Santiago Arellano, el hombre que exploró el camino de la belleza

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Santiago Arellano y José Luis Acebes.
Santiago Arellano y José Luis Acebes.

Santiago Arellano ha sido definido como maestro de la mirada[1]. Y es que si algo destacaba en su rostro de maestro eran sus ojos vivos, que buscaban los del interlocutor para abrirle a la complicidad de una mirada más interior, íntima. Eso recuerdo de él. En el libro Aprender a mirar para aprender a vivir. Memorias literarias de un profesor católico que me dedicó conservo como un tesoro su confesión: «Querido José Luis: La Cruzada significa mucho para mí. Mi camino ha seguido la Via Pulchritudinis. He pretendido reflejar mi alma» (21.12.2020).

El camino de la belleza

Y es que a lo largo de su vida Santiago ha ido explorando cada una de las etapas del camino de la belleza (Via Pulchritudinis): abrir los ojos, ver, observar, mirar, admirar, apreciar, conocer, reconocer, contemplar… y cerrar los ojos para recorrer por dentro un itinerario semejante. El maestro nos enseñó que mirar es explorar, captar la realidad con ojos nuevos. Más aún: es dejarse penetrar por la realidad observada, hasta llegar a sintonizar con ella y trascenderla. Se ha dicho que mirar consiste en un ejercicio de perspectiva e interpretación, pero, antes, para nuestro guía, suponía asomarse y allegarse a ella con el alma descalza.

Santiago Arellano comenzó su itinerario descubriendo la belleza como una realidad exterior. ¡Qué significativa es la descripción que hace del instante en que la belleza le salió al encuentro cuando tenía entre nueve y once años! Lo relata en el proemio de Aprender a mirar para aprender a vivir: «Por primera vez, al alzar la vista, en medio del invierno, me quedé asombrado de emoción al contemplar un espléndido almendro en flor. Qué estallido de blancura entre la niebla baja y los retazos de azul entreabiertos en el cielo. Llamé a mi padre como quien acaba de descubrir un tesoro inapreciable…». Cuando recrea esta experiencia 65 años después, la belleza se ha encarnado en él y aflora aún fresca y lozana, llena de matices.

En un segundo momento, nuestro maestro y guía constata que la vía de la belleza, aunque comienza fuera, se abre paso hacia el propio interior. Así, con el tiempo, la contemplación del almendro en flor irá arraigando en su corazón, y nos confiesa: «Llegué a comprender que la frágil imagen invernal del almendro con sus ramas secas y ariscas, propicias a la limpieza y a la poda, son el soporte del esplendor de la flor, y su fruto el bien tan deseado. La verdad está en la totalidad de sus fases: en el invierno fecundante, árido y triste; en el esplendor del almendro florido, y en la alegría de la cosecha»[2]. El almendro en flor es asimilado —«metabolizado»— así en un reflejo de la vida humana, que necesita pasar por periodos de frío —«vernalizarse»— para florecer y fructificar o, dicho más bellamente por Santiago: la tristeza del invierno y la poda es necesaria para que «aflore»— la alegría de la flor y el fruto en el desarrollo personal.

Y una vez enraizada en el alma, la belleza se abre camino hasta encontrarse en lo profundo con Dios, su divino huésped. De este modo, en el estudio introductorio de La luz, símbolo del cristiano citará el bellísimo himno de la liturgia de las horas: «¿Qué ves en la noche? Dinos, centinela. / Dios como un almendro con la flor despierta. / Dios que nunca duerme busca quien no duerma / y entre las diez vírgenes sólo hay cinco en vela». E, identificándose con Luis de Trelles, fundador de la Adoración Nocturna, reconocerá el Corazón de Cristo como un almendro en flor que vela —nunca duerme— para salvar al hombre y encontrar quién responda a su llamamiento.

Las tres sendas del camino de la belleza

Santiago va descubriendo que la belleza sorprende al ser humano por múltiples caminos, pero para él son tres los más transitados: la contemplación de la naturaleza, las artes plásticas y la literatura.

Respecto a la naturaleza llega a reconocer: «He de confesaros que tengo el hábito de contemplar cuanto me rodea, grandioso o mínimo. Salgo en busca de la belleza, aunque no me mueva de mi cuarto. Cada instante trae su hermosura y mi asombro. Y la belleza me invita como a David —con perdón— a proclamar la Grandeza de nuestro Dios. Si no nos gozamos de la Creación, es imposible cantar a su Creador. Es mi vía “pulchritudinis”»[3].

La belleza: un estilo y una escuela de vida

Nuestro maestro encuentra que la belleza va configurando al ser humano, de modo que se hace en él un estilo, una escuela de vida. Como señalaba en una entrevista: «La literatura ha sido un estilo de vida en mi entorno más íntimo. El arte me ha enseñado a vivir»[4].

Y como tal escuela de vida, Santiago descubrió que el regalo del camino de la belleza no se le había dado para disfrutarlo y recorrerlo él solo, sino para asociar a muchos otros. Confiesa en una entrevista: «La literatura es espejo. Y, sin duda, me ha enseñado a mirar y a comprender la complejidad de la condición humana, pero lo he llevado directa o indirectamente a mi casa y a mi entorno de la amistad. Me repugna el ensimismamiento. Entiendo que todo ha de convertirse en lección y estudios que nos mejoran. Y siempre para crecer interiormente y siempre para más servir».

La belleza como camino educativo

Así, el camino de la belleza hecho servicio confluyó en él con la vía de la educación: primero como profesor (maestro) de literatura, y luego como «maestro de maestros».

Nos enseñó que la mirada necesita ser educada, preparada, dirigida, y por ello un verbo propio del maestro de la mirada es señalar: apuntar para orientar la atención. Sólo después vendrán otros: instruir, interpretar, trascender.

Santiago Arellano quedará unido en la memoria a esta tarea de enseñar a mirar. De ello nos hablan los títulos de muchos de sus más de 1.500 artículos y grabaciones radiofónicas recogidos en su mayoría en las secciones «Saber mirar» de Estar (ver contraportada), el semanario La Verdad y el programa «Ojos para ver» de Radio María. En ellos descubrimos cómo ha reflejado su alma.

He reflejado mi alma

Finalizamos con la dedicatoria del inicio: «Querido José Luis: La Cruzada significa mucho para mí. Mi camino ha seguido la Via Pulchritudinis. He pretendido reflejar mi alma».

También nosotros podemos decir: «Querido Santiago: tu vida significa mucho para nosotros: sigues siendo nuestro maestro y guía por el camino de la belleza. Nos has enseñado a mirar la naturaleza, la literatura y el arte y a descubrir en ellos una escuela de vida, que nos conducen a conocer mejor y servir a los hombres y a descubrir en ellos al Creador. Que también nosotros reflejemos a Quien reflejó tu alma… ¡Descansa en la paz del Señor!».


Santiago Arellano Hernández, asiduo colaborador de nuestra revista, falleció en Pamplona el día 5 de diciembre de 2023 a los 79 años de edad. Vaya aquí nuestro sencillo y sentido reconocimiento. Les ofrecemos la posibilidad de acceder a los PDF con sus colaboraciones.
I – A través del arte
II – A través de la literatura
III – Hacia dentro
También puede ver todos sus artículos desde este enlace: Santiago Arellano.

Gracias, Santiago, por tu ejemplar vida de creyente comprometido.


[1] Andrés Jiménez. Santiago Arellano, maestro de la mirada. In memoriam

[2] Entrevista de Ignacio Navascués a Santiago Arellano, Un libro en defensa de la Cristiandad

[3] La existencia del corazón de Dios, y la vía del corazón vía «pulchritudinis». Estar nº 265, febrero 2012.

[4] Literatura para aprender a vivir

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