Levántate y echa a andar

20
Aquel hombre
sigue postrado, pegado a su camilla (cf. Jn 5). Los escasos centímetros que le
separan de la piscina de Betesda suponen para él una frontera insuperable.
Agarrotado, entumecido, inmovilizado, así un día y otro, 38 años. Hasta que un
día pasa algo; mejor Alguien. Es Jesús que pasa a la brisa de la tarde… Y le
pregunta: ¿quieres quedar sano? El
paralítico mira en la mirada de Jesús —percibe que va muy en serio— y contesta:
Señor, nadie me lleva a las aguas cuando se remueven... Pero Jesús,
misericordiosamente, hace más por él: lo remueve por dentro y le manda con voz
imperiosa: ¡levántate y
echa a andar!
Un vigor
insospechado recorre ahora sus miembros atrofiados y desde entonces su
movimiento testimonia dónde está la fuente de la sanación.
***
¡Cuánto se
parece nuestro entorno a una nueva piscina de Betesda! Allí estaban echados
multitud de enfermos, cojos, ciegos y paralíticos
, dice san Juan. Cuántos
cristianos inmovilizados esperan que alguien pase y les remueva las aguas con
las que fueron bautizados, quizás 38 años atrás. Cristianos paralizados por el
miedo: al qué dirán, a ser tildados de arcaicos o “ultracatólicos”, en cuanto
se pongan a fructificar sus talentos en la vida pública. Cristianos atrofiados
por la vida comodona: por vegetar tanto tiempo sin salir del perímetro estrecho
de sí mismos. Cristianos estancados por las dudas, el desencanto y las
miserias, incapaces de ponerse en marcha.
Y esta
postración generalizada se vuelve contagiosa. Asegura resueltamente el P. Tomás
Morales que la raíz más profunda de la crisis que atraviesa el mundo hay que
buscarla en esta deserción de los bautizados que, en medio del mundo, dejan de
ser fermento para convertirse en masa amorfa
. Y afirma, como consecuencia,
que la movilización del laicado con ímpetu misionero es quizás el problema
pastoral que más acucia a la Iglesia para la evangelización valiente y eficaz
del mundo
.
Pero hoy,
como ayer en Betesda, para ser curados necesitamos primero percibir nuestra
incapacidad y avivar en nosotros el deseo de ser rehabilitados, sin evadir
responsabilidades echando las culpas a otros. Y para ello, hoy como ayer,
precisamos —en medio de tantos ruidos— escuchar a Jesús que nos pregunta: ¿Quieres ser curado? Necesitamos hacer silencio
para percibir su presencia, para captar su mirada, para descubrirle nuestras
miserias y para captar por fin su voz imperiosa que nos dice: ¡Levántate y echa a andar!
Y después
de haber sido puestos en movimiento, ¡qué misión tan hermosa y necesaria!: ir a
cuantos nos rodean y remover —con energía y con audacia— las aguas del
bautismo estancadas en el hondón de su alma
(en ello consiste la pedagogía
del P. Morales, como escribe Abilio de Gregorio). Ese es el sentido de nuestro
Movimiento de misericordia: laicos que indiquen, como enfermos que han sido
curados cuando hablan con pacientes aún postrados, cómo recobrar la salud.
Laicos que sean movidos por Jesucristo para que siga diciendo a nuestro mundo: ¡Lévantate y echa a andar!