Ser y estar en movimiento: patria, patrimonio y paternidad

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Por Rubén López Magaz

«Tengo miedo de ese patriotismo de Iglesia que existe en los medios católicos. Entiendo el patriotismo como el sentimiento que se ofrece a una patria terrestre. Tengo miedo de él porque temo contraerlo por contagio. No es que la Iglesia me parezca indigna de inspirarlo, pero no quiero para mí un sentimiento de ese tipo»[1]
Simone Weil

El movimiento, como acción física, hace alusión a lo movible, al cambio de posición en el espacio que experimenta un cuerpo en un tiempo determinado. Capacidad de mutación, esto es: algo vivo que posee la fuerza de mover y, a su vez, puede moverse en sí y para sí mismo dando lugar a una interacción. Es por ello por lo que, cuando hablamos de movimiento eclesial, deberíamos hablar de vida, de riqueza, de diversidad, pero de vida común, de realidad vocativa que haga de nuestra propia vida vocación. Si todo movimiento (físico) depende del sistema de referencia, veamos pues, tres realidades referenciales que se pueden dar en cuanto a ser y estar en movimiento.

Patriotismo

La patria suele ser el lugar donde reposar, donde volver, el lugar donde reconocemos nuestra identidad y nuestra esencia como individuos. La patria, el lugar de nuestros padres, está llamada a conservar la llama de la unión, de la unidad, del origen y el fin para el que fuimos creados: el amor. Pero la patria no es sinónimo de patriotismo, ni siquiera la patria es sinónimo de amor. La patria se construye, dejando a un lado el sufijo (ismo), para crear una casa común donde, en caso de pérdida, de alejamiento, de exilio, regresar al lugar donde fuimos, porque nos ayudará a ser de nuevo. El peligro, como creo que intuye Simone Weil, es quedarnos en ese sentimiento fofo de alzar el concepto familia como alarde de lo que somos sin saber muy bien quiénes fuimos ni realizar una reflexión profunda de quiénes seremos, porque realmente no sabemos qué queremos ser o qué tenemos que ser. La patria, el lugar de nuestros padres, es el terreno sagrado en el cual descalzarnos, no es un lugar de marco ideológico donde encuadrar mis convicciones reducidas a un concepto de club, de tribu o de comuna.

Patrimonio

El reclamo de la pertenencia y de la posesión lleva a, en ocasiones, no darnos cuenta del valor de lo que se posee. Mi patrimonio debe ser el anhelo, el ansia de búsqueda, el horizonte donde poner el ideal en el punto de mira, el camino que huello paso a paso en mi peregrinar hacia la eternidad. Un patrimonio estancado es un museo de antigüedades, no un espacio donde renovar la fe, ni mucho menos el llamado al que somos convocados: salir de nosotros mismos, asistir a nuestros amigos, encontrarnos con aquellos con los que nos tropezamos, hablar de y en las periferias. Uno de los peores males de nuestro tiempo quizá sea pensar que los míos son los que piensan como yo y los demás, o están confundidos o simplemente son objeto de conquista, transformándolos realmente en objetos de consumo, pues el objetivo no es otro que seguir produciendo masa amorfa. Hacer de lo «mío» causa propia, normalmente pervierte y contamina lo que debería ser un espacio de comunión, pues reconocer y saber nuestro origen no debería ser condición de inmovilidad por temor al destino, pero tampoco debería ser legítimo que, por querer llegar a alguna parte, cualquier camino sea válido. Un patrimonio que no contempla la posible diversidad de sus miembros es un patrimonio que divide y, por tanto, deja de tener su mismo valor patrimonial, es decir, de casa común.

Paternidad

Cuando la patria y el patrimonio corren por el mismo cauce, dejando de lado orillas de patriotismo primitivo y valores patrimoniales exclusivos, dan lugar a desembocaduras amplias, aguas tranquilas, términos que solo tienen un final, porque su finitud no es otra cosa que un comienzo: la paternidad. La paternidad nos acoge en la filiación, nos crea por ella y para ella. La filiación (que no afiliación) me da el lugar correspondido por el padre, el espacio vital al que soy llamado. Ser hijo es disfrutar del padre, no reclamar el banquete de otro de sus hijos, es decir, el banquete de mis hermanos. Ser hijo es regocijarse de la casa de mi padre, de sus estancias, de su comodidad, pero también observar y poder adecuar sus incomodidades. Ser hijo es ser libre, disponer de la alegría de poder hablar y actuar en libertad sin temor a discursos cohibidos con una errónea disposición de padre: el paternalismo. Ser hijo es contemplar en derredor cuanto me ha sido regalado. Ser hijo es conocer las entrañas de la casa paterna. Ser hijo es preguntarse quién es ese padre con el que vivo. Porque ser hijo significa que yo también deberé tener algún día, pronto o tarde, el corazón de aquel que me sustenta en el hogar.

Caminar en movimiento es vivir: es voluntad y gracia, es anhelo y don. Caminar en movimiento es no estar preocupado por reconocimientos, por grandes números de participantes, por grandes encuentros. Caminar en movimiento es vida de Nazaret, es vida donada, es vida entregada. La movilización no pasa por el número de actividades realizadas, sino por la vida ofrecida en la cotidianidad de la realidad personal de cada uno. Teniendo claro, indudablemente, cuál es mi patria, qué patrimonio ofrezco y cómo vivo mi condición de hijo para poder convertirme, como vocación asistida, en el corazón de mi padre.


[1] A la espera de Dios, Simone Weil; Editorial Trotta, 2004.

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