Miércoles de Ceniza

El inicio de la Cuaresma

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Miércoles de Ceniza
Miércoles de Ceniza

Por José Manuel Secades

La Cuaresma es Cristo que pasa…

«Con la liturgia del Miércoles de Ceniza, comienza el tiempo cuaresmal de cuarenta días que nos llevará al triduo pascual, memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, corazón del misterio de nuestra salvación. Es un tiempo propicio en el que la Iglesia invita a los cristianos a tomar una conciencia más viva de la obra redentora de Cristo y a vivir con más profundidad el propio bautismo. De hecho, en este período litúrgico, el pueblo de Dios desde los primeros tiempos se alimenta con abundancia de la palabra de Dios para reforzarse en la fe, recorriendo toda la historia de la creación y de la redención» (Benedicto XVI).

Habitualmente vivimos distraídos con las ocupaciones normales de la vida y prestamos poca atención al cuidado de nuestra alma y nuestra relación con Dios. La Iglesia, en distintos momentos del año, nos saca de esa rutina y nos ayuda a tomar conciencia del verdadero sentido de nuestra vida.

La Cuaresma es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia pone para la conversión del corazón como preparación para la Semana Santa. Hacen referencia a los 40 años del Pueblo de Dios por el desierto, a los 40 días de Moisés en el monte Sinaí, a los 40 días de ayuno de Jesús antes de comenzar su vida pública.

Desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner la ceniza al iniciar los 40 días de penitencia y conversión. Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos del año anterior. La imposición de la ceniza nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el cielo. Al final de nuestra vida, solo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos, los hombres. Es un signo de arrepentimiento y de penitencia, pero sobre todo de conversión.

El Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno desde los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día, y la abstinencia es no comer carne. Esta costumbre se ha ido perdiendo en los últimos años, pero es necesario recuperarla porque nos ayuda a caer en la cuenta de que estamos en un tiempo especial y a decirle a Dios que queremos cambiar de vida y cumplir su voluntad para agradarle siempre.

La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios y, así, a convertirnos, abandonando el pecado y la tibieza que nos alejan de Dios; cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios lo más importante de nuestra vida. Debemos buscar momentos para leer y meditar los capítulos de la pasión del Señor en los Evangelios, en nuestra casa, y visitar al Señor en el sagrario para avivar nuestra fe y nuestra unión con él.

Es importante también hacer pequeños sacrificios por amor a Dios, con alegría. El sacrificio consiste en privarnos o «ayunar» de diversas cosas, para unirnos más a Dios, meta y fin de nuestra vida. Puede ser privarnos de la tele, del ordenador, del móvil, de algún alimento preferido…, es una pequeña renuncia voluntaria ofreciéndola a Dios.

Es también un momento propicio para acercarnos al sacramento de la reconciliación.

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