Mujer y hombre

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P. Tomás Morales
SJ
Una persona que
se vuelve loca no suele contagiar la locura, pero una idea loca es capaz de
enloquecer a muchos. Un río en su cauce es venero de riqueza y prosperidad,
pero si se desborda, todo lo arrasa.
Una idea
enloquecida hoy es la de la igualdad absoluta entre padre e hijo, maestro y alumno,
mujer y hombre. Es una idea que se ha salido de madre. En su fuente es cierta:
iguales ambos en naturaleza: animal-racional; en su origen y destino: Dios.
Pero falsa cuando se sale de cauce, se desorbita y pretende un igualitarismo tan
absurdo como nefasto. Afirma entonces la igualdad absoluta de derechos —de deberes
no se habla tanto—, olvidando la máxima de Cicerón: La verdadera justicia
consiste en tratar desigualmente a seres desiguales. El igualitarismo a ultranza
invade arrollador el área de la enseñanza. Somete a idénticas técnicas educativas
a dos seres tan distintos, aunque coincidan en lo esencial, como son mujer y
hombre. Mide con los mismos parámetros psicologías distintas. Aprisiona sexos
diversos en el mismo cauce unitario. Olvida su idiosincrasia peculiar y sus
papeles específicos en la vida. Son diversos —aunque sean complementarios e
indispensables— y requieren, por tanto, tratamientos adecuados, pedagogía
diferenciada en su enfoque y sus métodos.

CALMA
Una madre es, en
cierto sentido, irrepetible. Hay un montón de cosas que Dios nos puede dar dos
veces, pero una madre no nos la da más que una. El egoísmo se infiltra en
nuestros mejores sentimientos, en la amistad, en el amor, pero siempre se
detiene ante el amor de una madre. Es tan desinteresado, que no hay otro más
puro en la tierra, excluyendo el del alma que, vacía del amor propio, busca
sólo a Dios.
Educar a la mujer
desde niña en la serenidad es, además de potenciar su personalidad y asegurar
su felicidad, garantizar el futuro de la familia y de la sociedad y, por lo
tanto, del mundo. El binomio imaginación-sensibilidad que la hace superior al
hombre, más intuitiva, más cordial, si se descompensa, es catastrófico, como el
agua de un salto que rompe el dique de cemento. Controlar y encauzar la fuerza
misteriosa y colosal de ese binomio para el bien o para el mal, es la paciente
tarea del educador.
La serenidad
guarda el sagrado e inagotable tesoro de la paz interior. Apacigua el volcán de
sus pasiones, las encauza para que la mujer pueda cristianar todas las
realidades temporales orientándolas hacia el cielo. Educarla para que sea no
ídolo o nube que oculta a Dios, sino aurora que lo anuncia, pórtico que lo
revela. No granito que lo tapa, sino alabastro que lo transparenta. Serenidad
que sepa aceptar lo inevitable para hacerlo provechoso. Serenidad para que,
cuando la desgracia llame a la puerta del hogar, sea ella la última en dejarse
abatir y la primera en levantarse.
Educar a la mujer
en la sensibilidad es asentar en columna roqueña la familia que un día formará.
Dad a un pueblo madres serenas, valientes, animosas, y aseguraréis su porvenir.
No existe argumento más perentorio contra el ateísmo que una, muchas madres.
Ellas mantienen y transmiten la fe incluso cuando sacerdotes y religiosos se
dejan contagiar del naturalismo ambiente. Ellas animan esa «Iglesia doméstica»
a la que Juan Pablo II tanto le gusta referirse cuando habla de la familia.

Hora de los Laicos