La movilización del laicado en extensión, profundidad y permanencia

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Cordada de montaña
Subiendo a la cima. Cordada de montaña
(Hora de los laicos, 2ª ed., pp. 189-194).

La movilización del laicado, ese «puente entre la Iglesia y la sociedad», es indispensable para que Cristo-Iglesia cumpla hoy su misión infiltrándose en todas las capas sociales. No podrá realizarse sin bautizados coherentes que viven codo a codo con los demás seglares, y les hacen caer en la cuenta de que menos daño causan a la Iglesia los locos que pretenden destruirla que los bautizados que sólo piensan en su provecho.

La Iglesia cuenta con esta movilización del laicado para cristianizar la sociedad, pues sólo el laico «puede actuar sobre el mundo profano desde dentro como directo participante en su composición y en su experiencia. El sacerdote no puede influir más que de una forma externa, con la palabra y el ministerio (…). Necesita un puente. El puente son todos los fieles del laicado católico, organizados o no» (Pablo VI, 3-1-1964).

Las tres condiciones indispensables para que esa movilización tan necesaria pueda realizarse con éxito son: extensión, profundidad y permanencia. Sólo si se cumplen estas condiciones, la savia evangélica podrá impregnar el tejido conjuntivo de la sociedad penetrándolo con la máxima capilaridad. Pero esta triple condición sólo se realizará si entre los bautizados viven hombres y mujeres que, sin dejar de ser laicos, están especialmente consagrados a Dios, conscientes de su vocación misionera. Sin ellos, acabarían desalentándose, antes o después, los demás cristianos, cuyo concurso es indispensable para que el mundo vuelva a Dios y viva en Él.

Estos bautizados que viven su consagración total a Dios son indispensables para que todos los laicos contribuyan a cristianar el mundo. Las señoras agrupadas en las cofradías de la caridad fundadas por san Vicente de Paúl, primero en Chatillon-les-Dombes y luego en París, se cansaban de visitar a los pobres, y en vez de hacerlo personalmente enviaban a sus sirvientas para cuidarlos. Necesitaban bautizados coherentes con su fe que les sirvieran de estímulo e imprimiesen continuidad a su obra. Así surgieron en la mente del santo las Hijas de la Caridad, «poniendo en cada parroquia un pequeño equipo de mujeres consagradas por entero al servicio de los pobres».

Los Institutos seculares (que pueden encuadrar como colaboradores también a matrimonios), por su «carisma de secularidad consagrada, aparecen como instrumentos providenciales para encarnar este espíritu del Vaticano II y para transmitirlo a toda la Iglesia» (…).

Dios, en su providencia, ha ligado, unos con otros, los destinos de los hombres, como enlaza las estrellas en constelación, las uvas en racimo, los granos en espiga. El guía de montaña amarra la cuerda a cada uno de los alpinistas, para que todo el equipo, trabado entre sí y ayudándose mutuamente, logre escalar el picacho. «Es un misterio verdaderamente tremendo, y sobre el cual jamás puede meditarse suficientemente: la salvación de muchos depende de la oración y penitencia voluntarias de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo» (Pío XII, Mystici Corporis Christi). Es la «exultante tarea que os espera en vuestro trabajo, profesión, contacto diario con los hombres, nuestros hermanos» (Juan Pablo II, a los Misioneros de la Realeza de Cristo, 19-8-1979).

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