Mens sana in corpore sano

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Mens sana in corpore sano
Mens sana in corpore sano

Chris Brasher fue un atleta británico que ganó la medalla de oro en los 3 000 metros obstáculos, con una clara ventaja sobre el segundo, en los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956. Sin embargo, tras ser denunciado por juego sucio, fue descalificado. Brasher alegó que no recordaba en absoluto tal falta por lo que, una vez presentado el recurso y ante la carencia de pruebas, en una época en la que no había los medios tecnológicos actuales, el jurado olímpico tuvo que apelar al testimonio de los participantes.

El atleta húngaro que había quedado el segundo declaró que se consideraba incapaz de vencerle y por lo tanto no consideraba justo aceptar el oro. El noruego que llegó tercero alegó que no había visto tal infracción y que, conociendo a Brasher, le creía incapaz de tal comportamiento. El atleta que llegó cuarto rechazó la posibilidad de aceptar la medalla de bronce. Ante tal unanimidad, el Comité Olímpico acordó proclamar nuevamente a Brasher campeón y le concedió la medalla de oro.

Todos ellos se comportaron como héroes, hombres que son excelsos no solo por conseguir un reto físico, sino también y sobre todo por los valores morales que encarnan.

Los griegos, inventores de los juegos olímpicos en el s. VIII a.C. en Olimpia, querían celebrar la huella de la divinidad en los hombres extraordinarios. Por ello las Olimpiadas estaban impregnadas de un ambiente moral y religioso excepcional. Establecieron la denominada «Tregua Sagrada» mediante la cual todos los pueblos griegos debían cesar sus querellas y guerras durante la celebración de los juegos.

Virtudes tales como el heroísmo, el compañerismo, la lealtad, el esfuerzo, la capacidad de sacrifico, la excelencia, así como el deseo de convivencia pacífica fueron los ideales que dieron lugar al nacimiento de las Olimpiadas. La grandeza de esos héroes fue cantada por los poetas e inmortalizada en las diversas artes.

En 1896 el barón de Coubertín resucitó las Olimpiadas con el fin de fomentar la vitalidad y belleza del ser humano cuando conjuga los valores espirituales, antes mencionados, con el esfuerzo y superación física. Todo ello en medio de un espíritu de convivencia universal.

Sin olvidar el esfuerzo humano que deben hacer los atletas y la excelencia de algunos de ellos en todos los ámbitos, hoy los Juegos Olímpicos en particular y los espectáculos deportivos en general, se han convertido en un fenómeno de masas. No se trata ya de un canto a la superación del ser humano, sino un espectáculo donde el héroe ha sido sustituido por el deportista que bate récord y al que debe acompañar el éxito comercial hábilmente diseñado por especialistas. Su grandeza es tan efímera como los titulares de los medios que se hacen eco de su éxito. Ya no hay poetas ni inmortalizaciones en las artes que recuerden sus hazañas.

Además, los espectáculos deportivos se han convertido en un negocio millonario: no producen escándalo las cifras millonarias que cobran algunos deportistas ni las deudas impagables de las empresas deportivas.

Por último, cumplen una función social y política: anestesian al público, y le permiten descargar de modo inocuo —con excepciones— las frustraciones y violencia contenidas.

En una nueva versión del «pan y circo» romano. Frente a la excelencia de los Juegos Olímpicos, los emperadores romanos conseguían a través de los espectáculos circenses calmar cualquier atisbo de inquietud o rebeldía del pueblo.

Los gritos sirven para descargar la agresividad, los aplausos para celebrar el éxito que ha conseguido el equipo o el atleta en el que se proyecta y compensa la mediocridad de la propia existencia. Marx decía que la religión es el opio del pueblo. Hoy podemos decir que muerto Dios, mejor dicho, tras matar a Dios, el deporte es el nuevo opio que adormece las masas.

A pesar de lo escrito, la práctica sana del deporte y el juego son actividades necesarias y satisfactorias para que el ser humano se desarrolle plenamente. Todos deberíamos sentirnos, si no deportistas, al menos aficionados a hacer deporte, cada uno según su edad y necesidad: casi obligación en los jóvenes y, al menos, una afición en los adultos. No se trata de ser un forofo, ni un aficionado de salón, sino de ejercitar el cuerpo respetando su realidad, manteniéndolo sano en lo que se pueda y potenciando sus capacidades.

El deporte curte, fortalece y vigoriza el cuerpo y lo predispone para otras virtudes humanas. Ni divinizarlo ni despreciarlo. No somos ni espíritus puros, ni pura materia. Hoy en día, cuando el culto al cuerpo se ha convertido en una obsesión por parte de muchos, hay que recordar —el mal siempre triunfa por la parte de bien que tiene— que es hermoso cuidar, perfeccionar el cuerpo, pero es pernicioso rendirle culto como si solo fuéramos una realidad corporal. Incluso en el culto al cuerpo subyace el deseo de vanidad o de belleza que alienta la existencia de un espíritu en nosotros. Alexis Carrel, premio nobel de Medicina lo expresó de la siguiente manera: «El espíritu oculto en el seno de la materia, completamente descuidado por fisiólogos y economistas, casi olvidado por los médicos es, sin embargo, el más formidable poder de este mundo».

Mens sana in corpore sano decían los romanos: Una mente sana en un cuerpo sano. En el mismo sentido, san Ignacio que primero «divinizó» su cuerpo, sufriendo operaciones en vivo por vanidad, lo castigó después hasta poner su vida en peligro y, finalmente, descubrió el punto de equilibrio, soportando con paciencia las limitaciones que tuvo, escribió: «Con el cuerpo sano, podréis hacer mucho; con el cuerpo enfermo, no sé qué podréis».

Ninguna religión ha ensalzado tanto el cuerpo como el cristianismo, hasta tal punto que proclama la necesidad de la resurrección del cuerpo para que el hombre sea plenamente hombre. El mismo Dios eligió libremente encarnarse en un cuerpo humano y permanece en cuerpo glorioso tras la resurrección.

Educar en la vida supone conocer en primer lugar la realidad de lo que somos y llegar a ser lo que debemos ser. Para recorrer este camino, el deporte es un magnífico instrumento. Pero no olvidemos que cualquier actividad física voluntaria y consciente es, a la vez, una actividad psíquica y espiritual, como corresponde al ser humano.

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