La misión en lo cotidiano

Los misioneros de la puerta de al lado

135
La misión en lo cotidiano. Foto: Frank van Hulst
La misión en lo cotidiano. Foto: Frank van Hulst

La Iglesia es misionera por naturaleza: «Id y proclamad el evangelio» (Mc 16,15); esto quiere decir que desde el momento en el que entramos en la Iglesia por el bautismo, somos misioneros. Todo bautizado es misionero y ha recibido el encargo de parte de Jesús y el Espíritu Santo de ser colaborador en la construcción del reino de Dios, desde ese momento, sin necesidad de esperar condiciones específicamente misioneras.

Está muy extendida la idea de que los misioneros solo son aquellos que están en un territorio de misión a miles de kilómetros de su casa pero entonces, todos los demás que estamos en nuestros países ¿cómo nos llamamos?, ¿qué somos?

Cuando los catequistas, los animadores de grupos juveniles o los que hacen diferentes apostolados en sus pueblos, tratan de dar testimonio de Cristo en la familia, el trabajo o el estudio ¿no están misionando?

Ser misioneros en la vida cotidiana, en medio de la rutina, viviendo con heroísmo los valores del reino sin desanimarnos ni acomodarnos puede ser tan desafiante como vivir la misión en otro continente.

Los bautizados hemos de dar este testimonio, pero también hemos de saber encontrar las palabras apropiadas y los medios adecuados para pronunciar el nombre de Jesús de tal manera que se convierta en luz, en interpelación e incite a tomar una decisión ante el Dios amigo que ha salido —sale continuamente— a nuestro encuentro. Hemos de saber utilizar todos los medios, técnicas y recursos que faciliten, eficazmente, la comunicación veraz de la Buena Nueva.

Nada de ñoñerías, pusilanimidades o encogimientos, sino tener muy presente la observación del papa Francisco (mensaje a las OMP, en el 2020), que no está en contra de la eficiencia y los métodos que pueden hacer nuestra misión fructífera y transparente, pero advierte del peligro de «medir» la misión de la Iglesia usando solo estándares y resultados predeterminados por modelos o escuelas de administración, porque organizaciones eclesiales muy eficientes pueden terminar siendo menos misioneras.

Como dijo el prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, cardenal Luis Antonio Tagle comentando el citado mensaje: «… es necesario poner en práctica lo que el papa pidió: “redescubrir el auténtico espíritu misionero no apoyándose en prácticas que, bajo la apariencia de eficacia y éxito, alejan del corazón de la misión que es el anuncio de la Buena Nueva a todos los pueblos”».

Así es la Iglesia: católica, misionando allende las fronteras y misionando en lo cotidiano, con misioneros universales y misioneros de la puerta de al lado.


Artículo anteriorTeresa de Lisieux: la noche luminosa
Artículo siguienteEl puzle de la educación actual (I)