Un buen remedio para el alma y el cuerpo

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Un buen remedio para el alma y el cuerpo
Un buen remedio para el alma y el cuerpo. Ilustración: José Miguel de la Peña

En una noche estrellada, mientras conducía de madrugada y buscaba en el dial alguna emisora, Manuel, por aquel entonces camionero, sintonizó, por casualidad, Radio María que en esos momentos emitía el rosario. Allí comenzó su conversión tras muchos años apartado de la fe. Sin embargo, el proceso fue lento y doloroso. Había algo contra lo que se rebelaba todo su ser: no podía rezar el padrenuestro completo ya que, al llegar a la quinta petición, «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», se sentía incapaz de perdonar a los que mataron a su amigo íntimo y, de milagro, no lo mataron a él. Unos meses después pudo entrevistarse cara a cara con el que había organizado el atentado: necesitaba entender, aceptar y, si fuera posible, perdonar. La conversación, a solas, en presencia del director del centro penitenciario, acabó, tras dos largas horas con un abrazo prolongado y con los dos protagonistas llorando.

Algún tiempo después de ese encuentro, también de madrugada y en un área de descanso, Manuel advirtió la presencia de un sacerdote. Se acercó a pedirle confesión. En esta ocasión era él quien se sentía perdonado y aliviado.

No es una situación excepcional, más allá de las circunstancias, necesitamos perdonar y ser perdonados como recordamos en el padrenuestro. Todos, salvo perversión, allá en nuestro interior más profundo sabemos que lo que hacemos no siempre coincide con lo que debiéramos hacer. De ahí brota la satisfacción por el bien hecho o el remordimiento por haber obrado mal y por el daño ocasionado.

Sin embargo, el perdón parece cada vez más ausente de la educación, con lo cual el puzle educativo no puede encajar. En consecuencia, no es de extrañar el aumento significativo de conflictos educativos, ya sea en la familia, escuela o en cualquier ambiente social.

Por ello, educar en la vida, título de esta sección, supone sostener como hábito permanente la capacidad de pedir perdón y de perdonar, uno de los principales pilares de la educación. Vamos a ver a continuación las dos partes.

¿Por qué cuesta tanto pedir perdón? Porque en el fondo sigue existiendo la tentación primigenia: «Seréis como Dios». Deseamos que, el bien y el mal dependa de lo que pensamos o sentimos y nos cuesta mucho aceptar la posibilidad de estar equivocados y de haber obrado mal. El lema parece ser: «Lo que yo siento y pienso es lo verdadero, lo que hago es lo bueno para mí, que es lo único que importa».

Para pedir perdón es necesario, en primer lugar, un acto de valor, reconocer que no somos creadores, sino descubridores de lo que es bueno o malo y aceptar que nos hemos equivocado y hemos provocado un daño a otros. Como decía C. S. Lewis: «Volver atrás, que, a veces, es el modo más rápido de seguir adelante».

Los seres humanos solemos tener una piel muy fina para detectar ofensas, amenazas o desprecios, es decir, para sentirnos víctimas; pero solemos ser de piel basta para detectar cuándo somos verdugos o causantes del mal. Por ello, es necesario tener la capacidad de recuerdo y análisis para detectar cuándo hemos hecho mal, incluso sin pretenderlo o por falta de sensibilidad.

En segundo lugar, tener el pesar, el dolor por lo realizado. Sobreabunda la autoindulgencia y por ello la falta de petición de perdón. Es necesario ponernos en la piel de la víctima. No podemos caer en la indiferencia o minusvalorar el daño realizado. En cualquier caso, será la víctima quien lo diga con su perdón.

En tercer lugar, es necesario manifestarlo, comunicarlo a la víctima, quien puede sentir cierto alivio en la pena que hemos producido. Ahora bien, la petición de perdón no obliga a ser perdonado y se ha de respetar su respuesta.

En definitiva, pedir perdón es un acto profundamente humano y ejemplar: es un acto de sinceridad, de remordimiento, de empatía y, en definitiva, de humildad. Uno de los actos más grandiosos del ser humano, especialmente en una sociedad en la que el engreimiento y la soberbia han colonizado la convivencia y donde nadie parece tener culpa de nada.

Pero hay una segunda vertiente del perdón: cuando hemos sido víctimas y recibimos la petición de perdón. He escuchado a víctimas de atentados, a encarcelados en dictaduras, a combatientes en conflictos bélicos contar su experiencia de perdón como una liberación. En palabras de uno de ellos, es como desprenderse de una mochila de guerra pesada y empapada. El odio y el rencor hacen a la víctima dependiente emocionalmente del agresor. Para las personas sin capacidad de perdonar de corazón, la vida es peor castigo que la muerte. Perdonar supone la liberación real del verdugo y la supresión del temor y el rencor. Es, en palabras de otra víctima, sanar de verdad, curar las heridas más profundas que produjo la agresión.

Este perdón no es una cosa excepcional, pues con frecuencia sufrimos las injusticias en el trato, menosprecios, olvidos o faltas de comprensión y consideración, por ello todos estamos impelidos a perdonar, unas veces ante la petición explícita y otras muchas veces para evitar que el resentimiento anide en nuestro interior.

Si pedir perdón es uno de los actos más excelsos del ser humano, perdonar es uno de los actos que más nos asemeja a Dios. Aquí no se trata ya de excelencia humana sino de semejanza divina.

Nuestro Dios es el Dios de la misericordia, la historia de la salvación es la historia del perdón constante, «su misericordia alcanza de generación en generación» (Lc 1,50). Por ello nos invita a perdonar setenta veces siete (Mt 18,21 y ss).

Tenemos la inmensa suerte de que, para los católicos, el perdón tiene nombre de sacramento. Recientemente he leído que la confesión está prácticamente muerta en Alemania y agonizante en otros países europeos. Qué gran pérdida y qué enorme pena. Educar en el perdón es una buena forma de preparar para la confesión. Ojalá seamos capaces de comunicar la misericordia del Padre, para quien vale más el hijo pródigo perdido que todos los pecados cometidos.

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