lo requieren. «La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado» (Declaración Universal Derechos Humanos art. 16.3), y por ello «los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos» (Id. art. 26.3). La función del Estado y de las instituciones escolares es meramente subsidiaria, respetando y promoviendo la capacidad de las familias para desarrollar sus propias iniciativas y para ejercer sus responsabilidades específicas.

La Iglesia ha sido pionera al servicio de las familias, colaborando ante todo en la educación de los niños y jóvenes para promover su formación integral según el modelo de Cristo. Sería lamentable que el creciente poder y control de los Estados asfixiara esta labor de servicio, como también que los centros católicos, seducidos por las ideologías y modas del mundo presente, olvidaran su esencia y finalidad.

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