La liturgia es «solidaria»

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Elevación. Foto: Josh Applegate
Elevación. Foto: Josh Applegate

Por Elena Delgado

Término manido, donde los haya, pero sí, la liturgia es solidaria. Por ello no puede hablarse de «liturgia y solidaridad» como si hubiera que unirlos por una obligación moral.

Al fin y al cabo, no hablamos de otra cosa que del misterio de la encarnación, pues Dios mismo dispuso entrar en la historia humana de modo nuevo y definitivo, enviando a su hijo en nuestra carne para arrancarnos del poder de las tinieblas y reconciliarnos con él (cf. AG 3). Cristo se hace solidario con el hombre tomando su misma condición para hacerle partícipe de su naturaleza divina, para, en fin, regenerarlo. Su humanidad fue instrumento de salvación.

Bien sabemos y experimentamos que sigue actuando su salvación en la Iglesia y, más concretamente, en los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica. Y esto es así porque Cristo mismo está presente, sobre todo, en la acción litúrgica: es Cristo quien se entrega, quien habla, quien bautiza, quien intercede ante el Padre. Toda acción litúrgica es obra sagrada por ser obra de Cristo, y por esto, ninguna otra acción de la Iglesia se la puede igualar en eficacia, con el mismo título y en el mismo grado (cf. SC 7).

Esta acción sagrada de la Iglesia, que es la liturgia, ¿es solo un acto con un «sentido vertical», es un acto desencarnado? ¿La participación en las celebraciones litúrgicas nos dejan a los cristianos en una situación egocéntrica o bien puramente intimista con Dios? Si así lo fuera, habrían perdido su naturaleza misma.

La Iglesia toma como propias las alegrías y esperanzas, tristezas y angustias de los hombres de nuestro de tiempo, pues sigue el mandato del Maestro; y por esto, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia (cf. GS 1).

El término solidaridad no pertenece a la matriz cristiana, sino que está tomado de nuestra cultura corriente. A pesar de ello, podemos releerlo, y descubrirlo cargado de categorías cristianas. La Iglesia se manifiesta solidaria en la liturgia por su oración, por su petición, por su acción de gracias, por la penitencia, por la colecta, por la comunión de sus miembros. La Iglesia toma como propias las causas de los hombres de cada tiempo y lugar, a imagen de su Dios Encarnado.

«La liturgia misma impulsa a los fieles a que, saciados “con los sacramentos pascuales”, sean “concordes en la piedad”; (…) la renovación de la alianza del Señor con los hombres en la eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo» (SC 10).

Podemos hablar de celebración en vez de liturgia, para dar mayor concreción al tema que reflexionamos. La celebración es fuente de solidaridad. Para todo discípulo de Cristo su razón de ser y obrar consiste en la conformidad con Cristo y, a través de él y de su Espíritu, por obediencia al Padre, tiende a convertirse en el hombre nuevo. Esta cristificación se da, como nos dice Sacrosanctum concilium, en el contacto con el acontecimiento pascual en los sacramentos, más concretamente en la eucaristía. La liturgia cristiana pone de manifiesto de forma contante el «hoy», «ahora», «aquí» de la salvación. La celebración litúrgica invita continuamente a hacer memoria de tal acontecimiento pascual, no solo como objeto de culto sino también como norma e inspiración de compromiso solidario en la historia actual.

Y ser solidario no es solamente, para el discípulo de Cristo, fruto de una decisión autónoma, ideológica y humana, sino que se trata más bien de la aceptación de la misión encomendada por Dios para participar en su designio salvífico del mundo.

Sí, porque cuando Dios nos pregunta como a Caín «¿Dónde está tu hermano?», no podremos decir que está lejos de nuestros intereses, ni de nuestras preocupaciones, ni de nuestras esperanzas, porque la memoria celebrativa mantiene despierta la conciencia de una tensión que remite directamente a la esperanza teologal: lo que ya se ha cumplido en Cristo autoriza a creer que siempre hay espacio para lo nuevo.

Los nuevos textos litúrgicos

Los nuevos textos litúrgicos reflejan, como pedagogía de la fe que celebramos, la solidaridad con el hombre de hoy.

Podemos observar concretamente el elenco de formularios de misas que encontramos en el Misal Romano, en el capítulo dedicado exclusivamente a las misas y oraciones por diversas necesidades. La Iglesia no está lejos de la historia humana, todo lo contrario. Se hace solidaria a situaciones tan diversas como pueden ser, desde las necesidades de sus propios miembros (misas por el papa, obispos, sacerdotes, por los laicos, por la familia, por una reunión pastoral, entre otras), las necesidades públicas (por la patria, por los gobernantes, por la santificación del trabajo, tanto en tiempo de siembra como para después de la cosecha, por el progreso, por la paz y la justicia, en tiempo de guerras, por los prófugos y los exiliados, en tiempo de hambre, en tiempo de terremoto, para pedir la lluvia, el buen tiempo o para alejar las tempestades), y otras necesidades diversas (por el perdón de los pecados, para pedir la caridad, tanto por los amigos como por los que nos afligen, por los cautivos, encarcelados, enfermos, moribundos, para pedir la gracia de la buena muerte, y por supuesto, para dar gracias a Dios).

La liturgia nos mueve a la oración hecha súplica y a la oración urgida a la caridad. De modo que, ojalá cuando vuelva en su juicio nos diga: «…Venid, vosotros, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25, 34-36).

A modo de apunte

Todos observamos lo vulnerable que es la liturgia de ser instrumentalizada e ideologizada. Y más con temas como el que ahora tratamos, la solidaridad, pues existe el peligro de teñir las celebraciones de nuestras propias ideas o nuestro propio prisma.

Es, por ello, muy importante ser fieles a la Iglesia, y no solo celebrar lo que ella quiere sino como ella quiere celebrarlo. Y para esto nos hace falta a todos, ministros sagrados y fieles, una buena formación litúrgica.

«Abre nuestros ojos para que conozcamos las necesidades de los hermanos; inspíranos las palabras y las obras para confortar a los que están cansados y agobiados; haz que los sirvamos con sinceridad, siguiendo el ejemplo y el mandato de Cristo».

(Misal Romano, plegaria eucarística IV para las misas por diversas circunstancias).