Los santos de la puerta de al lado

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Foto: Ryoji Iwata
Foto: Ryoji Iwata

El papa Francisco habla en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate de «los santos de la puerta de al lado», pero, ¿quiénes son esos santos «de la puerta de al lado, es decir, esas personas corrientes como nosotros con algunos de los cuales nos hemos cruzado por la calle o hemos convivido en el trabajo, en el deporte, en la familia, en la diversión?

Salen así, casi espontáneamente, nombres como: El médico italiano José Moscati (1889-1927), el niño mexicano José Sánchez del Río (1913-1928), el político inglés Tomás Moro (1478-1535), el gitano catalán Ceferino Giménez Malla, el Pelé (1861-1936), el médico guatemalteco Ernesto Cofiño (1899-1991), el periodista español Manuel Lozano Garrido, Lolo (1920-1971), la médica, esposa y madre de familia italiana Gianna Beretta Molla (1922-1962) y un largo etcétera.

Todavía hay una gran mayoría de bautizados que asocian la santidad como algo muy especial reservado a unos cuantos privilegiados, pero resulta que no, que también hoy convivimos con personas santas —y son legión— aunque no se las note porque, desgraciadamente, todavía hoy sigue haciendo más ruido un árbol que cae que un bosque que crece.

Eso sí, nadie nace santo; los santos se han hecho a sí mismos, aunque, más propiamente hablando, habría que decir que dejaron que Dios los hiciese santos, porque no se trata de esfuerzo personal (necesario), sino de la acción de la gracia. Y esa acción santificadora de la gracia actúa en los monasterios y en las calles peatonales. Según toque a cada uno.

En las zonas religiosas y en medio del mundo, tenemos que vivir convencidos de la primacía de lo espiritual sobre lo material, porque un exponente —uno— para medir la calidad de la comunidad cristiana es su capacidad de engendrar santos.

Y se engendran santos cuando no se tiene miedo de hacer el bien y de decir la verdad, cuando nos entusiasma el doble objetivo que señala san Pío de Pietrelcina: la Iglesia y —por ende— todo bautizado debe predicar la verdad y desenmascarar la mentira sin tibieza ni encogimientos. Sin arrogancia, pero sin complejo; sin que sepa tu mano derecha lo que hace tu mano izquierda, pero también sin esconder la luz bajo el celemín.

¿Cómo descubrir el heroísmo en la virtud que caracteriza a los santos? Aplicando el principio evangélico «Por sus frutos los conoceréis»; así evitaremos confusiones y desorientaciones, y comprobaremos que siguen existiendo —como en todas las épocas— santos, personas que se esfuerzan y rezan para hacerse voluntad de Dios. Existen, y no hay que ir muy lejos para encontrarlos, los podemos tener cerca entre nosotros, tan cerca tan cerca, como la puerta de al lado.

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