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La victoria del amor en el P. Manso

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P. Emiliano Manso y P. Tomás Morales arrodillados en la capilla durante la inauguración del Hogar de la calle Écija en 1977.
El P. Emiliano Manso y el P. Tomás Morales en oración durante la inauguración del Hogar de la calle Écija en 1977.

El P. Emiliano Manso preparaba con esmero cada plática, meditación y homilía. De esa labor proceden los tres libros que nos ha legado, cuyos títulos, leídos ahora, parecen retratar no sólo su vida, sino también su tránsito final.

1. Contemplando al Corazón de Cristo (1995). Su vida estuvo profundamente marcada por una fuerte amistad con Jesucristo. Tras su fallecimiento, se encontró en su despacho un sobre cerrado que contenía su testamento espiritual. A la espera de una futura publicación íntegra, compartimos algunos fragmentos que lo atestiguan: «Gracias a Ti, mi amantísimo y amadísimo Redentor, Jesucristo, que me has redimido con tu Encarnación, Muerte y Resurrección; me has llamado y me has hecho miembro de tu Cuerpo Místico, la Santa Iglesia, por el Bautismo, y en ella me has conferido el don inefable del Sacerdocio ministerial».

2. Jesucristo el esperado y presente (2002). El Señor, presente en la Eucaristía, fue el verdadero centro de su vida. Así lo expresa de nuevo en su testamento: «¡Cuánto me has hecho gozar con tu humilde y escondida presencia! ¿Cómo agradecerte, Señor, que desde el día de mi Ordenación, hasta hoy, haya podido celebrar diariamente la Eucaristía?».

3. La victoria del amor (2004). Su sacerdocio fue una entrega incansable al servicio de la Iglesia, especialmente mediante la dirección espiritual de jóvenes, sacerdotes y consagrados.

La victoria del amor se manifestó con especial claridad en sus últimos días. De nuevo, en su testamento espiritual afirma: «Confortado con los sacramentos de la Iglesia, muero gozoso, siendo miembro de la Iglesia, a quien he amado con pasión, como esposo sacerdotal, y a quien he intentado servir con fidelidad, y tantas deficiencias, pero también con inmenso amor».

Querido P. Emiliano: tus últimas palabras fueron silenciosas: la enfermedad final te llevó a una traqueotomía que prácticamente te impidió hablar. Pero tu presencia, callada y ofrecida en el hospital, ha sido un testimonio elocuente para todos nosotros. Como tú mismo escribiste: «Las palabras de un hombre son palabras incompletas hasta que no se dice la última palabra, la definitiva, rubricando todas las demás, en el momento supremo de la vida, en la muerte».

Confiamos en que se cumpla tu anhelo: «Que en la patria eterna se prolongue el gozo de la unidad bajo la mirada maternal de nuestra Reina».

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