Memento mori… et vivere

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Río. Ilustración: José Miguel de la Peña
Río. Ilustración: José Miguel de la Peña

Estamos siendo testigos de un acontecimiento histórico: cuando creíamos que las plagas y enfermedades estaban controladas, al menos en Occidente, un virus procedente del otro lado del mundo nos ha mostrado nuestra fragilidad. Algunos dicen que ya nada seguirá siendo igual: la economía, las relaciones sociales y personales, el trabajo, la educación, etc., cambiarán. No lo sé. Me temo que podría ocurrir «que cambie todo pero que nada cambie», como diría Lampedusa en el Gatopardo.

Porque no creo que el fondo del problema sea un virus, sino su consecuencia. De repente, nos hemos encontrado con algo que la sociedad actual pretende ocultar, ignorar o minimizar: la muerte. Hemos sentido su cercanía: miles de muertos en nuestro país, cientos de miles en el mundo, y la posibilidad de que nos afecte en primera persona o a los seres más próximos. Esto es lo que realmente conmociona.

La muerte forma parte de la vida, es lo normal; es la renovación de los seres vivos. Por ello, es lógico que los seres vivos de cualquier reino y especie mueran, incluido los humanos: casi 150.000 personas mueren cada día en todo el mundo y algo más de 1.100 en España. En cualquier caso, el individuo no puede sobrevivir, solo lo hace la especie.

Sin embargo, esa lógica se vuelve absurda cuando se aplica a uno mismo o a los seres queridos. Todo el mundo cree que los demás son mortales, pero nadie cree en serio que él mismo vaya a morir y en ello coincide la experiencia personal y la reflexión de filósofos de todo tipo. Ante la proximidad de la propia muerte, o la de un ser querido, se produce una de las experiencias y reflexiones más profundas que cabe tener.

Desde la antigüedad, una parte de los pensadores y por lo tanto de la humanidad ha intentado eludir la pregunta tranquilizándose con el siguiente argumento de Epicuro: «La muerte no nos afecta porque mientras somos, ella no está y cuando ella está, ya no somos». Una salida ocurrente pero que, en el fondo, no convence a nadie, sobre todo cuando se la ve de cerca, en carne propia o en la de un ser querido.

Otra versión de esta postura es la de la sociedad actual: se ignora la muerte y se evita la posibilidad de plantear la pregunta sobre la misma. Se ha convertido en tema tabú. Al que está próximo a la misma, solo se le ofrece la ilusión de esperar una prolongación temporal de su vida —la definitiva no es posible—, o la anestesia para que pierda la consciencia de la misma.

Sin embargo, la muerte produce, cuando menos, inquietud porque de la muerte nadie tiene experiencia propia; a lo más, podemos presenciar la muerte de otros y sentir la dureza de la misma cuando fallece alguien a quien amamos. Por ello es normal que nos produzca dudas y cierta angustia. Como dijo un poeta: «Que Dios me perdone […] pero yo no entiendo la muerte que ha puesto en su mundo».

En los grandes pensadores y maestros de la espiritualidad esta toma de conciencia de la fragilidad de nuestra existencia y del olvido de la misma se sintetizaba en la expresión: memento mori, «recuerda que vas a morir», pero que en otro sentido puede traducirse como «aprende a morir». En ello consiste la buena filosofía, al decir de Montaigne ya que «si el hombre enseñase a morir, enseñaría a vivir».

Educar en la vida, título de esta sección, supone aprender a morir y aprender a vivir. En los siguientes párrafos abordaré brevemente el primero de estos asuntos.

Existe una coincidencia en los que han asistido, ya sea como médicos o sacerdotes, a los moribundos o condenados, en que ante la muerte se produce un especial estado de lucidez por el que se entiende qué es la vida y su sentido. A dicho estado suele acompañar la visión y el examen de la propia vida, con los aciertos y errores, con el bien y el mal realizados. En tercer lugar, comparece un deseo de perdonar y ser perdonados por el resto de los hombres o por Dios. Solo la aceptación serena de la muerte y del balance de la vida con el perdón produce la paz: «he vivido, soy capaz de morir».

En este sentido, me contaba un enfermo de coronavirus que algunas de las preguntas más profundas que le han hecho tras superar la enfermedad eran de este tipo: «¿Cambia la visión de la vida tras esta experiencia? ¿Te arrepentiste de lo que no hiciste?». Es decir, se supone que quien ha estado cerca de la muerte ha tenido ese momento de lucidez y análisis de la propia vida.

Es lo que la tradición occidental, desde Sócrates en adelante, y por supuesto el cristianismo, ha mantenido: enfrentarse a la muerte como una realidad inevitable —lo único cierto que hay en la vida—, y a un posterior juicio.

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir

De la tercera copla a la muerte de su padre, de Jorge Manrique

Me estremece pensar que la sociedad actual ha convertido la muerte en un tema tabú y no ofrece la posibilidad de plantear la pregunta más clave de la existencia humana ni siquiera a los que están próximos a ella como son las personas mayores y los enfermos terminales.

Ignorar estas reflexiones sobre la muerte, eludir la cuestión de la muerte equivale a tener una vida adormecida, como mostraba aquel epitafio labrado en una tumba: «Aquí yace un tonto que salió de este mundo sin saber para qué había venido». Sartre, un pensador ateo, lo expresó con la mayor contundencia: «Absurdo es que nazcamos, absurdo es que muramos».

Por el contrario, Juan XXIII, hoy santo, dijo: «Cualquier día es bueno para nacer. Cualquier día es bueno para morir». Para el creyente, la fe no exime del dolor que supone la muerte. El fallecimiento de un ser querido golpea la fe y puede revitalizarla o apagarla. Incluso afrontar la propia muerte desde la fe es un camino difícil de transitar. La fe no es un bálsamo para tranquilizar, ni una creencia infantil, ni un recurso psicológico, es un don que hay que pedir. Tal vez sea en esos momentos cuando más necesitemos escuchar: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados…» y responder: «Señor, creo, pero aumenta mi poca fe».


P.D.: Educar en la vida es educar para escuchar a los grandes autores. Como complemento al artículo sugiero leer, entre otros libros, Las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique.


Segunda parte

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