El Greco: Pentecostés

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Pentecostes, El Greco
Pentecostes, El Greco

Por Equipo pedagógico Ágora

Los movimientos eclesiales que florecen en el fecundo tronco de la Iglesia son una epifanía del Espíritu y del poder de Dios. San Juan Pablo II llegó a decir que «la Iglesia, en sí misma, es un movimiento, porque siempre se halla en estado de misión» a impulsos del «amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (cfr. Rm 5,5).

Al contemplar esta gran floración de movimientos eclesiales se ha llegado a hablar de un «nuevo Pentecostés» en nuestros días. La fecundidad del Espíritu Santo es en efecto la raíz de la riqueza y versatilidad del tejido eclesial, que suscita y alienta la iniciativa y la generosidad del pueblo y del laicado católico.

Por el bautismo todos estamos llamados a participar activamente en la comunión y en la misión de la Iglesia. Y todo empezó en aquel Pentecostés primero: «De repente vino del cielo un viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; y quedaron llenos del Espíritu Santo» (Hch 2,2).

Contemplamos por ello una de las obras principales del Greco: Pentecostés. Era parte de un retablo para la iglesia del Colegio de la Encarnación de Madrid, regentado por los padres agustinos, y fue realizado entre los años 1596 y 1599. Junto a otros cuatro lienzos pertenecientes al mismo, se encuentra en la actualidad en el museo del Prado. En el conjunto del retablo, en el centro del piso superior se situaba la Crucifixión y a ambos lados la Resurrección y este Pentecostés

Se trata de una obra de grandes dimensiones, 275×127 cm, verdadero prodigio de luz y color sobre un austero fondo oscuro. El Greco organizó la composición como un triángulo invertido. En lo más alto se halla el Espíritu Santo, que irradia una luz que ilumina la escena incidiendo en el vestuario y el rostro de los personajes. La composición es un prodigio, acentuado por la luz y el colorido. Los rostros, las manos, la gestualidad, las llamas de fuego, la disposición de los personajes, la soltura ejecutiva misma, todo pende de la luz que irradia el Espíritu Santo. Pero María, como vínculo y medianera, en actitud orante, es el verdadero centro de la composición.

Apreciamos una gran diversidad de reacciones psicológicas en los gestos, de gran importancia tanto estructural como simbólica. Uno de los apóstoles del fondo levanta el brazo, con la palma de su mano extendida al cielo mientras que otros extienden las suyas en señal de asombro y aceptación. Los dos personajes de la parte superior derecha serían El Greco, que mira al espectador, y su hijo Jorge Manuel. Descubrimos así trece figuras masculinas —los once apóstoles, el Greco y su hijo— y dos femeninas, María y la Magdalena.

Ante este lienzo espléndido, comprendemos a Luis Rosales cuando escribía que «lo decisivo al contemplar una pintura es convivirla; mirarla conviviéndola».

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