Memorias de un pan

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Fracción del Pan. Rupnik
Fracción del Pan. Rupnik

¿Cómo se hace el pan, mamá? —Preguntó una vez Jesús cuando tenía ocho años.

Mira, hijo, así.

Y María mezcló un trocito de masa con levadura en tres medidas de harina y agua… Y luego amasó la mezcla despacio. Donde antes había tres elementos ya solo había uno…

¿Dónde está la levadura, mamá?

No se la ve, pero está ahí. Dentro de poco lo notarás…

El niño tenía los ojos fijos en las manos de su madre, blancas y húmedas, con masa pegada entre sus dedos…

¿Quieres amasar tú también?

¡Claro que sí, mamá! (¡A María le encantaba que Jesús la llamara «mamá»!).

María dividió la masa en dos: una pequeña para el niño, y la grande para ella. Jesús imitaba a su madre… Amasaba despacio, despacio, despacio, como acariciando la masa. Después metieron las dos masas en el horno: los panes crecían, se elevaban, se ahuecaban, se volvían tiernos… Y se iban dorando, adquiriendo el color propio de las espigas del campo… Cuando sacaron los panes del horno tenían cuerpo, estaban crujientes, habían adquirido una textura que invitaba a comerlos. ¡Y qué olor! La casa se llenó del aroma del pan. Jesús estaba deseando probar aquel milagro maravilloso del pan…

Y llegó la hora. José, María y el niño se sentaron en torno a la mesa. El pan ocupaba el centro. Jesús miraba cómo su padre tomaba el pan grande como acariciándolo, con veneración y gratitud, lo bendijo, lo partió, y se lo dio: un trozo para María, otro para el niño, otro para él… Y al terminar la comida no sobró ningún pedazo…

Desde aquel día Jesús toma el pan como acariciándolo, como se lo enseñó su padre, como vio hacer a su madre… Y cuando lo parte, lo rompe despacio, despacio, para que ningún pedacito se pierda… ¡Memorias de un pan!

* * * 

Han pasado los años. Jesús ha dejado Nazaret, y enseña a los hombres cómo es Dios. Escuchémoslo: El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina… (Aquí el Maestro se queda unos segundos en silencio… Cierra los ojos y recuerda cómo su madre trabajaba el pan) hasta que todo fermenta. A sus oyentes se les hacía la boca agua, y el pensamiento pan…

Poco más tarde les dice: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Y mientras hablaba, tenía su memoria en aquel pan amasado, centro de la mesa.

Y un día gritará: ¡Yo soy el pan de vida! El que viene a mí no tendrá hambre… Y en la cima de la última cena sus discípulos verán cómo Jesús toma el pan y, después de pronunciar la bendición, lo parte, se lo da y les dice: ¡Tomad, comed: esto es mi cuerpo! ¡Haced esto en memoria mía! Pan amasado, partido, comido. ¡Memorias de un pan!

* * * 

Y ahora somos nosotros memorias de ese pan. Somos masa madre: levadura y masa, todo-en-uno, sin separación posible… Levadura escondida en la masa del mundo para fermentarla y ofrecer así el pan nuestro de cada día. Mejor aún: al comer el pan eucarístico nos «panificamos», nos hacemos pan: mezclamos nuestra harina con la levadura de Cristo y nos convertimos en pan de vida: con Cristo, en Él, como Él… Y dejándonos comer, otros muchos, al probar este Pan sabroso, formarán nueva masa madre, se volverán a «panificar». ¿Acaso nuestra vocación como Instituto Secular no es ser memorias de un Pan?

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