La realidad existe para conocerla

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Abilio de
Gregorio
En ocasión no lejana, dejaba constancia en estas páginas
de la preocupación por uno de los síntomas más perversos del relativismo en
nuestras aulas: la “logofobia” o miedo a la verdad. Si las cosas siguen por los
derroteros actuales, algún día los historiadores de la educación podrán afirmar
que, a la escuela la hizo la Ilustración y la deshizo el Romanticismo.
Ha tomado asiento en nuestras cátedras un
antiintelectualismo o resentimiento contra la enseñanza-aprendizaje de
conocimientos para dar paso a una práctica sentimentaloide de paidolatría
rousoniana. La denominada “escuela nueva” afirmaba que para enseñar matemáticas
a Juan, lo primero que tenía que aprender el maestro es conocer a Juan antes que
saber matemáticas. El resultado en muchos casos ha sido generaciones de
docentes con amplios conocimientos sobre Juan, pero generaciones de alumnos que
salieron de las aulas sin saber matemáticas.
La fácil aceptación del romanticismo educativo por parte
de las “vanguardias” docentes se explica quizás por esa porción de verdad que
contienen algunas de sus proposiciones. Es cierto que es más productivo en
términos educativos desarrollar en el educando capacidades para transformar
conocimientos y construir otros nuevos, pero es preciso advertir que tales
capacidades no se desarrollan más que en el manejo de los conocimientos que se
adquieren y que, cuanto más amplios y diversos son éstos, más posibilidades se
crean de relación y, en consecuencia, de transformación y de construcción.
Es cierto que es más relevante la adquisición de una mentalidad
crítica que el almacenaje erudito de los conocimientos, pero no es menos cierto
que esa mentalidad crítica, o es deseo de verdad y consecuencia del conocimiento
claro y distinto de la realidad, o es rebeldía de opinante superficial y necio (ne-scio).
Es cierto que el maestro ha de saber conectar con el
mundo de intereses de los alumnos, pero es más cierto que su papel de educador
consiste en elevar antes el nivel de esos intereses a cotas de valores
superiores para situar al educando en condiciones de comprensión y disfrute de
realidades axiológicamente más sofisticadas.
Es cierto que es bueno que el niño aprenda jugando, pero
sería mucho mejor que el niño jugase con lo que aprende.
Es cierto que la enseñanza no debe poner en juego de aprendizaje
solamente la memoria del alumno, pero es igual de cierto que no hay posibilidad
de aprendizaje sin memoria.
Es cierto que es preciso proporcionar al educando competencias
útiles para desenvolverse con soltura en la vida, pero es también cierto que la
diferencia entre el hombre y el animal es que éste solamente hace aprendizajes
útiles. Lo más valioso de determinados conocimientos es que no “sirven” para
nada.
Es cierto que hay estadios óptimos de madurez para el aprendizaje
en relación con determinados conocimientos, pero también es cierto que
determinados conocimientos pueden contribuir al desarrollo de la madurez necesaria
para la adquisición de otros nuevos.
En último término, lo que está ahí ante mí, por el hecho
de ser y estar ahí, pide respuestas proporcionadas a su condición de realidad. Todo
lo que es, provoca o incita siempre una pregunta de conocimiento y una pregunta
de valoración. La ignorancia o la indiferencia, en último análisis, no dejan de
ser actitudes desleales –antiéticas- con la realidad. El primer homenaje a lo
que es, es conocer qué es. Y el maestro, que por definición ha de desplegar honestamente
la realidad ante el alumno para que éste la vuelva a plegar, una vez conocida
de la mano del maestro, y la guarde en su interior, cuando renuncia a mostrarla,
a enseñarla, traiciona su misión, por mucho que pretenda ocultar su deslealtad con
alardes de pedagogismos y de sustituciones engañosas. Quizás la escuela ha
comenzado a construir su fracaso a partir del momento en que abandonó su misión
de “médium” para iniciar al educando en el conocimiento del depósito cultural
de la humanidad, sustituyéndola por el mesianismo de la pedagogía naturalita.
“Lo paradójico de esta pedagogía, decía Gramsci a pesar de su espíritu
iconoclasta, es que este nuevo tipo de escuela es defendida como democrática, mientras
que, de hecho, está destinada no sólo a perpetuar las diferencias sociales, sino
además a cristalizarlas en una mayor complejidad”.