¡Mirad… Es Navidad!

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Bartolomé E. Murillo. Natividad con anuncio a los pastores (h 1655) (detalle).
Bartolomé E. Murillo. Natividad con anuncio a los pastores (h 1655) (detalle).

En el pórtico de la Navidad escuchamos un grito, una exhortación: ¡Mirad…!: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”» (Mt 1,23). El Adviento-Navidad es el tiempo de la mirada.

El Señor hoy nos reprocharía como entonces a los discípulos: «¿Tenéis ojos y no veis?» (Mc 8,18). Y es que vivimos sobreestimulados por imágenes. Hagamos un simple recuento: ¿Cuántas pantallas tenemos en casa? ¿Cuántas imágenes no buscadas nos asaltan a diario? Estamos bombardeados por la publicidad, dirigida para captar y desviar nuestra atención.

¿Cómo responder ante tal acometida? ¡Vigilando nuestra mirada! Adviento-Navidad es un periodo de educación de la mirada. ¿Cómo?

1. Practicando el «silencio de ojos», buscando dominar la curiosidad superficial y la sobreinformación (la «infoxicación»). Es evitar la dispersión.

2. Enfocando bien, tomando distancia de los granitos de arena de la vida que, cuando entran en los ojos, se convierten en montañas que distorsionan las proporciones de lo real. Es cobrar perspectiva.

3. Rasgando las apariencias. Consiste en «poner los ojos y el corazón en la Señora» y —siguiendo al venerable P. Tomás Morales— «rasgar las apariencias de cosas, personas y acontecimientos, para descubrir en todos, en todo y siempre, la realidad de un Padre providente que gobierna el mundo sirviéndose de sus criaturas». Es activar la vida de fe.

4. Admirando. Etimológicamente, «mirando hacia». Dios envía señales y se hace presente donde y cuando menos lo esperamos. Como experimentaron los pastores y Magos en Navidad. Es dejarnos sorprender.

5. Poniéndonos en Movimiento. Los pastores fueron corriendo para ver: «Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido» (Lc 2,15). Y los Magos dijeron: «Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo». Es salir de nosotros, dispuestos a correr para ver.

6. Mirando a Jesús, como si presentes nos hallásemos. Los pastores «encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre». Y los Magos: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Es llegar a exclamar como Simeón: ¡Mis ojos han visto a tu Salvador! (Lc 2,30).

7. Dejándonos transformar por la mirada de Jesús. Los pastores y los Magos se dejaron mirar y encandilar por los ojillos del Niño. Descubrieron la mirada misericordiosa de Dios. Es rendirse y reconocer: ¡No sé qué tienen tus ojillos que me vuelven loco!

8. Mirando con y como María. «María contemplaba todas estas cosas, ponderándolas en su corazón». ¡Con qué amor contemplaba a los Magos, pastores y vecinos, a José y al Niño! Es descubrir todo con los ojos de María.

9. Mirando con los ojos de Jesús. Ese es nuestro reto: ver con ojos misericordiosos, pendientes de los demás. Más aún: es prestar nuestros ojos a Jesús y dejarnos enviar.

10. En definitiva, mirando con ojos nuevos. Nuestros adoradores volvieron a casa, pero ya no eran los mismos. Los Magos volvieron por otro camino. Y los pastores: «se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído…». Demos testimonio de Jesús como los pastores: con alegría espontánea y alabanza ardiente. ¡Es la nueva evangelización por la mirada!

Los ojos nuevos nos alcanzarán corazón, manos y pies nuevos para «ponernos en Movimiento». ¡La Navidad trae la novedad! ¡Ven y verás!

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