Teresa de Lisieux: la noche luminosa

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Teresa de Lisieux
Teresa de Lisieux

En las vidas de muchos santos hay un momento clave en que su trayectoria da un giro importante. San Pablo lo tuvo en Damasco; Íñigo de Loyola, en su convalecencia; Teresa de Jesús, aquel día en que, tras casi veinte años de monja, vio la imagen de un Cristo «muy llagado» y «en mirándola me turbó toda».

Un nuevo nacimiento

Teresa Martín, también tuvo el suyo, que ella llama «conversión» (aunque más bien fue como el despertar a una nueva vida) en que, quedó libre de toda dependencia de su psicología frágil y enfermiza, marcada por la tristeza e hipersensibilidad desde la muerte de su madre:

«Debido a mi extremada sensibilidad, era verdaderamente insoportable. Si, por ejemplo, sucedía que hacía sufrir involuntariamente un poquito a un ser querido, en vez de sobreponerme y no llorar, lloraba como una Magdalena […] y cuando comenzaba a consolarme de lo sucedido, lloraba por haber llorado […] y no lograba corregirme de tan feo defecto» (cap. 5)[1].

Sus esfuerzos por gestionar con acierto esta situación fueron inútiles. Ella reconoce que «era necesario que Dios hiciera un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento, y ese milagro lo hizo el día inolvidable de Navidad», de forma sorpresiva, como todo regalo. Lo cuenta ella misma en un texto de belleza insuperable:

«Fue el 25 de diciembre de 1886 cuando recibí la gracia de salir de la niñez; en una palabra, la gracia de mi total conversión. Volvíamos de la Misa de Gallo […]. Cuando llegábamos a los Buissonnets, me encantaba ir a la chimenea a buscar mis zapatos […]. Papá gozaba al ver mi alborozo y al escuchar mis gritos de júbilo a medida que iba sacando las sorpresas de mis zapatos encantados […]. Pero Jesús, que quería hacerme ver que ya era hora de que me liberase de los defectos de la niñez […] permitió que papá, que venía cansado […] sintiese fastidio a la vista de mis zapatos en la chimenea y dijese estas palabras que me traspasaron el corazón: «¡Bueno, menos mal que éste es el último año…!».

Yo estaba subiendo las escaleras, para ir a quitarme el sombrero. Celina, que conocía mi sensibilidad y veía brillar las lágrimas en mis ojos, sintió también ganas de llorar, pues me quería mucho y se hacía cargo de mi pena. «¡No bajes, Teresa! —me dijo—, sufrirías demasiado al mirar así de golpe dentro de los zapatos». Pero Teresa ya no era la misma, ¡Jesús había cambiado su corazón! Reprimiendo las lágrimas, bajé rápidamente la escalera, y conteniendo los latidos del corazón, cogí los zapatos y, poniéndolos delante de papá, fui sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz de una reina.

Papá reía, recobrado ya su buen humor, y Celina creía estar soñando […] Felizmente, era una hermosa realidad: ¡Teresita había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la conservaría ya para siempre…!» (Id.).

¿Qué interpretación hace Teresa de este acontecimiento? Ella es muy nítida al respecto: Fue Jesucristo mismo quien intervino de forma espléndida:

«En esta noche, en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas, y desde aquella noche bendita ya no conocí la derrota en ningún combate, sino que, al contrario, fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, “una carrera de gigante” […]. La obra que yo no había podido realizar en diez años Jesús la consumó en un instante […]. Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…!» (Id.).

De niña a mujer fuerte

¿Qué pasó en Teresa? ¿Cuáles fueron los nuevos cimientos en los que fundamentará su futuro?

La gracia de Navidad supuso el comienzo de una nueva forma de ver y experimentar la vida, el paso de la inmadurez infantil a la madurez adulta. Se observa este giro copernicano en los tres pilares de su personalidad:

1. En el orden de la inteligencia, consiguió el señorío de la razón sobre el sentimiento. «Mi espíritu, liberado ya de los escrúpulos y de su excesiva sensibilidad, comenzó a desarrollarse» (Id.).

2. En el orden de la voluntad, recibió la fortaleza de ánimo para descentrarse de sí misma y salir de su autorreferencialidad, como diría el papa Francisco: «Sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…!». Descubrió que «hay mayor alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35).

3. En cuanto a su afectividad, descubrió que «Jesús había cambiado mi corazón». La niña llorona, que «lloraba por haber llorado», adquirió valentía y firmeza: «me hizo a mí fuerte y valerosa».

«Me hizo fuerte y valerosa…» «Me revistió de sus armas…» «Ya no conocí la derrota…» «Fui de victoria en victoria…». Pero ¿en qué consistieron estas victorias?, ¿en no cometer en adelante más errores o en la impecabilidad? Sabemos por ella misma que no; estando a las puestas de la muerte, sufriendo tentaciones contra la fe y dolores intensísimos, nos da la clave de sus victorias:

«Ser niño es reconocer la propia nada y esperarlo todo de Dios como un niño lo espera todo de su padre. Es no preocuparse por nada […] es no desanimarse por las propias faltas, pues los niños se caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño» (Últimas conversaciones, 6 agosto 1897).

Nos preguntamos: ¿Es posible que Dios pueda intervenir en nuestras vidas en detalles tan humanos como éste? ¿Podemos hacer de nuestras limitaciones humanas ocasiones de crecimiento interior? La respuesta es afirmativa porque sabemos que Dios hecho hombre con todas sus consecuencias es la apuesta total e irreversible de Dios por todo hombre y mujer: «El que sigue a Cristo, hombre perfecto, a sí mismo se hace más hombre» (Gaudium et spes, 41).

Con Teresa lo hizo de manera espléndida, a la vista de la misión que le tenía encomendada, ser educadora, maestra de vida, madre espiritual y, por ello, doctora de la Iglesia[2].


[1] Todas las citas textuales están sacadas de Historia de un alma, obra autobiográfica de Teresa.

[2] La más joven de los 37 doctores de la Iglesia existentes hasta hoy. Proclamada como Doctor amoris por el papa san Juan Pablo II en el año 1997.

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