Secularidad frente a secularización

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Abilio de Gregorio
Una
de las lamentaciones más lastimeras de los agentes de evangelización en las
circunstancias actuales es que vivimos en una sociedad secularizada en la que
resulta difícil hablar de Dios. Ciertamente, como diagnosticaba Max Weber, se
ha producido un “desencantamiento del mundo” que ya no vive “coram Deo”, ante Dios, sino mirándose a
sí mismo. Pero esto no es nuevo. La irrupción de la modernidad que se hace
presente con la Ilustración a partir del Siglo XVII no es sino un vendaval secularizador
que, frente a la actitud defensiva ante el mundo-enemigo del alma, propia de
épocas anteriores, proclama su bondad y abraza con entusiasmo lo mejor que cree
ver en este mundo: la razón, la inteligibilidad del mismo. Por eso el hombre de
la modernidad secularizante, siguiendo la invitación kantiana –“sapere aude”(atrévete a saber)- se lanza
a una suerte de arrebato del conocimiento racional, de exaltación del saber
hasta querer abarcar todo el conocimiento (enciclopedia).
Esta secularización
ilustrada golpeó con fuerza las columnas de la Iglesia y algunos reaccionaron
con el pavor de quien teme el derrumbamiento del edificio que ha dado cobijo
largo tiempo a la fe de los pueblos. Pero es preciso poner de relieve que el
reto de aquella secularización hizo emerger voluntades reflexivas que
entendieron que se podía y se debía responder con una secularidad cristiana,
según la cual se proclama la bondad de este mundo, la excelencia de la razón
humana, de la ciencia y de las “artes útiles”, como se dice en aquel momento, y
se comprometen a ponerlo al alcance del conocimiento de todos, incluso de los
marginados del sistema.
Pero será un conocimiento que
apunte a Dios; el cultivo de una racionalidad acerca del mundo, pero de una
racionalidad creyente. Y así nació la escuela cristiana allá por el Siglo XVII,
XVIII y XIX como realidad secular cristiana comprometida con su tiempo, y con
el mundo, pero constituyéndose en signo de Dios vivo en el mundo de la
instrucción. Obsérvese que muchos de los maestros de aquella escuela cristiana
nacen como pertenecientes a esa frontera entre la secularidad y lo
intraeclesial (hermanos) como si se tratara de visualizar el compromiso con el
mundo.
Pues bien: podríamos afirmar
que la cultura de nuestro siglo XXI se caracteriza por ser una cultura todavía más
secularista y de un reduccionismo intramundano. Frente a ello podríamos
enrocarnos en añoranzas del pasado o tratar de envolvernos en placentas
espirituales protectoras. Sin embargo el magisterio conciliar nos enseñó que la
secularidad es la “índole propia de los laicos”, es decir que la índole secular
de la existencia del cristiano bautizado aparece como rasgo preciso que define
su modo propio y específico de buscar la santidad y de participar en la misión
evangelizadora de la Iglesia.
La respuesta, pues, a la nueva
oleada de secularización de nuestro siglo debiera recordar la primera respuesta
de los siglos XVII y XVIII: más presencia, más protagonismo de lo secular –del
seglar- cristiano en todas las realidades mundanas, viviéndolas y contribuyendo
a configurarlas desde la esperanza cristiana. Pero ello exige, primero, estar
insertados en plenitud en esas realidades desde la excelencia profesional; desde
la comprensión de las dinámicas de funcionamiento de esas realidades en las que
el laico cristiano no está como de paso y de prestado; desde el amor al mundo
que Dios vio que era bueno, muy bueno, después de crearlo, desde eso que se ha
venido a denominar el “compromiso temporal”. Seglares cristianos pero
plenamente seglares. Ser seglar no es un estado defectivo: es toda una vocación
que se define en términos proposititos y no negativos.
Pero esta respuesta
necesaria de una mayor secularidad en tiempos secularistas exigirá que los
materiales de su construcción sean especialmente resistentes. En el fondo, la
vida que el laico desarrolle en su inserción en las realidades cotidianas
terrenas dependerá del encuentro que haga diariamente con su Señor.

También a ser laico
cristiano se aprende y, por lo tanto, se enseña. He ahí el acierto de la
expresión del clarividente Santiago Arellano cuando afirma de los cruzados de
Santa María que “son laicos cristianos consagrados a enseñar a los laicos
cristianos a ser laicos cristianos”. Es decir especialistas en secularidad y en
santidad. Así sea.