Los movimientos en la Iglesia

Carisma, misión y espiritualidad

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Dinamismo de los movimientos
Familia caminando, dinamismo de los movimientos.

Podríamos decir que los llamados «nuevos movimientos eclesiales» constituyen uno de los fenómenos característicos de la Iglesia actual. Los movimientos nacen como una gracia de participación y comunión que se transmite del fundador a sus seguidores, para vivir una profunda experiencia del Espíritu.

San Juan Pablo II, a los participantes del Congreso Mundial de Movimientos —Vaticano, 27 de mayo de 1998—, señaló algunas notas típicas de los movimientos eclesiales: son una realidad eclesial, unos itinerarios de fe y de testimonio cristiano que basan su método pedagógico en un carisma preciso que es una gracia del Espíritu Santo otorgada a un fundador. Señala también el papa que esa gracia se da en circunstancias y modos determinados, pero genera respuestas válidas universalmente en el tiempo y para toda la Iglesia.

Todo movimiento tiene su espiritualidad y carisma propio. Espiritualidad que conforma una experiencia de vida personal y comunitaria original que se manifiesta en una actitud y unas prácticas peculiares. Una espiritualidad que conforma, explica y da sentido al carisma.

Dentro del contexto del movimiento, se puede entender el carisma como una gracia del Espíritu Santo dada a una persona y a la propia vida de un movimiento que, con sus experiencias, participa de la gracia fundacional.

El carisma del fundador se hace carisma fundacional cuando aquel puede participarlo a una comunidad. De la comunión con el carisma del fundador, surgen diversas respuestas personales y comunitarias a una misión; nacen familias de personas que se adhieren al carisma.

El Espíritu Santo derrama los dones que permiten a los hombres desarrollar una fina sensibilidad para percibir lo que ocurre en el entorno de la Iglesia. A esto llamamos conciencia de la Iglesia: es una fina percepción de la comunidad, desde esa dimensión del misterio, para percibir el momento histórico de la Iglesia.

De esa tensión entre la férrea adhesión al misterio, fruto de la memoria, y la necesidad de dar respuestas a las circunstancias históricas, fruto de la conciencia, surge una respuesta a la misión. Así se suscitan las distintas instituciones a lo largo de la historia como la necesidad de una respuesta a los reclamos del contexto histórico y de los hombres y comunidades que lo transitan.

Sumando su voz a la de los padres del Concilio Vaticano II, Juan Pablo II, en la vigilia de Pentecostés de 1998, rezaba junto con trescientos mil peregrinos de los movimientos venidos de todo el mundo: «[…] La Iglesia y el mundo tienen necesidad de ti. ¡Ven, Espíritu Santo, y haz cada vez más fecundos los carismas que has concedido!”».

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